Intercambiemos el embargo por Castro

por Ian Vásquez y L. Jacobo Rodríguez

Ian Vásquez es Director del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

L. Jacobo Rodríguez fue director asistente del Proyecto de Libertad Económica Global del Cato Institute.

El presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, ha renovado la suspensión del Título III de la ley Helms-Burton para aliviar la tensión que ha creado entre sus socios y aliados. Los Estados Unidos deberá aprovechar esta oportunidad para reconsiderar el impacto general de la política de Washington hacia Cuba.

Por Ian Vásquez y L. Jacobo Rodríguez

L. Jacobo Rodríguez fue director asistente del Proyecto de Libertad Económica Global del Cato Institute.

El presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, ha renovado la suspensión del Título III de la ley Helms-Burton para aliviar la tensión que ha creado entre sus socios y aliados. Los Estados Unidos deberá aprovechar esta oportunidad para reconsiderar el impacto general de la política de Washington hacia Cuba.

La ley Helms-Burton trata de disuadir la inversión en Cuba al imponer sanciones a las compañías extranjeras que se estén beneficiando de las propiedades confiscadas por el régimen de Fidel Castro. Pero las aprensiones de que la inversión extranjera allá, que es mucho menor de lo que las estadísticas oficiales cubanas alegan, vaya a salvar al sistema comunista de sus fallas innatas carecen de fundamento. Cuba no recibirá flujos de capital privado significativos hasta que el país introduzca reformas de mercado.

Mientras es posible que la ley Helms-Burton reduzca la inversión en Cuba, a los aliados de los Estados Unidos--en particular, Canada, México y los miembros de la Unión Europea--no les ha sentado bien que Washington trate de influir su política exterior por medios coactivos. No es sorprendente, por lo tanto, que la Unión Europea esté contemplando tomar represalias.

Esa disputa conlleva el riesgo de amargar las relaciones amistosas de los Estados Unidos con países que son mucho más importantes para la seguridad y el bienestar de los estadounidenses que Cuba. La confrontación también desvía la atención, tanto dentro como fuera de Cuba, sobre la crisis interna de la isla.

Tal vez el mayor defecto de la política estodounidense hacia Cuba es que se basa en la creencia falsa de que el capitalismo democrático se puede exportar a base de fuerza desde Washington a La Habana. Ese supuesto está manifestado explícitamente en la ley Helms-Burton, cuyo primer propósito es "ayudar al pueblo cubano a que recupere su libertad y su prosperidad, así como a que se una a la comunidad de naciones democráticas que están floreciendo en el Hemisferio Occidental."

Pero la revolución democrática y capitalista que ha emergido en el Hemisferio Occidental tiene poco que ver con los esfuerzos por parte de Washington de exportar la democracia. Más bien tiene que ver con el descubrimiento a duras penas por parte de los latinoamericanos de que el sistema de la libre empresa es el único sistema capaz de proveer un crecimiento económico sostenible y una mayor prosperidad.

Aunque Cuba--a diferencia de otros países comunistas como China o Viet Nam, con los que los Estados Unidos comercia regularmente--, no haya emprendido reformas de mercado significativas, una política comercial abierta por parte de los Estados Unidos tiene mejores posibilidades que el embargo de subvertir al régimen cubano. Los partidarios del embargo subestiman la medida en que el aumento del comercio exterior y de la inversión foránea pueden socavar al comunismo cubano, aun si todas las relaciones se han de mantener con entidades estatales. Las autoridades cubanas se han percatado de ese peligro. Por ejemplo, la apertura cubana de su industria turística a la inversión extranjera ha sido acompañada de medidas que prohiben a los cubanos de a pie que visiten los hoteles para extranjeros y las instalaciones turísticas. El resultado ha sido que los cubanos no están conformes con su gobierno por haber éste implantado el llamado apartheid turístico.

En los últimos años, las autoridades cubanas también han dado avisos en contra de la corrupción creciente, lo que indica que el régimen teme que las transacciones comerciales no oficiales, en particular, aquellas con extranjeros, debilite la lealtad al gobierno e incluso cree intereses particulares en favor de una apertura de mercado más extensa.

Debilitando aún más la autoridad del régimen es la presencia generalizada del dólar en la economía. Esta presencia ha surgido a través de los giros de ultramar (aquellos provenientes de los Estados Unidos prohíbidos momentáneamente por la ley Helms-Burton) y de la presencia extranjera. La dolarización de la economía cubana--que el gobierno cubano se ha visto forzado a legalizar al ser incapaz de controlarla--, esencialmente ha eliminado la autoridad del régimen de dictar la política monetaria del país.

Para reemplazar al Estado todopoderoso con uno que permita un mayor espacio para la interacción voluntaria se requiere el fortalecimiento de la sociedad civil, es decir, de los grupos no dependientes del Estado. Es más probable que ese proceso suceda en un clima de mayor interacción con grupos externos que en un clima de aislacion y de control estatal.

Los partidarios del embargo casualmente asumen que el señor Castro quiere que el embargo se levante porque cree que esa medida solucionaría sus problemas económicos. A pesar de su retórica condenando el embargo, es probable que el señor Castro tema más el levantamiento de las sanciones norteamericanas.

Es difícil creer, por ejemplo, que no anticipó una fuerte respuesta por parte de los Estados Unidos cuando ordenó el derribo de las dos avionetas de Hermanos al Rescate a principios de 1996. Pero siempre y cuando el señor Castro pueda señalar a los Estados Unidos como una amenaza externa, logrará obstruir el disentimiento, justificar el control sobre la economía, y agitar los sentimientos anti-americanos y nacionalistas en Cuba.

Es hora de que los Estados Unidos pare de hacerle el juego al señor Castro y de que levante el embargo para que se caiga de la silla.