Irak, Bush en una calle sin salida

Por Patrick Basham

El reciente discurso del presidente Bush a la nación no conseguirá apoyo a su política en Irak ni tampoco logrará la paz en ese país. El plan presidencial no tiene posibilidad de éxito a mediano o largo plazo. Enviar 21.500 soldados adicionales puede servir el objetivo inmediato de reducir en algo los asesinatos sectarios y los ataques de insurgentes contra el gobierno y contra los soldados de Estados Unidos en Bagdad, pero no es una solución a la situación en Irak.

Tan pronto se vuelva a reducir el número de tropas americanas, la carnicería regresará al nivel actual. Esto es así porque más tropas no alteran la dinámica que continúa provocando la violencia en ese país: profundas divisiones y odios religiosos, étnicos y tribales, lo mismo que una creciente animosidad contra la ocupación militar de una nación occidental, Estados Unidos.

El aumento de las tropas irá acompañado de multimillonarios programas gubernamentales de empleo que tienen mucho más en común con la era estatista del Nuevo Trato de Franklin Roosevelt que con una economía de libre mercado en el siglo XXI. Así, imitando a Roosevelt, Bush está abandonando los principios económicos conservadores de la misma manera como antes abandonó los principios conservadores en su política externa.

Apoyar a industrias gubernamentales corrompidas y fracasadas para que los iraquíes puedan recibir salarios por hacer muy poco o nada y pagar sueldos a los desempleados por abrir huecos y pavimentar caminos los mantendrá ocupados y alimentados por poco tiempo. Pero eso no mejora en nada el futuro económico del país, como ya lo demostró el fracaso de los 30 mil millones de dólares provenientes de los contribuyentes norteamericanos que se gastaron en desarrollo económico, luego de la captura de Saddam Hussein.

Para que Irak se democratice es primero necesario que avance económicamente y el avance económico se logrará solamente con una intromisión gubernamental limitada en la economía del país, acabando con la corrupción, privatizando empresas estatales, bajando los impuestos y reduciendo las regulaciones, todo ello respaldado por un sistema judicial imparcial que haga respetar los derechos de propiedad. Esos son los requisitos para convertir el desierto económico iraquí en un oasis.

El “nuevo trato” de Bush respecto a Irak tampoco aumentará el apoyo de los estadounidenses a la guerra. La mayoría de los norteamericanos dejaron hace tiempo de pensar que el presidente está tomando decisiones correctas en asuntos militares y políticos con respecto a Irak.

El surgimiento del apoyo político se lograría solamente con evidencia tangible y sostenida de mejoras significativas en Irak —económicas, políticas y militares—, no por discursos y promesas incumplidas hasta ahora.

Inclusive, si el Congreso, ahora con mayoría demócrata, aporta los fondos requeridos por el plan presidencial, poco se avanzará en Irak en el tiempo que le queda a Bush en la presidencia. La realidad es que Irak está en medio de una guerra civil que continuará siendo fomentada por la bien intencionada ignorancia de la Casa Blanca.

El presidente Bush sabía muy poco sobre Irak en 2003 y su renuencia a aprender de la experiencia de los últimos cuatro años imposibilita que hoy se dé cuenta de lo que está sucediendo en ese país. Por lo tanto, el presidente no está en capacidad de ofrecernos un plan con posibilidades de éxito.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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