Juzgando a los presidentes

Por Gene Healy

La historia puede que sea más generosa con el Presidente Bush que los comicios del 7 de noviembre. Eso se debe menos a la calidad de sus contribuciones que a la perversa percepción que comparten los historiadores acerca de lo que constituye una buena presidencia.

Es bien sabido que al Sr. Bush no le gustan las encuestas, pero puede que él haya encontrado una encuesta distinta: las encuestas anuales de los historiadores y de los analistas políticos que califican a los presidentes. Las calificaciones tienen la tendencia de favorecer considerablemente a los presidentes imperiales.

Los ganadores en el juego de las calificaciones presidenciales son los constructores de naciones y los líderes de guerra. Los perdedores son los presidentes aburridos, los que “nunca hicieron nada” más que presidir administraciones en tiempos de paz y prosperidad sin haber arruinado la situación. Ya sean de izquierda o de derecha, los académicos suelen preferir presidentes que ponen a prueba los límites constitucionales—o los rompen. De acuerdo a ese curioso criterio, el Sr. Bush tiene una gran probabilidad de ser juzgado como un buen presidente por la historia.

Donde sea que termine el Sr. Bush en este ranking, hay algo extraño en el hecho de que los académicos prefieran a los presidentes de cruzadas que menosprecian los límites constitucionales. ¿Acaso hay algo malo con los presidentes republicanos de poderes limitados? ¿O acaso su culpa está en caerles mal a estos académicos?

Consideren a Warren G. Harding. Los historiadores le han dado de baja debido a su administración llena de escándalos. Pero aquello no puede ser la única razón por la cual obtiene aquella posición abismal: Harding no era corrupto personalmente, después de todo, él nunca se enriqueció de las fechorías que sus allegados hicieron.

Compare esas fallas con sus grandes méritos: Harding presidió la derogación de los controles draconianos impuestos por Woodrow Wilson, comenzando una era de “normalidad” próspera. (¿Será que a los académicos no les agrada la “normalidad” de Harding?) El buen carácter de Harding y sus instintos liberales lo condujeron a ignorar a sus consejeros y perdonar a sus detractores los cuales Wilson había encarcelado, entre ellos el candidato socialista a la presidencia Eugene Debs, arrestado por hacer un discurso en contra de la conscripción. “Yo quiero que [Debs] pueda cenar con su esposa para navidad”, dijo Harding.

Al sucesor de Harding, Calvin Coolidge, tampoco le ha ido muy bien en estas encuestas. Calvin mantuvo la calma demasiado para el gusto de los historiadores de las presidencias a los cuales les gusta el drama: dormía mucho, no hacía ni hablaba lo suficiente. Sin embargo, había algo de estrategia detrás de su silencio. “Nueve de cada diez [de los visitantes de la Casa Blanca] quieren algo que no deberían tener. Si usted se mantiene completamente quieto, ellos se irán en tres o cuatro minutos”.

Luego de seis años de un presidente con la firme intención de expandir el poder ejecutivo y de redimir el mundo mediante una fuerza militar, las modestas y no heroicas virtudes de Harding y Coolidge son más fáciles de apreciar. Debería haber un puesto al principio de los rankings para presidentes que saben cuando quedarse callados y que entienden los límites del poder. H.L. Mencken dijo al final de la administración de Coolidge, “No hubo momentos emocionantes mientras que él reinó, pero tampoco hubo dolores de cabeza. Él no tenía ideas y no era fastidioso”.

Para Mencken, esto era un cumplido. Él tenía razón. Podríamos tener peores presidentes. De hecho, casi siempre los tenemos.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.