Guerra comercial sobre alimentos modificados genéticamente

Por Ronald Bailey

Millones de personas hambrientas en Zimbabwe pueden agradecerle a la Unión Europea por el hambre que sufren. A comienzos de Julio, Zimbabwe rechazó ayuda alimenticia de Canadá y Estados Unidos porque el maíz enviado había sido genéticamente mejorado para protegerlo de los insectos. La amenaza de una hambruna masiva es una consecuencia directa de la guerra comercial que se acerca entre Norteamérica y Europa sobre cosechas mejoradas genéticamente.

Zimbabwe ha rechazado el maíz modificado porque su gobierno teme que Europa prohíba sus exportaciones agrícolas una vez que sus agricultores empezaran a cosechar el grano mejorado genéticamente. Después de todo, desde mediados de la década de los noventa Europa ha prohibido las importaciones de cosechas realzadas genéticamente de Estados Unidos y Canadá bajo el sospechoso argumento de que éstas no son seguras, lo cual es ridículo.

Diversos paneles científicos han concluido que los alimentos modificados genéticamente son seguros para el consumo. Inclusive un análisis de la Unión Europea publicada el otoño pasado de 81 diferentes estudios europeos sobre organismos modificados genéticamente no encontró evidencia alguna de que éstos representaran algún riesgo nuevo a la salud humana o al ambiente.

Es claro que la prohibición de la Unión Europea no es una medida de seguridad sino una barrera al comercio. La Unión Europea está recurriendo a preocupaciones de seguridad falsas con el fin de proteger a sus productores de la competencia y de preservar su abotagado sistema de subsidios agrícolas. Por más de una década, la Unión Europea ha prohibido la importación de carne tratada con hormonas para el crecimiento. La Organización Mundial del Comercio (OMC) dictaminó que la prohibición europea no estaba basada en la evidencia científica, y que constituía una barrera comercial.

Temiendo que la OMC se pronunciara contra su prohibición a las cosechas modificadas genéticamente, los europeos están ahora tratando de pasar por encima de la OMC. Actualmente, bajo el amparo de dicha organización comercial, el Acuerdo sobre Medidas Sanitarias y Fitosanitarias (SFS) requiere que las regulaciones estén "basadas en principios científicos." La estrategia de la Unión Europea de sortear el lenguaje del acuerdo es la de tratar de que "el principio de precaución" sea aceptado como una norma internacional de seguridad alimenticia y sanitaria. El principio de precaución es un concepto regulatorio anti-ciencia que permite a los reguladores el prohibir nuevos productos bajo la más mínima sospecha de que estos podrían representar alguna amenaza desconocida. Más aún, los europeos están tratando de etiquetar todos los productos alimenticios que contengan ingredientes hechos de cultivos mejorados genéticamente.

La Unión Europea quiere contrabandear el principio de precaución en otros dos foros internacionales, el Comité del Codex Alimentarius y el nuevo Protocolo sobre Seguridad de la Biotecnología. En 1995, el acuerdo de SFS confirió en el Codex la responsabilidad de establecer los estándares internacionales de seguridad alimenticia que serían reconocidos por la OMC. La Unión Europea ha tenido éxito en lograr que el Comité del Codex incorpore el principio de precaución y los requerimientos de origen en los diversos borradores sobre riesgo y biotecnología.

Si el Codex adopta dichas normas, el SFS se vería obligado a reconocerlas. En consecuencia, la OMC debe aceptarlas, lo cual conllevaría a que si Canadá y Estados Unidos llevan a la OMC su disputa con la Unión Europea sobre la prohibición a la importación de cosechas modificadas genéticamente, los norteamericanos perderían.

Mientras tanto, el Protocolo sobre Seguridad de la Biotecnología apoyado por la Unión Europea, el cual ha incorporado el principio de precaución, requiere que todos los embarques internacionales de cultivos realzados genéticamente posean la etiqueta "podría contener organismos vivientes modificados." Para cumplir con este requerimiento, los alimentos modificados deben ser segregados de las cosechas convencionales. Esto demandaría el duplicar toda la infraestructura de embarques, silos de granos, ferrocarriles, barcos y demás, con un costo estimado de al menos 6.000 millones de dólares, lo cual aumentaría el precio del grano en un 12%. El Protocolo sobre Seguridad de la Biotecnología, el cual empieza a regir una vez que 50 naciones lo ratifiquen, ya ha sido aprobado por 33 países.

¿Qué pueden hacer Canadá y Estados Unidos para ganar esta guerra comercial y promover la difusión de los alimentos modificados genéticamente? Afortunadamente, los negociadores norteamericanos pueden detener el proceso del Codex. Las normas del Codex deben ser acordadas por el consenso de todas las partes. Lo único que Canadá y Estados Unidos tienen que hacer es ponerle un alto al principio de precaución, al etiquetado de los alimentos modificados y a los requerimientos de origen para que éstos sean eliminados del Codex.

El contrarrestar las absurdas regulaciones del Protocolo sobre Seguridad de la Biotecnología constituye un problema más espinoso. Los oficiales comerciales norteamericanos necesitan dejar claro que los países importadores que también cultivan cosechas modificadas genéticamente, tales como China e India, no pueden imponer un doble estándar requiriendo orígenes y etiquetado para las importaciones norteamericanas mientras que eximen a sus propios cultivos. Además, Canadá y Estados Unidos deben persuadir a todos los principales países exportadores de alimentos, como Argentina, Australia y Brasil, a crear un frente unido contra la Unión Europea, dejando a los europeos sin fuentes para importaciones de granos no-modificados.

Con el fin de proteger a sus productores de la competencia, los burócratas europeos parecen dispuestos a desbaratar a la OMC e incidentemente matar de hambre a millones en los países en desarrollo. Canadá y Estados Unidos deben evitar esto.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.