La Francia que cae

Francia está inmersa en una profunda crisis que afecta a los elementos centrales de la nación. El inmovilismo político, económico, social pero también intelectual y moral la han llevado al declive. A lo largo de los últimos treinta años, el Hexágono se ha deslizado por la pendiente de la decadencia económica, ha perdido peso en la escena internacional y ha mostrado una incapacidad absoluta para responder a los desafíos planteados por el mundo de la post Guerra Fría. Su reacción ante la nueva situación ha sido levantar una línea Maginot fundada en la retórica de la Grandeur y de la excepcionalidad francesa. Sin embargo, los hechos no dejan de existir porque se les ignore. Los franceses se enfrentan a una diabólica elección o bien aplican una terapia de choque destinada a modernizar el país a marchas forzadas o se verán abocados a un declive no pacífico definido por la progresión de los extremismos y por una aceleración de la violencia social.

por Lorenzo Bernaldo de Quirós

Francia está inmersa en una profunda crisis que afecta a los elementos centrales de la nación. El inmovilismo político, económico, social pero también intelectual y moral la han llevado al declive. A lo largo de los últimos treinta años, el Hexágono se ha deslizado por la pendiente de la decadencia económica, ha perdido peso en la escena internacional y ha mostrado una incapacidad absoluta para responder a los desafíos planteados por el mundo de la post Guerra Fría. Su reacción ante la nueva situación ha sido levantar una línea Maginot fundada en la retórica de la Grandeur y de la excepcionalidad francesa. Sin embargo, los hechos no dejan de existir porque se les ignore. Los franceses se enfrentan a una diabólica elección o bien aplican una terapia de choque destinada a modernizar el país a marchas forzadas o se verán abocados a un declive no pacífico definido por la progresión de los extremismos y por una aceleración de la violencia social.

La izquierda y la derecha son corresponsables de la dramática evolución del Hexágono. Son la cara y la cruz de una misma moneda caracterizada por el rechazo del liberalismo y por la creencia en los poderes taumatúrgicos de un Estado tentacular y pesado que, lejos de estimular, atenaza la energía del país y anestesia a sus ciudadanos con una maraña de subsidios y de regulaciones. La izquierda plural dilapidó cuatro años de intenso crecimiento en la década de los noventa de la pasada centuria y la derecha ha hecho lo mismo con la enorme mayoría parlamentaria cosechada en las últimas elecciones legislativas. En la práctica, la alternancia democrática es irreal y, en el mejor de los casos, se limita a una puesta al día del lema de Lampedusa “es preciso cambiar algo para que todo siga igual”. Este bloqueo es la consecuencia inevitable de una casta política, sindical y funcionarial cerrada, con una visión patrimonialista de la cosa pública y, por tanto, con intereses comunes mucho más poderosos que sus teóricas diferencias ideológicas (ver Nicolas Baverek, La France qui Tombe, Perrin, 2003).

En Francia domina un pensamiento único, un consenso social-estatista y hostil al capitalismo, en cruzada contra la inteligencia y la modernidad. La globalización, la debacle de los sistemas económicos cerrados y administrados, la crisis del Estado de Bienestar...son hechos que no afectan al Hexágono ni lo fuerzan a introducir reformas para adaptarse a un entorno radicalmente distinto al del pasado. Esta arrogancia suicida es coreada por el grueso de los intelectuales, por la mayor parte de los medios de comunicación, por todos los partidos políticos y, en buena medida, por el núcleo duro de una sociedad acostumbrada a vivir bajo el manto protector del Estado. Ante este panorama, los electores y las elites están unidos por un egoísmo enfermizo en una estrategia del avestruz que les hace olvidar los efectos letales en el medio y en el largo plazo de sostener lo insostenible, de intentar salvar lo insalvable. Este es el legado reaccionario de los baby-boomers y de sus profetas, nacidos del mayo del 68 y convertidos hoy en los brillantes administradores de la franco-esclerosis (ver Denis Jeambart, Los Dictadores del Pensamiento, Gota a Gota, 2006).

Ningún gobierno, ninguna formación política gala ha planteado un proyecto global y coherente de modernización en los últimos veinte años. En lugar de explicar la situación real del país a los ciudadanos para que tomen conciencia de la necesidad del cambio, lo esencial del discurso público francés se ha consagrado al inmovilismo en nombre de la excelencia de la excepción francesa. La preferencia por la demagogia y el rechazo del libre mercado son los principales valores compartidos por el gobierno y por la oposición. Las medidas gubernamentales de la izquierda y de la derecha se han orientado siempre a favorecer a sus respectivas clientelas electorales, a profundizar en sus privilegios sin tener en cuenta su impacto general. De esta manera, los diversos grupos de interés han desarrollado una aguda drogodependencia estatal y salen a la calle cuando el gobierno del “otro bando”intenta introducir la más leve modificación en su statu quo.

Las revueltas de estos días contra el gobierno Villepin y su claudicación final ante los estudiantes y sus aliados son los símbolos más relevantes de la enfermedad francesa. La naturaleza reaccionaria de ese movimiento es innegable y su irracionalidad manifiesta. Con una de las tasas de paro juvenil más altas de la OCDE, los hijos del 68 se empeñan en defender el sistema que produce ese resultado. Este insulto a la razón es la ilustración de los frutos del nacional-narcisismo de la sociedad gala. Al carecer de valor para enfrentarse sin miedo a las circunstancias está consolidando un estado de cosas cuyo coste social y económico será exorbitante. Cuando una sociedad va en la dirección equivocada y a la vez es jaleada con entusiasmo por sus clases dirigentes, se dibuja un panorama final muy inquietante. Es la traición de los clérigos descrita por Julien Benda en los años treinta del siglo XX.

La V República atraviesa una coyuntura crítica. Cuando un régimen político se instala en la esquizofrenia paradójica entre la defensa a ultranza del statu quo y/o movimientos antisistema para, curiosamente, salvar ese statu quo, está al borde del precipicio. Ojalá se cumpla el viejo aforismo del general De Gaulle: “Francia sólo hace reformas ante la amenaza de la revolución”. Ello supone romper con el estatismo. La pregunta es de dónde van a salir los reformadores y si tienen alguna opción de ganar.