JD Vance y la ciencia lúgubre
Ryan Bourne dice que la economía se ganó el epíteto de "lúgubre" que Vance ahora repite no por descartar la libertad humana en sus cálculos, sino por tomarla en serio.
Por Ryan Bourne
En un extraño capítulo de su nuevo libro, Communion, el vicepresidente JD Vance lamenta cómo el "análisis tecnocrático de costo-beneficio" de la economía puede "desplazar tu sentido del bien y del mal".
Vance recuerda cómo, durante un seminario de la facultad de derecho al que asistió, se utilizó el razonamiento económico para debatir si la esclavitud había perjudicado a la economía del Sur o, por el contrario, había proporcionado una producción que impulsó el crecimiento de los estados del Norte.
Para Vance, esa discusión ejemplificaba una disciplina económica tan absorta en consideraciones de eficiencia y producción que solo podía examinar una abominación moral evidente como si la cuestión decisiva fuera si aumentaba el PIB. Él denomina a esta aparente apatía moral el "sello distintivo de la ciencia lúgubre".
En realidad, es difícil imaginar que pudiera elegir un peor ejemplo de la supuesta ceguera moral de los economistas. Y es que el autor victoriano Thomas Carlyle acuñó el término mismo de "la ciencia lúgubre" en 1849 para atacar a los economistas de su época, no porque estos no se horrorizaran lo suficiente ante la esclavitud, sino porque le disgustaba la asociación de los economistas con la causa de la emancipación de los negros y el trabajo libre.
Escribiendo después de que los esclavos fueran liberados en las Indias Occidentales Británicas, Carlyle atacó a los economistas por creer que el orden social podía surgir a través de la oferta y la demanda y por reducir el papel del gobierno a "dejar a los hombres en paz". Él quería que las personas anteriormente esclavizadas fueran obligadas a trabajar bajo la autoridad de los blancos. John Stuart Mill le respondió defendiendo la emancipación y rechazando su jerarquía racial. En otras palabras, Carlyle tildó a la economía de "lúgubre" porque su presunción de igualdad de agencia iba en contra de su propia sed de coacción.
Esa historia no prueba que los economistas posean una moral excepcionalmente sólida. Pero sí desmonta el ejemplo elegido por Vance para ilustrar su torpeza moral. Tiene razón en que el hecho de que la esclavitud fuera un mal no depende de si enriqueció al Sur. La esclavitud era un mal porque se poseía a seres humanos, se los brutalizaba y se les negaba la libertad.
Pero preguntarse quién se benefició económicamente, quién salió perdiendo y si la esclavitud retrasó el desarrollo sigue siendo útil como tema de investigación, sobre todo porque nos ayuda a comprender cómo funcionaba la institución y por qué intereses poderosos lucharon por preservarla. Esa fue la importancia del polémico estudio de 1974 de Robert Fogel y Stanley Engerman, Time on the Cross. Su argumento de que la esclavitud era rentable y que las grandes plantaciones eran inusualmente productivas no justificaba moralmente la institución para ellos. Desafiaba la creencia reconfortante de que la esclavitud era una reliquia económicamente condenada al fracaso que, con el tiempo, desaparecería por sí sola. Si la esclavitud seguía siendo lucrativa, la oposición moral debía convertirse en acción política.
El análisis económico puede, por lo tanto, fortalecer la acusación contra la esclavitud. Mostrar cómo los esclavistas acumulaban riqueza al apropiarse del trabajo mientras imponían costos enormes a las familias esclavizadas, a otros trabajadores y a las generaciones futuras, expone los intereses materiales ocultos bajo la grandilocuente retórica sobre la tradición y el orden social.
En el mismo capítulo, Vance se queja de que la economía ha ocupado el espacio moral que dejó vacante la religión en declive. La ironía más profunda es que muchos economistas políticos se alinearon junto a los abolicionistas evangélicos de Gran Bretaña en la lucha contra la esclavitud. Los evangélicos veían a la humanidad como hermanos y hermanas ante Dios. Los economistas clásicos partían de la premisa secular de que las personas negras poseían la misma capacidad de acción, racionalidad y derecho a elegir que cualquier otra persona.
La economía se ganó el epíteto de "lúgubre" que Vance ahora repite, en otras palabras, no por descartar la libertad humana en sus cálculos, sino por tomarla en serio.
Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 17 de julio de 2026.