Explosión de presidiarios

por Timothy Lynch

Timothy Lynch es director del Proyecto en Justicia Criminal del Cato Institute.

A fines de febrero, el número de personas en las cárceles de Estados Unidos pasó de dos millones, por primera vez en la historia. Pero se trata de un récord por el cual ningún partido político trata de ganar puntos. Es más bien una estadística deprimente, que nos hace dudar que sea necesario que toda esa gente esté presa.

Por Timothy Lynch

A fines de febrero, el número de personas en las cárceles de Estados Unidos pasó de dos millones, por primera vez en la historia. Pero se trata de un récord por el cual ningún partido político trata de ganar puntos. Es más bien una estadística deprimente, que nos hace dudar que sea necesario que toda esa gente esté presa.

Para apreciar el significado de la cifra habría que recordar que pasaron más de 100 años desde la independencia para alcanzar un millón de presos, pero apenas diez años para doblar esa cantidad de uno a dos millones. Por el contrario, entre 1940 y 1970 apenas si varió el número de gente presa en Estados Unidos. Los analistas del Justice Policy Institute indican que nuestra tasa de presidiarios per capita es excedida sólo por Rusia. Este no es un logro por el cual nos sentimos orgullosos.

Durante la década de los años 90 se gastaron miles de millones de dólares en construir cárceles, pero la demanda fue siempre mayor. Apenas se terminaban de construir, se llenaban de reclusos. De hecho, la mayoría de las cárceles tienen actualmente más prisioneros que la capacidad originalmente diseñada para albergarlos.

En California, el sindicato de guardianes de prisiones ha crecido tanto que se ha convertido en una fuerza política. El sindicato, con 27 mil miembros, hace contribuciones electorales a los políticos que prometen construir más cárceles, contratar más guardias y aumentar sus salarios y beneficios. Las firmas privadas que reciben contratos de las cárceles también intervienen en la política porque saben que en la medida que aumentan los presos, también aumentan sus negocios. Algunos analistas ya hablan del "complejo industrial carcelario".

Quienes apoyan todo esto le dan poca importancia a los efectos secundarios, insistiendo que cuando la tasa de encarcelación es alta, baja la tasa delictiva. Para ellos la alternativa está muy clara: más cárceles o más delitos.

Pero si analizamos el problema con cuidado, la alternativa no es tan clara. Y lo primero que hay que definir es lo que queremos decir con "delito". El profesor de derecho Herbert Packer, de la Universidad de Stanford, sostiene que "podemos tener tanto o tan poca actividad delictiva como queramos, dependiendo de qué decidamos incluir como delito".

Nadie duda que las celdas incapacitan a los convictos. Un violador no puede abusar de sus víctimas cuando está preso. Sin embargo, no aumenta para nada la seguridad pública cuando el gobierno mete preso a alguien por consumir o por vender drogas. Muchos años de experiencia nos comprueban que no baja la oferta de drogas por más gente que se meta en la cárcel. Mientras haya demanda por un producto, el mercado lo ofrecerá a algún precio. Y los mercados negros operan bajo exactamente las mismas leyes económicas.

Un análisis de las estadísticas penitenciarias muestran que la guerra contra las drogas es lo que ha disparado el número de presos. En 1981, sólo 22% de los presos en cárceles federales estaban allí por drogas. Hoy, 60% de la población penitenciaria federal está presa por drogas.

Una indeseable consecuencia de la guerra contra las drogas es que debido a las limitaciones físicas de las cárceles, a veces sueltan a criminales violentos para darle cabida a quienes violan las leyes contra las drogas. Este "efecto sustitutivo" se puede encarar de dos maneras: terminando la guerra contra las drogas o construyendo más prisiones. Tendría cierta lógica construir más cárceles si fuéramos a meter presos a los últimos narcotraficantes y adictos que quedan libres. Pero como estamos muy lejos de llegar a esa situación, es una mala política la de seguir construyendo cárceles. El mismo gobierno estima que varios millones de estadounidenses consumen drogas.

Debido a que los políticos rehúsan encarar la realidad del fracaso de la guerra contra las drogas, debemos suspender toda nueva construcción de cárceles hasta que se termine con esa guerra. Una capacidad carcelaria limitada es una de las pocas cosas que frenaría a los políticos en su empeño de seguir intensificando esa cruzada.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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