Impuestos añejos retrasan el progreso de los pobres

Por Solveig Singleton

Observen con atención algunos de los impuestos estatales, locales y federales que aparecen en su cuenta telefónica. Hay muchos. Un ministro del Rey Luis XIV de Francia djo una vez que "el arte del cobro de impuestos consiste en desplumar al ganso de tal manera que se obtenga el mayor número de plumas con la menor cantidad de graznidos."

La cuenta de teléfonos es un ejemplo de ese tipo de método -cada impuesto parece insignificante en sí mismo; ¿qué son un par de dólares? Pero la suma se acumula, en especial para las familias de menores ingresos. Estos impuestos, combinados, suman hasta un 20 o 30 por ciento de la cuenta telefónica promedio. Este tipo de gravamen es una multa a la comunicación en sí y es una señal de malas noticias tanto para los consumidores y las políticas que rayan la cancha de las telecomunicaciones.

Tomemos el Impuesto Federal a las Telecomunicaciones como ejemplo. Este impuesto, que corresponde al 3 por ciento de cada cuenta telefónica norteamericana, le costó a los consumidores cerca de cinco mi millones de dólares en 1999, lo que constituye una ínfima fracción de los ingresos anuales de las arcas fiscales. Era en sus inicios un "impuesto al lujo", similar a los que gravan el alcohol y el tabaco. Fue originalmente implementado para pagar los gastos de la guerra contra España en 1898 y luego vuelto a cobrar para pagar los gastos generados por la Primera Guerra Mundial.

Este tipo de impuestos a una actividad particular, específica - como realizar una llamada telefónica- es una política errada. El impuesto va a determinar parcialmente el número de nuevos servicios comunicacionales que utilizarán los consumidores, en especial aquellos de menores ingresos. Tal como aquel impuesto especial a las ventanas que hizo que las personas tablearan la mayoría de las que tenían en sus casas, los impuestos especiales a las telecomunicaciones congelan la compra de una segunda línea telefónica, cosa que en muchos hogares serviría para tener acceso a la Internet. En 1898 el tener teléfono era un lujo, pero hoy ya no lo es, y desincentivar la instalación de nuevos teléfonos a lo largo del país no es una política en la que el gobierno debiera avanzar.

La batalla para la reforma a los impuestos debe empezar en alguna parte, y el Impuesto Federal a las Telecomunicaciones presenta  una gran oportunidad para hacerlo. Este impuesto es innecesario y pasado de moda, contribuye muy poco a la recaudación total de la Tesorería y hiere a los consumidores. Eliminar este impuesto no es un asunto de unas pocas monedas de más o de menos, sino que un símbolo de nuestro tradicional compromiso hacia un sistema impositivo mínimo y justo.