La economía revisada

Por Alan Reynolds

Un comentarista de la bolsa de valores señaló recientemente "la visión común de que las acciones se recuperarán y los precios del petróleo caerán tan pronto las bombas empiecen a caer." Otro hizo alusión a la creencia de que "las acciones se dispararán tan pronto se resuelva la incertidumbre sobre Irak—ya sea a través de una acción militar o un acuerdo diplomático." Un economista de CNBC prometió que la economía rebotaría "una vez que la situación iraquí sea resuelta."

Dichos comentarios asumen que el inicio de la guerra "resolvería la incertidumbre." Esto por cuanto la misma fue extrañamente definida como la duda sobre si Estados Unidos atacaría o no a Irak. Ésta es una de las posibilidades menos inciertas en un mundo de incertidumbre omnipresente. No es casualidad de que las acciones colapsaran en todo el mundo cuando prácticamente se desvaneció la incertidumbre sobre "un acuerdo pacífico." Los inversionistas se apresuraron hacia los "seguros" bonos del Tesoro y oro, llevando el rendimiento de los bonos a una baja de 44 puntos (los bonos son seguros únicamente si a uno le gusta comprar al alza y vender a la baja). Los mercados anticiparon los serios daños económicos de la guerra.

Una vez que definimos las preocupaciones sobre la guerra más atinadamente que la mera probabilidad de la misma, es obvio que el inicio de las acciones militares no puede ser el momento en que "se resuelve la incertidumbre sobre Irak." Este es el momento en que la incertidumbre más nefasta empieza. Por ejemplo, la guerra podría aumentar el riesgo de contraataques terroristas en Estados Unidos y Gran Bretaña. Sin embargo, en el último mes las acciones han caído de igual manera en Japón, Francia y Alemania. Esto sugiere que son los precios más altos del petróleo, y no las represalias terroristas, los principales responsables por las preocupaciones que afectan al mercado de valores mundial. Estas son noticias potencialmente buenas, ya que los altos precios del petróleo son fácilmente manejables, como lo explicaré más adelante.

Las opiniones sobre el impacto económico de la guerra son inevitablemente empañadas por las opiniones sobre su conveniencia, haciendo difícil separar la propaganda del análisis. Algunos dicen que la invasión a Irak acabará en cuestión de semanas, ya que se cree que las tropas iraquíes y las autoridades del gobierno están ansiosas por rendirse. Otros afirman que un cerco a Bagdad, una ciudad del tamaño de Los Ángeles, podría ser tan riesgoso como la película "Blackhawk Down" y se prolongaría por el compromiso estadounidense de minimizar las bajas civiles. Luego de superar el obstáculo de la batalla urbana, enfrentaríamos luego la incertidumbre sobre los refugiados y la ocupación.

Los chiítas del sur de Irak, los sunitas del oeste y las tribus kurdas del norte se han mantenido juntos mediante la fuerza bruta, y no son una "nación" más unida que Yugoslavia. Algunos iraquíes que le dan la bienvenida a la liberación podrían resistir violentamente la ocupación. A pesar de todo el discurso heroico de construir un modelo de democracia en Irak, tan sólo mantener el país unido podría ser una tarea difícil.

El jefe del Estado Mayor, general Eric Shinseski, estima que la ocupación requeriría "varios cientos de miles" de tropas. El Comando Central había predicho anteriormente que se necesitarían no menos de 200.000 soldados para la ocupación. Sin embargo, altas autoridades del Departamento de Defensa esperan que 100.000 sean suficientes. A mi criterio se necesitarán 200.000 por al menos un año o dos, lo cual levanta otra incertidumbre: ¿tolerarán eso los electores estadounidenses?

Los proponentes de la guerra definen casi cualquier cosa como arma de "destrucción masiva", pero, ¿qué le sucedería al apoyo estadounidense y mundial por una ocupación prolongada si las tropas norteamericanas (quienes carecen del entrenamiento científico de los inspectores de la ONU) fracasan en encontrar algo? Igualmente, ¿qué sucede si las tropas invasoras descubren que Irak efectivamente tiene armas químicas—dirigidas hacia ellos—de tal forma que la invasión resulta ser más complicada y mortífera de lo que se había esperado?

