Gran Bretaña y el Euro: No por ahora
Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
El gobierno laborista ha decidido aplazar su incorporación a la Unión Monetaria Europea. En su discurso ante los Comunes, Gordon Brown presentó la causa del "no" con un repaso exhaustivo a las cinco pruebas cuyo cumplimiento el gabinete consideraba imprescindible para entrar en el euro y con una exposición de los potenciales beneficios que la moneda única reportaría a la economía británica reducción de costes de transacción, estabilidad monetaria, incremento del comercio y tipos de interés a largo más bajos. La conclusión del Canciller del Exchequer ha sido clara: No se dan las condiciones adecuadas para que el Reino Unido se integre en la Eurozona "por ahora", término que debe traducirse en varios años. Con independencia de los factores puntuales que justifican esa dilación existen elementos estructurales que la dan una notable consistencia política y económica.
De entrada, la economía de la Europa continental está inmersa en una coyuntura de extremada fragilidad sin expectativas de mejorar en el corto plazo. El PIB de la Eurozona presenta un encefalograma plano y sus perspectivas de crecimiento para 2003 oscilan entre el 0,8% y el 1,1%. Además, éste no es un fenómeno episódico, sino una constante. En los últimos diez años, la tasa de crecimiento anual acumulativa, medida por la Paridad del Poder de Compra, ha sido de un 5,2% en Gran Bretaña, de un 4,9% en la UE, de un 4,1% en la Eurozona, de un 4,3% en Francia y de un 3,9% en Alemania. Para decirlo con mayor claridad, el Reino Unido ha tenido un comportamiento económico mejor que el resto del Viejo Continente. Si se tienen en cuenta las cifras de desempleo, el saldo positivo a favor de Britania se amplía. Su tasa de paro se sitúa en el 5,1% de la población activa frente al 8,8% en el área del euro, el 10,7% en Alemania o el 9,3% en Francia.
Sin duda, el comercio británico con la UE ha aumentado del 40% del total en 1973 al 55% en la actualidad. Ahora bien, esta dinámica se ha producido sin necesidad de formar parte del euro, es decir, ha sido el resultado de la profundización en el mercado único, de la progresiva y todavía incompleta eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias dentro de la Unión Europea. Es probable, como señala el propio Tesoro británico, que la plena integración en la UEM incrementase aún más los flujos comerciales entre Britania y el resto del continente, pero el coste de no ir en esa dirección es poco significativo para la economía británica. Por añadidura, la inversión extranjera directa en Gran Bretaña tampoco tiene porqué verse afectada de forma negativa por el no temporal al euro. De hecho no lo ha sido hasta la fecha, porque Reino Unido tiene dos ventajas comparativas muy poderosas: primera, el idioma inglés; segunda, sus mercados de factores y de productos son más libres que los existentes en la mayoría de los Estados continentales (Ver Hindley B. y Howe M., Better Off Out?, IEA, 1996).
El mantenimiento de la soberanía monetaria y de la presupuestaria ha permitido al Reino Unido garantizar la estabilidad macroeconómica y, a la vez, sortear los movimientos adversos del ciclo con pocos costes sociales y económicos, lo que no había sucedido en décadas. En estos momentos, la tasa de inflación británica es idéntica a la de la Eurozona, el 1,7%, y el déficit público inferior al medio de la UEM, 1,9% del PIB frente al 2,5%, después de haber arrojado superávit durante largos años. En otras palabras, la incorporación a la moneda única tampoco ofrece ganancias sensibles a Britania en el plano macro. De manera paralela, el caso británico muestra la posibilidad de aplicar y sostener una cultura de estabilidad monetaria y financiera sin necesidad de formar parte de Eurolandia.
Dicho esto existen cuestiones de fondo que subyacen bajo la actitud del Reino Unido. En concreto, las diferencias entre el modelo socio-económico anglosajón y el continental o, más en concreto, el franco-alemán. Este último exhibe una marcada propensión al intervensionismo y a la regulación, a un gasto público y a unos impuestos elevados, lo que es radicalmente opuesto a la línea adoptada por el Reino Unido desde la revolución tacheriana y continuada en buena medida por el Nuevo Laborismo. Desde esta perspectiva, los británicos se resisten y, con razón, a abandonar o mutilar de manera sustancial un sistema que funciona a favor de otro que lleva al estancamiento. De ahí su comprensible y racional escepticismo ante los diferentes intentos de armonizar políticas y legislaciones a escala europea, que en realidad son sólo instrumentos para imponer a todos los Estados de la UE las mismas ineficiencias que aquejan a Francia y Alemania.
¿Debería incorporarse Britania a la UEM para evitar o frenar la deriva estato-intervencionista de ese área? Esta tesis tiene numerosos partidarios y es una reformulación del viejo principio según el cual "se influye más desde dentro que desde fuera". Sin embargo, esto no es necesariamente cierto. Por un lado, el Reino Unido es miembro de la Unión Europea y, en consecuencia, tiene capacidad de influir en su desarrollo; por otro, su permanencia fuera de la Eurozona es un espejo que permite contrastar qué políticas funcionan y cuales no, que modelos económicos crean riqueza y empleo y cuales no. Desde esta óptica, el "niet" de Gran Bretaña al euro es un servicio a Europa.