Gobernar no es ceder

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

A la luz del atentado de Leganés, el pasado fin de semana, y de la "declaración de guerra" lanzada ayer por Al Qaeda contra España parece obvio que la derrota del Partido Popular en las elecciones del 14-M y la promesa electoral de los socialistas de retirar las tropas españolas de Irak no han bastado para apaciguar a los terroristas. Por el contrario todo indica que esas concesiones han incentivado el planteamiento de nuevas demandas, el inmediato abandono de Afganistán y muy pronto, porqué no, pedirán la devolución de Andalucía al Islam en coherencia con su proyecto de reconstruir el califato en sus años de mayor expansión territorial. Al mismo tiempo, el desmantelamiento de un célula de Al Qaeda en Francia muestra con claridad meridiana que los "pacifistas" no están blindados contra las acciones del terrorismo islámico. Esta evolución de los acontecimientos era previsible para quien conozca con un mínimo detalle los fundamentos teóricos de la organización de Bin Laden: Su hostilidad a Occidente no por lo que haga sino por lo que es.

El origen ideológico de Al Qaeda se encuentra en la doctrina Salafí-Takfiri, una derivación del wahhabismo dominante en Arabia Saudita, cuyos rasgos definitorios son los siguientes: primero, el derecho a asesinar a quienes ellos arbitrariamente consideran no creyentes. En esta categoría se incluye a los musulmanes opuestos a su peculiar interpretación del Islam. Segundo, el rechazo de toda autoridad política que no cumpla en su integridad la ley coránica y el deber de derrocarla por cualquier medio. Tercero, la transformación de la Jihad en una guerra total e indiscriminada frente a su concepción defensiva y limitada en el islamismo tradicional. Cuarto, la consideración del suicidio como un martirio que abre las puertas del paraíso cuando se realiza para matar a los infieles o para evitar caer en sus manos, planteamiento éste que también se opone de manera radical a la interpretación ortodoxa del Corán. En este marco, el recurso al asesinato y al terrorismo en masa son las consecuencias lógicas del takfirismo (ver Oliveti V., Terror´s Source. The Ideology of Wahhabi-Salafism and its Consequences, Amadeus Books, 2002).

Desde esos supuestos teóricos, el campo de acción del takfirismo es planetario. Su guerra es contra todas las naciones en las cuales imperan el error y la herejía, en especial, contra aquellas en las cuales existe una población musulmana sometida a la contaminación de las ideas paganas. En consecuencia, su estrategia es doble: Por un lado hay que "liberar" Dar Islam de influencias heterodoxas, expulsar a los nuevos cruzados y someterle a la fe verdadera; por otro es necesario desestabilizar un mundo, el occidental, cuya libertad y prosperidad son una permanente amenaza y una constante tentación para las masas musulmanas. Al servicio de esos objetivos se ha creado una red de grupos terroristas entre los cuales se encuentra, por supuesto, Al Qaeda pero también la Jihad Islámica egipcia, el argelino Grupo Islámico Armado o el movimiento Abu Sayyaf en Filipinas. Se estima que desde 1989, fin de la ocupación soviética de Afganistán, hay no menos de 20.000 "soldados" profesionales takfiris dispuestos a actuar en cualquier zona del planeta.

Ante un panorama de estas características, la opción escapista y apaciguadora es suicida y adoptarla supone un desconocimiento supino de las raíces del problema al que se enfrentan las sociedades civilizadas. Abandonar Afganistán o Irak a su suerte es irresponsable porque incrementaría el riesgo de guerra civil en esos países, les pondría en manos de los terroristas de manera directa o indirecta, haría muy vulnerable a la presión del fundamentalismo takfiri al resto de los Estados de la región y forzaría antes o después a volver a intervenir en la zona pero pagando un precio mucho más alto. La posibilidad de alumbrar dos o tres "afganistanes" de corte talibán en Oriente Medio y el riesgo de "finlandizar" a los demás países de la región son alternativas estremecedoras con repercusiones mundiales incalculables pero sin duda alguna muy negativas. En este contexto, la presencia española en Oriente Medio es reducida, cierto, pero tiene una enorme relevancia simbólica, de compromiso con elevados principios morales y políticos.

A estas alturas y tras el ultimátum lanzado por Al Qaeda, España no puede retirarse de Irak ni Afganistán sin realizar una cesión intolerable al chantaje del terror proceda de donde proceda. Cuando se inicia un camino de ese tipo, todo es posible. La paz es muy importante pero lo es aún más defender los principios sobre los que se asienta una sociedad abierta. En los años treinta, las democracias hincaron la rodilla ante las exigencias de Hitler, se desacreditaron y no evitaron la Segunda Guerra Mundial. En los setenta, los pacifistas de ocasión se lanzaban a la calle al grito "antes rojos que muertos". Si se les hubiese hecho caso, Europa sería hoy un gran archipiélago Gulag y el Muro de Berlín seguiría en pié. ¿Cuál es su slogan ahora? ¿Cuál es su propuesta ante las exigencias de Bin Laden? ¿Qué harán si ETA anuncia masacres si no se concede la independencia al País Vasco? En estos momentos hay que recordar la respuesta de Winston Churchill a los acuerdos de Munich: "Teníamos que elegir entre la indignidad y la guerra. Elegisteis la indignidad y ahora tenéis la guerra". Que no se repita la historia.