¿Qué pasa si Saddam resulta ser tan escurridizo como Osama bin Laden?

Iniciar una guerra no resuelve ninguna de estas incertidumbres. Eso explica por qué las estimaciones de los costos presupuestarios de la guerra y la ocupación tienen un amplio margen de diferencia. William Nordhaus, un economista de Yale, ha estimado que la guerra, la reconstrucción y la ocupación podrían costarle al gobierno estadounidense entre $151.000 millones y cerca de $1.6 billones. El gobierno mantiene las estimaciones por debajo de los $100.000 millones al asumir que no habrán sorpresas desagradables e ignorar los costos relacionados (como sobornar a los países por votos en la ONU).

A mi criterio, los costos de la guerra serían cercanos a los $200.000 millones. Ya que los gastos son temporales e impredecibles, es apropiado dejarlos por fuera del presupuesto federal y sacar el financiamiento mediante una mezcla de deuda y recortes al gasto no militar.

¿Y qué hay del petróleo? George Perry de Brookings Institution estimó que una guerra en Irak podría aumentar los precios del petróleo a $75 ó $161 el barril. Las economías industriales colapsarían antes de que los precios del crudo lleguen tan alto. Además, los comerciantes anticipan los problemas, de tal forma que los precios aumentaron mucho antes de que la guerra estallara. Los precios del petróleo aumentaron un 90% antes del último conflicto militar en el Golfo Pérsico, y 75% antes del actual.

Hay una sorpresa esperanzadora que podría acompañar el inicio de la guerra, aunque sería mejor sin el conflicto militar. Al inicio de Tormenta del Desierto, el presidente Bush padre ordenó ventas de la Reserva Estratégica de Petróleo de hasta 33.75 millones de barriles, lo cual representó poco más de 1.1 millones de barriles diarios. Quienes habían estado especulando que la guerra aumentaría la demanda de petróleo más que la oferta estaban de repente ansiosos por vender barato el petróleo. Los precios del crudo cayeron, y las acciones aumentaron. Eso no fue por las bombas, sino por el petróleo.

La producción de petróleo iraquí de dos millones de barriles por día podría estar fuera del mercado por un largo tiempo, al menos que las tropas estadounidenses tomen control de los campos petroleros antes de que Saddam los haga volar. Arabia Saudita podría reponer la mitad de dicha pérdida, pero eso todavía dejaría peligrosamente alto el precio del petróleo. El comodín crítico es la incierta disposición del presidente Bush de abrir rápidamente la Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos (REP) y la dudosa anuencia de la "vieja Europa" de abrir las mucho más grandes reservas de la Agencia Internacional de Energía.

El 13 de noviembre del 2001, el presidente Bush le ordenó al Departamento de Energía "llenar la REP hasta su capacidad de 700 millones de barriles." A la reserva le faltan 100 millones de barriles para llegar a dicho nivel, pero sería absurdo seguir comprando petróleo. Ahora que estamos en guerra, es absolutamente crítico anunciar la rápida venta de las reservas estratégicas. Para tener el máximo impacto posible, el presidente debería anunciar que estamos dispuestos a vender la cantidad que sea necesaria, incluso si Texas se queja.

Yo tiendo a creer que esto va a suceder. Pero los gobiernos tienen una larga historia de amontonar materiales durante las crisis bajo el argumento de que las reservas deben ser guardadas para situaciones mucho peores. Tormenta del Desierto fue la única crisis en que las reservas petroleras de Estados Unidos han sido utilizadas, a pesar del hecho de que el crudo aumentó a cerca de $39 en 1980-81 y a $34 en otoño del 2000, seguido por recesiones.

Si hay un cambio y un despliegue agresivo de las reservas estratégicas de petróleo, dudo que el crudo aumente hasta los $50, y esperaría que cualquier incremento sea breve.

Eso me deja en la extraña posición de estar de acuerdo con aquellos que dicen que ésta es una buena oportunidad para comprar acciones a la baja, aún cuando considero que los costos probables de la guerra han sido seriamente subvalorados y que los beneficios prometidos son propensos a ser ilusorios.

Publicado originalmente en el Washington Times el 16 de marzo del 2003.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.