La falsificación de derechos

Por Tibor R. Machan

Hace 60 años el presidente Franklin Roosevelt murió de una enfermedad que había sido escondida a la nación entera, pero nada se compara a la decepción perpetrada con la lista de derechos falsificados que ese presidente le impuso al país, corrompiendo así los valores de los héroes de la independencia y fundadores de la patria.

Roosevelt siempre se refería a esa lista como “la segunda Carta de Derechos”, una supuesta nueva base para la seguridad y prosperidad de todos, “sin importar su situación, raza o religión”.

Tales seudo-derechos incluían afirmaciones sin sentido como las que cito a continuación:

  • “El derecho a un trabajo remunerador en las industrias, tiendas y haciendas de la nación”. Si usted goza de ese derecho quiere decir que otros deben ser obligados a darle empleo.
  • “El derecho a ganar suficiente para tener alimentos, ropa y recreación”. Eso también viola los preceptos de los fundadores de la nación, al violar la libertad de otros.
  • “El derecho de todo agricultor a sembrar y vender sus productos con una utilidad que le permita a él y a su familia una vida decente”. Esto quiere decir que los clientes del agricultor tienen que comprar a un precio dado, quieran o no.
  • “El derecho de todo empresario, grande o pequeño, a comerciar bajo un ambiente sin competencia desleal ni la dominación de monopolios internos o extranjeros”. Así Roosevelt insistía en un ejército de reguladores y funcionarios con poder de decidir lo que es justo o no, dándosele poderes arbitrarios a la burocracia.
  • “El derecho de toda familia a un hogar decente”. Si tengo ese derecho, no tengo que hacer el esfuerzo de lograrlo por mi cuenta, sino simplemente esperar que me den la vivienda que me corresponde, la cual será pagada por otros.
  • “El derecho a asistencia médica y la oportunidad de lograr y disfrutar de buena salud”. No hay manera de proveer esto sin esclavizar a otros en contra de su voluntad, violando nuevamente nuestro derecho a la libertad individual. Una cosa es la caridad voluntaria y otra muy diferente es la pesada mano del Estado.
  • “El derecho a protección adecuada contra los temores económicos de la ancianidad, enfermedades, accidentes y desempleo”. De nuevo, derechos que los demás tienen que proveer a punta de pistola.
  • “El derecho a una buena educación”. Si nuestros padres decidieron traernos al mundo, ¿no son ellos los obligados a educarnos apropiadamente?

La triste realidad es que todos esos derechos falsos enunciados por Roosevelt y sus seguidores han sido contagiados a las escuelas de derecho y de filosofía política de nuestras universidades, lo mismo que a las Naciones Unidas y a la burocracia internacional, poniendo en peligro los verdaderos derechos fundamentales del ciudadano. Han sido estos derechos falsificados los que tienden a convertir nuestros gobiernos en monstruos opresivos.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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