Especulación de precios

Por Carlos A. Ball

Dos cosas me sorprendieron durante la reciente temporada de huracanes en Florida: mi casa estuvo cinco días sin electricidad y tanto funcionarios como varios medios de comunicación arremetieron contra la especulación en los precios. Yo pensaba que tales cosas sucedían sólo en el Tercer Mundo.

No parece lógico que la gran mayoría de los cables eléctricos en las ciudades y pueblos de Florida cuelguen de postes, en lugar de estar bajo tierra. En mi vieja Caracas, todo el cableado había sido enterrado bajo la superficie para 1950, a pesar que las montañas protegen a la ciudad de los ciclones del Caribe. Además de ser horribles, todos esos cables representan un grave peligro en tiempo de vendavales. La única explicación es que las empresas que gozan de algún monopolio concedido por las autoridades, como Florida Power & Light, suelen disfrutar de tratos preferenciales de parte de los mismos burócratas encargados de vigilarlas. Ya se oyen comentarios sobre aumento en las tarifas eléctricas por tantos cables rotos.

La segunda sorpresa fue enterarme que en Florida es ilegal cobrar un precio superior al promedio de los últimos 30 días durante una emergencia. Esa es, sin duda, una ley tercermundista que ignora para qué sirven los precios.

El llamado “precio justo” existe sólo en la mente de quienes nada saben de economía. Una cosa es que los comerciantes quieran ganarse la buena voluntad de sus clientes y decidan no aumentar los precios cuando escasean los productos y otra es la función de los precios, los cuales en una economía libre reflejan el punto donde la oferta y la demanda se cruzan.

Si por cualquier razón se dispara la demanda por un producto (digamos, agua embotellada o la gasolina, en medio de la temporada de ciclones), sólo el aumento de sus precios atraerá a ese lugar la cantidad adicional necesaria de tales bienes para suplir la mayor demanda.

Algunos criticarán que un hotel se aproveche de la difícil situación, aumentando las tarifas porque tiene una cola de gente pidiendo habitaciones. El hotel dispone de un número fijo de habitaciones y, si la demanda aumenta, no puede ofrecer habitaciones adicionales. Si mantiene su tarifa normal, la primera familia que llega probablemente pida tres habitaciones: una para la pareja, otra para la suegra que ronca mucho y la tercera para los niños. Si la tarifa aumentó, a lo mejor toda la familia se mete en un solo cuarto, lo cual permite que más personas se alojen en el hotel durante el huracán.

Muchas estaciones de gasolina en Florida se quedaron sin combustible cuando todos salimos a llenar el tanque, luego de oír que se acercaban los huracanes. Mi auto permaneció inmóvil por varios días en el garaje. Si los precios de la gasolina hubieran subido con la demanda, la gente hubiera comprado en ese momento sólo el combustible que necesitaba y quienes no pensábamos irnos por carretera a otra parte no hubiéramos llenado el tanque.

En otras palabras, precios más altos restringen la demanda y hace que los bienes y servicios fluyan hacia donde más se necesitan.

Donde no se permite que la oferta y la demanda interactúen, los bienes y servicios se vuelven verdaderamente costosos. Para dar sólo dos ejemplos: el gobierno dice que la educación pública es gratis, pero resulta que el costo promedio por estudiante es muy superior en la educación pública que en la privada, a pesar que los padres que envían a sus hijos a colegios privados pagan dos veces: una vez en impuestos y otra por la inscripción de sus hijos. El otro es la medicina. Yo recuerdo cuando una noche de hospitalización en Estados Unidos costaba 250 ó 300 dólares porque casi todo el mundo lo pagaba de su propio bolsillo. Hoy, cuando son las empresas de seguro de la salud o el gobierno quienes casi siempre pagan, el costo realmente asusta. Según un reportaje del Wall Street Journal del 21 de septiembre, pasar una noche en un hospital puede fácilmente costar 6.000 dólares si lo paga Medicaid (programa gubernamental para los pobres) y 29.500 dólares si lo paga el mismo paciente.

Las leyes contra la especulación, los controles de precios y demás interveciones gubernamentales sólo distorsionan el sistema de precios e impiden que lo bienes y servicios fluyan hacia dónde más se necesitan. Los principios económicos no dejan de funcionar cuando se va la luz o cuando los burócratas así lo disponen.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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