Grecia hace temblar al euro y el euro a los europeos

Juan Ramón Rallo asevera que la crisis en Grecia podría debilitar al euro y que varios países europeos, debido a sus cuantiosas deudas, podrían correr peligro en este escenario.

Por Juan Ramón Rallo

Habitualmente tiende a creerse que lo único importante para determinar el valor del dinero es su cantidad. Los cuantitativistas nos repiten que lo mismo da un lingote de oro que una pieza de papel porque, en el fondo, de donde procede el valor del dinero es de la limitación de su cuantía: si hay mucho dinero su precio será bajo, si hay poco será alto.

En el siglo XIX solía decirse que el oro era el único activo que no era el pasivo de nadie más. Lo decían, en efecto, porque conocían la diferencia entre un activo y un pasivo: entre la riqueza real y los derechos sobre la riqueza real. No es lo mismo tener una hogaza de pan en casa que tener un derecho a recibir una hogaza de pan del panadero de mi vecindario, en esencia porque ese panadero puede quebrar y, por tanto, dejarme sin mi hogaza.

Los dineros fiduciarios que los gobiernos de medio mundo nos han impuesto desde hace 40 años son, en última instancia, pasivos impagados de los bancos centrales. Aparecen en el lado de sus deudas porque es lo que son: obligaciones cuyo valor se han comprometido a estabilizar esos monopolios llamados bancos centrales a través de la diligente gestión de su activo. Pese a la obsesión de muchos con los agregados monetarios (M1, M2, M3, M4, MZM, TMS…), lo relevante no es cuán endeudados están los bancos centrales —del mismo modo que no nos planteamos si es preocupante que una empresa abstracta tenga unas deudas de un millón de dólares—, sino cuán solventes y líquidos son: es decir, qué capacidad tienen gracias a su activo no ya para amortizar su impagado pasivo, sino para defender su valor en los mercados.

Conviene tener esto bien claro al observar lo que le está sucediendo durante estos días al euro. El Banco Central Europeo ha sido desde el inicio de la crisis una entidad mucho más diligente que la Reserva Federal en la gestión de su activo, tal y como se refleja en la importante depreciación que el billete verde ha padecido con respecto al euro durante los últimos tres años. Y, sin embargo, basta con que el nombre de Grecia aparezca en los titulares de los periódicos para que el valor de la moneda única europea se tambalee. No, no es que se tema que la cantidad de euros vaya a estallar, sino más bien que se sospecha que la calidad de los activos del Banco Central Europeo —la deuda pública de los Estados europeos— va a sufrir un revés muy importante si quiebra Grecia y hay que rescatarla (o, sobre todo, si quiebra España y se la intenta rescatar).

En cierta medida, deberíamos observar al Banco Central Europeo como un banco que durante años ha inundado su patrimonio de activos subprime. Sólo que en este caso no hipotecas, sino obligaciones de Estados tan poco fiables como son Grecia, Portugal o España. Los desorbitados déficits públicos que los keynesianos gobiernos europeos se siguen empeñando en mantener sólo añaden más incertidumbres al futuro de la moneda única: cuanto menos solventes sean ciertos países, más en peligro se hallará el Banco Central Europeo y, por consiguiente, más se depreciará el euro frente a todo (pero especialmente, en el contexto actual de deflación, frente a otros activos que sirvan para conservar el valor).

No es que el dólar esté a salvo de este proceso, máxime con Franklin Delano Obama al frente del Gobierno y Helicóptero Bernanke comandando la Fed. Pero de momento, y pese a todo, EE.UU. sigue siendo más solvente que muchos países europeos y entre ellos, por supuesto, Grecia y España.

Al final, sin embargo, el problema del dólar, del euro y en general de todo tipo de dinero que consista en una promesa de pago (incluido, sí, el patrón oro, aunque en mucha menor medida porque al menos los activos de los bancos centrales no son los pasivos de otros agentes, como el Estado) es el mismo: los ladrones y estafadores existen y, en ocasiones, llegan a dirigir los bancos y el Gobierno. Nos equivocaríamos si creyéramos que podemos encontrar un dinero perfecto a prueba de bombas. Eso sí, al menos cuando tenemos libertad para elegir en qué divisa manejamos nuestras vidas contamos con la opción de detectar a los estafadores y proceder a huir de ellos.

Con nuestros dineros fiduciarios de curso forzoso ni siquiera nos dejan tal opción. Se saben ladrones y nos obligan a aceptar el robo velado del envilecimiento monetario: ahí están los alemanes soportando una moneda que se tambalea porque el Banco Central Europeo se veía forzado a comprar la deuda basura de Grecia y ahí están los estadounidenses padeciendo los dólares mientras Bernanke sigue acumulando montones de MBS (valores respaldados por hipotecas)—estiércol procedentes de Freddie Mac y Fannie Mae.

No es sólo que nos atraquen, es que además nos obligan a que les riamos sus tropelías. O quizá es que quedarse con las reservas del banco central y dejar sólo impagos no debería reputarse un robo. En ese caso supongo que sería el momento de rehabilitar moralmente a un tal Ménem, a una tal Kirchner y a un tal Madoff.