La agonía de Francia
Lorenzo Bernaldo de Quirós considera que Francia se enfrenta a una encrucijada dramática debido a la descomposición de los regímenes pluralistas por un exceso de oligarquía y de demagogia.
Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
Francia se halla inmersa en una crisis sistémica que abarca, de forma simultánea e interconectada, la esfera política, la económica junto a una inmigración masiva y antisistema con efectos devastadores sobre la cohesión social. Para aprehender la magnitud de esta situación, es interesante combinar el análisis de las instituciones, los imperativos de la realpolitik y la fragilidad del régimen democrático galo con el examen de una economía hipertrofiada por un gasto público desmesurado, una carga tributaria asfixiante y una intervención masiva en los mercados. Y es que el “mal francés” no es pasajero, sino la expresión de algo más profundo: el agotamiento del modelo de posguerra que ha dejado de producir estabilidad, prosperidad y consenso.
De entrada, el régimen presidencialista diseñado por Charles de Gaulle ha degenerado en un parlamentarismo invertebrado. La hiper fragmentación de la Asamblea Nacional ha bloqueado la función legislativa, sustituyendo la estabilidad del "presidencialismo fuerte" por la tenaza de dos populismos radicales e irreconciliables. La autoridad del Presidente de la República ha derivado en impotencia ejecutiva, los partidos tradicionales casi han desaparecido y la polarización creciente ha convertido el Parlamento en un escenario de veto permanente. ¿Qué ha pasado?
Ese colapso es el resultado de un choque entre cuatro "tribus" socioculturales: la urbana y elitista que nutrió al macronismo y cuya conexión con las inquietudes y expectativas de la Francia profunda se ha esfumado; la clase media periférica, trabajadora y blanca, base de Le Pen aquejada de una inseguridad aguda; la nueva minoría obrera que se siente frustrada y abandonada por la clase dirigente y amenazada por la inmigración que oscila entre Le Pen y Mélenchon; los jóvenes urbanos y los sectores populares precarizados, representados por el líder de Francia Insumisa. En este contexto, la élite cosmopolita y tecnocrática de izquierda y derecha que dirigió Francia a lo largo de la V República ha perdido el control. Sin una “tribu” con hegemonía para gobernar, pero todas con capacidad para vetar, Francia ha caído en la ingobernabilidad (ver Muzergues T. The Great Class Shift, How New Social Class Structures are Redefining Western Politics, Rouledge, 2020).
En el desarrollo y agravamiento del “mal francés” ha tenido una influencia determinante la inmigración. Décadas de flujos migratorios muy elevados, combinados con un generoso Estado de Bienestar de acceso casi universal y políticas de integración laxas, han terminado por generar un potente efecto llamada, costes fiscales crecientes y una erosión de la cohesión social. La concentración de población en barrios periféricos con grandes bolsas de desempleo, su dependencia de las transferencias sociales y su identitarismo han creado guetos donde el imperio de la ley no existe y la anarquía impera. En este contexto, la integración es imposible, el resentimiento tanto de los nativos como de los inmigrantes se desata y su impacto desestabilizador se acentúa
Y eso se produce en un modelo económico en el que el gasto público supera el 55% del PIB, con una deuda pública desbocada, superior al 110-120 % del PIB, una carga fiscal sobre el trabajo y el capital de las más elevadas de la OCDE y un intervencionismo masivo. Ello se traduce en un bajo crecimiento, una productividad estancada, una posición presupuestaria al borde del abismo y un mercado laboral, protegido para los insiders y precario para los outsiders. A esto se añade un Estado de Bienestar, concebido originalmente como red de seguridad, que se ha transformado en un sistema de dependencias intergeneracionales e identitarias que desincentiva el esfuerzo y premia la reivindicación permanente.
El contrato social de la posguerra se ha roto. La confianza ciudadana en el Estado y en sus instituciones se ha quebrado. La promesa republicana de libertad e igualdad se ha desvanecido para muchos franceses. Se ha abierto una brecha irrestañable entre las élites y la tecnocracia urbanas y la mayoría de la población que se enfrenta a niveles de vida declinantes, pero es incapaz de aceptar las reformas necesarias para salir de esa situación. El paralelismo histórico es el de los convulsos años treinta que antecedió a la caída de la III República. La sociedad se la polarizado entre opciones de extrema derecha y de extrema izquierda y los consensos básicos han saltado por los aires.
El contraste con el Mayo del 68 resulta revelador. Aquél tuvo lugar en plena época de los Treinta Gloriosos, con crecimientos de la economía en torno al 5-6% anual y un holgado margen fiscal. La crisis actual se desarrolla en un marco de estancamiento crónico, baja productividad, insostenibilidad fiscal y tensiones crecientes derivadas de una inmigración no asimilada. Mayo del 68 fue una protesta hiper hedonista en el seno de la prosperidad. El Estado gaullista podía permitirse las concesiones de los Acuerdos de Grenelle; el actual carece de toda capacidad de maniobra con unas finanzas públicas quebradas. 1968 fue un psicodrama de la sociedad de la abundancia. 2026 es el drama final del modelo estatista.
Francia se enfrenta a la encrucijada dramática descrita por Raymond Aron en su ensayo Democracia y totalitarismo: la de la descomposición de los regímenes pluralistas por un exceso de oligarquía y de demagogia. Atrapada entre una clase política incapaz de reformar y una sociedad fragmentada que se atrinchera en el resentimiento y se opone a las reformas, el dilema del Hexágono ya no es cómo preservar un modelo agotado, sino si logrará reformarse desde dentro —mediante una reducción del peso del Estado en la economía, una política migratoria selectiva y una restauración de la autoridad —antes de llegar a una parálisis crónica al estilo italiano pre-Meloni, a una crisis de deuda o una deriva hacia soluciones autoritarias.
Este artículo fue publicado originalmente en El Economista (España) el 25 de octubre de 2026.