Hay que hablar claro
por Tomas Larsson
Tomas Larsson es el autor de "The Race to the Top: The Real Story of Globalization", publicado por el Cato Institute.
Algunos críticos alegan que la Organización Mundial del Comercio (OMC) necesita "democratizarse" más para ser más confiable. Se equivocan. La organización no necesita más "democratización"; lo que necesita es amigos influyentes que estén dispuestos a hablar abiertamente sobre los beneficios del libre comercio.
Por Tomas Larsson
Algunos críticos alegan que la Organización Mundial del Comercio (OMC) necesita "democratizarse" más para ser más confiable. Se equivocan. La organización no necesita más "democratización"; lo que necesita es amigos influyentes que estén dispuestos a hablar abiertamente sobre los beneficios del libre comercio.
Recuerden que la autoridad comercial para el presidente de Estados Unidos estuvo a punto de no ser aprobada en la Casa de Representantes; se coló a penas por un voto, lo cual no es buena noticia en medio de la recesión y de la guerra. También muestra lo débil que es el apoyo del congreso al libre comercio. Los verdaderos amigos del libre comercio y de la OMC tienen que subir a la tribuna-ahora.
Sin embargo, los gobiernos de los países miembros a menudo quieren que la OMC parezca más poderosa de lo que realmente es. Por ejemplo, sirve de chivo expiatorio cuando los gobiernos nacionales están sufriendo las consecuencias económicas de sus propios fracasos políticos: alto desempleo, desigualdad económica, etc. Es fácil evadir argumentos políticos honestos pero impopulares; lo único que se necesita es quejarse de cómo la grande y mala OMC le ata a uno las manos.
Cuando, a finales de su administración, el Presidente Bill Clinton vetó un proyecto de ley que hubiese impuesto nuevas cuotas a las importaciones de hierro, no expuso que el veto era necesario porque la ley hubiese lastimado a los estadounidenses (quienes hubiesen tenido que pagar precios más caros por sus carros). Tampoco afirmó que el trato perjudicaría a muchos de los países en crisis que se irían a una depresión económica luego de que se les impusieran las restricciones. Lo que Clinton hizo fue enfatizar que el proyecto violaría una ley de la OMC.
Los patrocinadores de "La Guía de un Ciudadano a la Organización Mundial del Comercio", un panfleto publicado en 1999, incluye a sindicatos de herreros de Estados Unidos, grupos ambientalistas y a activistas de los derechos del consumidor. En la portada la OMC está simbolizada por un enorme dinosaurio que lleva un barril de DDT bajo un brazo mientras aplasta el Congreso con una pata y devora el planeta. Entonces, el libre comercio, representado por la OMC, se presenta como una amenaza mortal al medio ambiente y a la democracia.
Esa demagogia se entreteje bien con la ideología anticapitalista de grupos menos respetables. Por ejemplo, el partido de extrema derecha británico, el British National Party, busca revivir la industria del Reino Unido eliminando las importaciones. Los neonazis suecos del National Socialist Front han hecho un llamado a que se vuelva a las industrias tradicionales de Suecia, "con un giro en las políticas comerciales para promover la autosuficiencia y un retorno a la agricultura ecológica". Esto está muy de acuerdo con los protestantes de Seattle que decían que el comercio debe de ser "local, no global".
Los críticos de la OMC y del libre comercio tienen muchos amigos en el establecimiento. Las demandas de los sindicatos y de los ambientalistas ayudaron a que fuera políticamente posible-en nombre de "la globalización con rostro humano"-para la intermitentemente pro-comercio administración de Clinton, frenar las importaciones de países con estándares laborales y ambientales inferiores. Aún está por verse si los líderes mundiales van a ser más abiertos ahora que Bush está en el poder; una señal esperanzadora es la sugerencia de Pascal Lamy, el zar del comercio europeo, quien dijo que la Unión Europea debe repensar su posición sobre el comercio antes de iniciar una nueva ronda con la OMC, particularmente en lo que se refiere a estándares laborales y temas similares. Lamy insinuó que la agenda proteccionista se hace cada vez menos defendible, o al menos más debatible.
En el pasado la OMC y su predecesor, el Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio, podían deliberar y actuar en silencio, pero ya no. En Seattle y Génova miles de activistas manifestaron y ejercieron otro tipo de presiones para promover su agenda "alternativa", y mientras las acciones de quienes arrojaron ladrillos hablan por una minoría, sus opiniones hablan por muchos.
Los políticos y líderes de opinión que realmente son pro-comercio pueden rescatar al libre comercio de la trampa de la OMC avocando agresivamente por la liberalización unilateral. Lo que se necesita no es más intercambio de favores por parte de asociaciones elitistas como la OMC, sino una política comercial abierta, y directa que no sea fácilmente manchada por proteccionistas y demagogos.
Traducido por Constantino Díaz-Durán para Cato Institute.