Hay que ir más allá del libre comercio

Por Otto Guevara Guth

La publicación el año pasado de Cuentos Chinos de Andrés Oppenheimer cayó como una bocanada de aire fresco sobre una América Latina que parecía encaminada a revivir los fantasmas del populismo y el estatismo. En nuestro país, ciertamente sirvió para contextualizar dentro de este marco las elecciones de febrero pasado, entre la apertura y la inserción de Costa Rica a la economía mundial, o la vuelta al pasado y el rechazo al cambio.

Y como bien lo indica Oppenheimer, el status quo no es una opción para América Latina, porque en el siglo XXI no hay status quo. Alrededor del planeta, el cambio es la constante. Las economías del Este Asiático continúan exhibiendo tasas de crecimiento espectaculares, donde destacan dos países que, irónicamente, cuentan con regímenes comunistas: China y Vietnam. Deng Xiaoping, el líder chino que en los ochenta iniciara la modernización económica de ese país, una vez dijo que no importa el color del gato siempre y cuando cace ratones. De esta forma, emprendió un conjunto de reformas económicas que han sacado de la pobreza a cientos de millones de sus compatriotas.

Pero no solo en Asia del Este los países se están abriendo al mundo. No lejos de ahí, la India está despertando de un largo letargo estatista y abriéndose cada vez más al comercio y a la inversión. En el Viejo Continente, los países centroeuropeos también exhiben tasas de crecimiento superiores a las de sus hermanos occidentales. Irlanda también destaca como un país que gracias a la apertura y la transformación económica pasó de ser el tercero más pobre de Europa Occidental a ser el segundo más rico en tan solo 20 años.

¿Es tan difícil que la izquierda latinoamericana adopte el pragmatismo de Deng? Las cosas parecen estar cambiando. En Chile, un presidente socialista, Ricardo Lagos, fue el encargado de firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, y en Uruguay un mandatario de izquierda, Tabaré Vásquez, ya coquetea con la idea de negociar otro acuerdo similar con los norteamericanos. De igual forma, Alan García, en Perú, enterró su pasado populista y ahora defiende abiertamente los beneficios del libre comercio. A lo largo de la región, gobernantes socialistas, socialdemócratas y de derecha negocian tratados comerciales, lo cual abre la esperanza de que pronto podamos soñar con un área de libre comercio en las Américas, con la lamentable exclusión de aquellos países que aún se encuentran bajo el manto del populismo chavista y peronista.

Como bien indica Oppenheimer en su libro, estos tratados comerciales servirán de camisas de fuerza para evitar que en un futuro que muchas de las reformas adoptadas sean desechadas fácilmente por líderes populistas posteriores. Sin embargo, ¿bastará con la apertura comercial?

Lamentablemente en nuestro país el mensaje de Cuentos Chinos se ha reducido a la aprobación o rechazo del TLC con Estados Unidos, cuando el reto va más allá. Oppenheimer enfatiza la necesidad de hacer a nuestros países más competitivos, y eso requiere una agenda más agresiva que trasciende el TLC.

En Costa Rica, necesitamos simplificar el sistema tributario y hacerlo atractivo para el inversionista nacional y extranjero. Esto se lograría con la introducción de un flat tax como el implementado exitosamente en los países de Europa del Este. También hay que fomentar el ahorro interno a través de un sistema de pensiones de cuentas individuales privadas que venga a sustituir al actual de reparto colectivo, como lo hiciera Chile hace más de 20 años. Además, con el fin de que el proceso de apertura beneficie a todos los costarricenses, hay que simplificar trámites y eliminar regulaciones innecesarias, como lo recomienda el informe Haciendo Negocios del Banco Mundial.

Si queremos aprovechar el mensaje de Andrés Oppenheimer, no podemos dormirnos en los laureles y pensar que con la aprobación del TLC nuestro país habrá hecho la tarea. La inserción exitosa de Costa Rica a la economía global requiere de un esfuerzo mayor que va más allá del libre comercio. No perdamos eso de vista.