Gripe española

Por Doug Bandow

Cuando Estados Unidos armó su coalición internacional, que abarcaba desde Gran Bretaña hasta Micronesia, para derrocar a Saddam Hussein de Irak, se contó con gobiernos dispuestos a ignorar los deseos de su gente. La guerra estadounidense no recibió apoyo popular en otros países fuera de Kuwait e Israel.

Ahora el Primer Ministro español José María Aznar del Partido Popular (PP) está pagando el mayor precio político por apoyar a la administración Bush, al perder una elección que se esperaba ganara. Otros aliados de EE.UU., en especial John Howard en Australia, Tony Blair en Gran Bretaña y Junichiro Koizumi en Japón, podrían eventualmente tener el mismo final.

Sólo Gran Bretaña y Australia ofrecieron ayuda militar seria en la guerra; Polonia proporcionó 300 solados pero le pidió a Washington que no mencionara su contribución públicamente. La mayoría de naciones –Eslovaquia, Noruega y muchas otras- simplemente escribieron cartas de apoyo.

Millones de personas alrededor del mundo marcharon contra la guerra, pero pocos parecían inclinados a castigar a sus gobiernos por apoyar a los Estados Unidos. Después de todo, las cartas oficiales cuestan mucho menos que los gastos de envío necesarios para remitirlas.

Las víctimas de los aliados fueron pocas aún para los británicos. Y allí la oposición apoyó la política pro-americana del Primer Ministro Blair. Con la guerra terminada, Washington prometió una amplia buena voluntad y generosos contratos de reconstrucción para sus amigos. Parecía un juego gana-gana después de todo.

Ya no lo es.

Al no haber encontrado ninguna arma de destrucción masiva se sepultó la afirmación de que Irak amenazaba la paz y estabilidad mundiales. El fracaso por establecer un vínculo con Al-Qaeda anuló la promesa de que al destronar a Saddam Hussein se debilitaría el terrorismo islámico.

Al contrario, al convertir a Irak en un protectorado inestable dirigido por Estados Unidos y los países aliados se creó tanto un nuevo campo de batalla como un nuevo, aunque cínico, motivo de queja para los terroristas. Volver a atacar Estados Unidos o a sus amigos parecía inevitable. Zonas británicas fueron golpeadas al lado de sinagogas en Estambul, Turquía. El monstruoso ataque en la estación de tren de Madrid parece ser cada vez más trabajo de uno de los afiliados de Al-Qaeda.

La reacción de los votantes españoles es poco sorprendente. Muchos se quejaron de que el gobierno había manipulado la investigación, intentando culpar al grupo separatista español ETA, contra el cual el gobierno de Aznar ha mantenido una constante campaña. Oficiales en Washington participaron en ello, en un intento desesperado por ayudar a un gobierno amigo en necesidad.

Sin embargo, con la evidencia apuntando a la conexión de Al-Qaeda, los españoles culparon al gobierno de volverlos un objetivo militar. Es suficientemente malo llevar a una nación a la guerra basándose en un error o mentira. Es horroroso hacerlo cuando el resultado es traer la guerra de vuelta al frente doméstico.

Es importante no leer el malestar electoral como un evento con una sola causa. Las encuestas pre-electorales, que mostraban al PP a la cabeza por entre un 3 y 5 por ciento, no son garantía de que los socialistas no hubieran ganado en la ausencia de los ataques de Madrid. Dudas acerca de la economía y el comercio internacional han incrementado el apoyo por los partidos socialistas en toda Europa. Ciertamente, para los españoles no era un secreto que su país había sido hogar de células terroristas islámicas antes de la guerra de Irak, o que, inmediatamente después del 9/11, España inició un agresivo esfuerzo por eliminar estas células. Ver la votación únicamente como un referéndum sobre lo de Irak es continuar el error de creer que cada evento en cada país soberano se relaciona con Estados Unidos.

Ya los halcones norteamericanos están criticando una supuesta debilidad de los aliados. No sólo el partido del Primer Ministro Aznar perdió, sino que el partido socialista entrante del Primer Ministro José Luis Rodríguez Zapatero anunció que planea retirar los 1300 soldados españoles de Irak cuando termine su gira en Julio.

Fue lo suficientemente malo que los franceses y alemanes se opusieran a los Estados Unidos. Ahora, los guerreros de papel estadounidenses se quejan que los pocos amigos de Washington están huyendo.

Por ejemplo, Rod Dreher, columnista del Dallas Morning News, llama al resultado de las elecciones españolas “terribles noticias. Ello muestra que los europeos están dispuestos a dejarse acobardar por el terror en las elecciones por parte de pacificadores. Mensaje a los terroristas: hagan terrorismo en la víspera de las elecciones, digan que están haciéndolo para castigar al gobierno por respaldar a los Estados Unidos y pueden generar fricción entre los aliados occidentales.”

Sin embargo, la verdadera fricción es la exigencia de Washington para que los Estados aliados actuaran contra sus intereses. España –junto con Australia, Gran Bretaña, Japón, Polonia, Corea del Sur y el resto del mundo civilizado, de hecho- generalmente tienen razones para trabajar con los Estados Unidos.

Contener a la Unión Soviética, verdaderamente un “imperio del mal,” como lo denominó el presidente Ronald Reagan, fue una razón para la unidad. Combatir el terrorismo transnacional, como el de Al-Qaeda, es otro. Tratar con crisis regionales y amenazas potenciales hegemónicas, incluso, es otra.

Pero no era del interés español, británico, japonés, polaco o surcoreano, respaldar la guerra contra Irak. No es de su interés contribuir con la fuerza de ocupación en Irak. Desdichadamente, todo ellos probablemente tendrán que pagar el precio por la equivocada invasión de Irak, que ha hecho del terrorismo brutal y asesino algo más posible que improbable.

Permitir que un ataque terrorista influya una elección democrática es desagradable. No obstante, es difícil criticar a los electorados extranjeros por el derecho de expulsar gobiernos que han sacrificado los intereses de su nación por ganarse favores en Washington.

“No queríamos ir a la guerra,” gritaban los manifestantes a Mariano Rajoy, el candidato del partido de gobierno para Primer Ministro español, cuando éste votó. Sin embargo, el PP llevó a España a la guerra. Y el electorado español lo castigó por hacerlo.

Los votantes en Australia, Gran Bretaña, Japón, Polonia, Corea del Sur y de todas partes pueden hacer el mismo juicio. Los amigos de Estados Unidos deberían apoyar a Washington cuando la causa es justa, la acción es necesaria y las consecuencias son positivas.

Pero los pueblos extranjeros obviamente no sienten lealtad ciega por cada administración que detenta el poder en Washington. Especialmente cuando esa administración sacrifica hechos por ideología y presiona a sus gobiernos para que actúe en contra de sus deseos.

Traducido por Javier L. Garay Vargas para Cato Institute.