Fondo Monetario: ¡Ya basta!

por Steve H. Hanke

Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.

El baht tailandés colapsó el 2 de julio de 1997, y lo siguieron otras monedas de la región, como si se tratará de un juego de dominó. La caballería del Fondo Monetario Internacional llegó galopando al rescate con dinero fresco y grandes paquetes de reforma. Sin embargo, la mayoría de estas reformas eran de tipo microeconómico y no resultaban apropiadas para remediar la crisis mortal que inundaba la región. Aún más, la medicina estándar del FMI -la austeridad fiscal- actuó como una bola demoledora sobre economías que ya operaban bajo regímenes fiscales prudentes.

Por Steve H. Hanke

El baht tailandés colapsó el 2 de julio de 1997, y lo siguieron otras monedas de la región, como si se tratará de un juego de dominó. La caballería del Fondo Monetario Internacional llegó galopando al rescate con dinero fresco y grandes paquetes de reforma. Sin embargo, la mayoría de estas reformas eran de tipo microeconómico y no resultaban apropiadas para remediar la crisis mortal que inundaba la región. Aún más, la medicina estándar del FMI -la austeridad fiscal- actuó como una bola demoledora sobre economías que ya operaban bajo regímenes fiscales prudentes.

Lo inapropiado de la receta del FMI resultó más evidente en Indonesia que en cualquier otro país. La tasa de cambio de la rupiah contra el dólar había estado bastante estable hasta el 17 de agosto de 1997, cuando Indonesia flotó su moneda. Ese día el FMI llenó de alabos al gobierno indonés. Stanley Fischer, Primer Subdirector Gerente del Fondo, llegó incluso a proclamar que la flotación de la rupiah "permitirá que la economía (de Indonesía) continúe con el impresionante desempeño de los últimos años."

Esta resultó ser la primera de muchas declaraciones del FMI que no pasarían la prueba del tiempo.

Hacia fines de octubre de 1997, la rupiah ya no flotaba en un mar de tranquilidad y los indoneses llamaron al FMI para que les dieran nuevos consejos. Indonesia enfrentaba una potencial crisis monetaria, pero el Fondo insistió en que las medidas debían apuntar a erradicar las relaciones de compadrazgo, en vez de concentrarse en el valor de la moneda. Esto a pesar del hecho de que por años el Fondo había evitado cuestionar la permanente inyección de divisas del Banco Mundial al corrupto esquema indonés. El primero de noviembre, el FMI, asistió en el proceso de cierre de dieciseis bancos que tenían alguna relación de compadrazgo. Esto gatilló un pánico financiero generalizado. Los inversionistas rápidamente retiraron su dinero de los bancos de Indonesia para trasladarlo a Singapur. La rupiah y las reservas extranjeras cayeron todavía más.

En un intento de apaciguar la marea, el Presidente Suharto firmó una segunda declaración de intenciones junto a Michel Camdessus, el Director Gerente y Presidente del Directorio del Fondo, que brillaba desde la trastienda. Antes de que se hubiera secado la tinta, los mercados volvían a aniquilar el precio de la rupiah. De hecho, la rupiah cayó un 10% el 15 de enero de 1998, el día en que se firmó el acuerdo, y continuó en picada durante la semana siguiente. La rupiah terminó un 85% más abajo, en relación al dólar.

¿Por qué los mercados mostraron una desconfianza tan evidente? El segundo acuerdo con el Fondo Monetario fue algo más que un ajuste estructural a gran escala que apuntaba a terminar con el compadrazgo financiero y a abrir la economía. Este acuerdo no consideró soluciones para el principal problema de Indonesia, una moneda colapsante. Este segundo programa, tal como el primero, no hizo más que avivar con gasolina un fuego que ya ardía.

Para poner esto en perspectiva, asumamos que el dólar comienza a colapsar y el FMI ofrece a los Estados Unidos asistencia financiera consistente en un paquete que incluye dos condiciones. Para salvar el sistema de Seguridad Social de la bancarrota , EEUU tendría que privatizar el sistema en seis meses, y para limpiar su balance el gobierno federal deberá, en el mismo período de seis meses, privatizar las tierras que posee, es decir, más de un tercio del área total del país. Aunque ambas políticas privatizadoras son más que deseables, su implementación en sólo seis meses sería políticamente inviable.

La magnitud de lo que el FMI comisionó a Suharto es comparable a grosso modo con la noción hipotética expuesta en el párrafo anterior. Y para agregar insulto al daño, el paquete indonés del Fondo Monetario ni siquiera trató el problema inmediato que azotaba a Indonesia: el colapso de la rupiah.

Con el objeto de obtener una segunda opinión, el Presidente Suharto me llamó para asesorarlo en febrero, cuando apareció la idea de crear un Caja de Conversión, por primera vez. La rupiah tuvo un alza de un 28% el mismo día que la gente se enteró sobre mi propuesta monetaria, hecho que enfureció tanto al FMI como al gobierno de EEUU. Amenazaron con frenar los créditos aprobados, a menos que Indonesia desechara la idea de inmediato. Asustado por esta amenaza, Suharto abandonó la idea de un Caja de Conversión en marzo.

El 10 de abril de 1998 se firmó un tercer acuerdo con el FMI. Este tampoco mencionaba la crisis de la moneda indonesa, y obligaba a realizar más reformas microeconómicas. Las alzas en el precio de los combustibles del 4 de mayo fueron demasiado para la población de Indonesia. Surgieron sangrientas revueltas callejeras y Suharto finalmente hizo sus maletas después de 32 años. Fue todo tan predecible que uno se pregunta si la salida de Suharto era el verdadero objetivo del FMI.

No obstante, con los programas del Fondo todavía en plena vigencia, la triste historia no terminó con el retiro de Suharto. La sangre todavía corre en Indonesia y la rupiah está en picada una vez más.

El Fondo Monetario Internacional condenó a Indonesia con su enfoque dirigido exclusívamente a erradicar el compadrazgo y la corrupción. Irónicamente, perdieron Rusia por no querer ver la existencia de estos mismos males. Es hora de desarticular a estos burócratas sabelotodo de Washington. ¡Ya basta!

Este artículo se publicó originalmente en  Forbes Global el 4 de octubre de 1999.

Traducido por Fernando Alessandri para Cato Institute.