Gobierno sin principios

por David Boaz

David Boaz es Vicepresidente Ejecutivo del Cato Institute.

El gobernador Zell Miller de Georgia hace poco propuso que el estado le regalara a los padres de cada niño nacido en Georgia una grabación de música clásica para fomentarles la inteligencia.

Por David Boaz

El gobernador Zell Miller de Georgia hace poco propuso que el estado le regalara a los padres de cada niño nacido en Georgia una grabación de música clásica para fomentarles la inteligencia.

Esa idea tiene muchos problemas, pero el meollo del asunto es lo que podríamos llamar "gobiernos sin brújula", para describir la costumbre de los políticos en dispararse con una variedad de programas que no están guiados por principios. Si el gobernador Miller cree que el estado debe regalarle música clásica a los padres de los recién nacidos, ¿hay algún papel que el gobernador considera que es inapropiado para el gobierno? Y ¿es él, acaso, diferente a los demás gobernadores, legisladores y al presidente mismo?

Antes teníamos reglas para el gobierno. A lo contrario de la mayoría de los demás países, Estados Unidos fue fundado con un claro concepto del papel del gobierno. La Declaración de la Independencia reza que "todos los hombres… son dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables… a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad" y para "resguardar esos derechos se instituye el gobierno entre los hombres".

La Declaración define claramente el papel del gobierno y la Constitución formó el gobierno según ese mismo principio: un gobierno con poderes específicos y claramente limitados.

Durante años, los estadounidenses esperaban que al menos el gobierno federal respetara las leyes y la Constitución. Con pocas excepciones, el gobierno federal no interfería en asuntos que mejor estaban en manos de los estados, las localidades y la sociedad civil. El principal contacto del ciudadano con el gobierno federal era el cartero. Pero eso fue cambiando poco a poco y luego más rápidamente. Para el año 1930, Charles Marran escribió el libro "El gobierno como San Nicolás".

Cada nuevo subsidio y regulación debilitaba el concepto original del gobierno limitado. La gente pensaba que si el gobierno está ayudando a los campesinos en Ohio, ¿por qué no también en Illinois? Y ¿por qué a los campesinos y no a los veteranos de las guerras? ¿O a los viejos? Y pronto sobrevino lo que el premio Nobel de economía James Buchanan llamó el colapso del consenso constitucional, la carrera por aprovechar la piñata ofrecida por el gobierno federal.

En los años 70, se le pidió al gobierno que rescatara a empresas quebradas como el Ferrocarril Penn Central y la Chrysler. Hoy no hay cosa por pequeña o absurda que algún político no esté dispuesto a proponer que se castigue con impuestos, se prohiba, se obligue o se subsidie. Y quedan pocos ciudadanos que no piden ayuda para sus negocios o para su pasatiempo favorito y también que se prohiban los molestos hábitos de sus vecinos.

El gobierno regula el diseño de las literas. El presidente Clinton propone que se subsidie la contratación de 100.000 maestros. La fútil Guerra Contra las Drogas conduce a que expulsen a niños de 13 años de la escuela por tener unas aspirinas en el bolsillo. En tal ambiente, el gobierno se ha convertido en el Gran Hermano, San Nicolás y Mary Poppins al mismo tiempo. Y el vicepresidente de Estados Unidos, el hombre que ocupa el cargo de John Adams y Thomas Jefferson declara que el gobierno federal debe pensar en los ciudadanos como si fueran sus nietos.

En el mundo de hoy en día Zell Miller es el gobernador ideal, un hombre que piensa que cualquiera de sus ideas y de sus impulsos debe tener la fuerza de ley y que la factura la paguen los habitantes de Georgia.

Un gobierno que no está guiado por principios claros es un gobierno a la deriva. Es tiempo que los políticos lean las instrucciones que vinieron con la república.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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