Kyoto: Emisiones de aire caliente

por Jerry Taylor

Jerry Taylor es Académico Titular del Cato Institute.

Representantes de 160 naciones están reunidos en Kyoto, Japón para negociar un tratado internacional que controle las emisiones de los llamados gases invernadero. Mientras que esta cumbre tiene toda la apariencia de algo importante, la reunión de Kyoto es un evento más de relaciones públicas que de estadistas serios. Más aire caliente que fría lógica ha dominado la conferencia y su resultado serán sólo artimañas políticas.

Por Jerry Taylor

Representantes de 160 naciones están reunidos en Kyoto, Japón para negociar un tratado internacional que controle las emisiones de los llamados gases invernadero. Mientras que esta cumbre tiene toda la apariencia de algo importante, la reunión de Kyoto es un evento más de relaciones públicas que de estadistas serios. Más aire caliente que fría lógica ha dominado la conferencia y su resultado serán sólo artimañas políticas.

Es así porque según el Panel Internacional sobre Cambios Climatológicos (el cuerpo de expertos de las Naciones Unidas), aun las propuestas más agresivas y costosas apenas si reducirían una fracción los aumentos de temperatura proyectados para el año 2100 por los modelos computarizados. Alcanzar tal reducción de emisiones le costaría a cada estadounidense entre $1.000 y $3.000 al año en precios más altos de energía. Tales propuestas, según el economista de Yale, William Nordhous, nos devolverían a los años de crisis de energía casi permanentes, como en la década del 70.

Tanto los alarmistas como los escépticos están de acuerdo que prevenir el recalentamiento previsto en los modelos computarizados requerirían que el mundo disminuya las emisiones de dióxido de carbono (CO2) entre 60% y 80%. Sólo con la virtual eliminación del uso del petróleo y del carbón se lograrían tales reducciones. A pesar de las promesas de "almuerzo gratis" del presidente Clinton, nadie realmente está proponiendo una verdadera política para impedir el cambio del clima porque nadie quiere una depresión mundial permanente. La idea, entonces, es que el mundo se comprometa a una política de cámara lenta, que nos conduzca gradualmente a precios más altos de energía y a un reordenamiento de la economía mundial, a "una nueva sociedad", estructurada bajo un menor uso de energía.

Pero si las proyecciones computarizadas son correctas (y los datos no convencen), ¿qué alternativas tenemos? ¿No sería prudente tomar medidas desde ya? Pues, no. Todas las indicaciones apuntan hacia que "los remedios" contra el recalentamiento son peores que "la enfermedad".

Primero, apenas 2% de la economía de Estados Unidos es sensible a las condiciones climatológicas. No importa cuán severo los cambios puedan ser, no lograrían un impacto grave a largo plazo. Hasta los estimados de los alarmistas que predicen que el nivel del mar subirá unos 90 centímetros resultan triviales. Si Amsterdam hace 100 años se las arregló para confrontar una mayor elevación del nivel del mar, obviamente que un país mucho más adelantando tecnológicamente como Estados Unidos también lo resolvería. Y ayuda extranjera para los países más pobres resultaría mucho más barato que las propuestas de Kyoto.

No está comprobado que un mundo más caliente resultaría menos habitable. El aumento de temperatura anunciado por los alarmistas es exactamente lo que sucedió hace 1.000 años, entre el año 850 y 1300, período al cual los climatólogos se refieren como "el pequeño óptimo climatológico". Fíjese que no se refieren a la "pequeña edad infernal" porque el resultado fue tiempos más largos para las cosechas, desarrollo económico acelerado, expansión de los bosques y de los cultivos, un pequeño renacimiento cultural y caída en las tasas de mortalidad.

Como las estadísticas muestran que el pequeño recalentamiento experimentado en los últimos 100 años se ha concentrado en las noches de invierno y en las latitudes nórdicas extremas, tenemos bases tanto empíricas como teóricas para pensar que el recalentamiento será más benigno que dañino.

El informe del panel de las Naciones Unidas dice que pasarán diez años para saber si los cambios climatológicos serán insignificantes o moderadamente significativos. Entonces ¿porqué no esperar? La revista Nature reportó que esperar 20 años, hasta tener información científica más fidedigna, en el peor de los casos nos podría costar 0,2°C en los próximos 100 años.

Ante esta situación, la mejor póliza de seguro es aumentar la riqueza a disposición de la sociedad para poder encarar cualquier problema. Empobrecer a la sociedad con impuestos a la energía para evitar un posible problema futuro lejos de ayudar a las próximas generaciones las haría más vulnerables. ©

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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