España: Visita a la Izquierda

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

La fuerte derrota cosechada por el Partido Popular en los comicios del pasado 14-M ha desencadenado múltiples análisis y los seguirá produciendo en el futuro. Uno de los más recurrente es el del supuesto comportamiento irracional de los electores. A pesar de su aparente consistencia y de su efecto placebo, este enfoque es erróneo. Si se aplica la teoría de los mercados eficientes al ciclo político, el vuelco de los ciudadanos en sus preferencias cobra una dimensión muy diferente. El votante medio había forjado sus expectativas favorables al PP sobre dos informaciones básicas: primera, una eficaz gestión de gobierno; segunda, la confianza. Esas dos variables tenían un elevado valor en un marco de incertidumbre. La aparición en el escenario de una noticia inesperada, los brutales atentados del once de marzo, y las dudas sobre la veracidad de las informaciones suministradas por el gabinete sobre su autoría modificaron de manera radical esa percepción inicial y determinaron el hundimiento del centro-derecha. Esta actitud, justificada o no, real o ficticia es racional y es un hecho.

En cualquier caso, lo relevante no es escudriñar las motivaciones últimas de los ciudadanos en su decisión de voto. Guste o no, eso es el pasado y la historia emitirá su veredicto sobre el período protagonizado por el PP con menos pasiones a favor y en contra de las existentes en este momento. El pueblo soberano ha hablado y ha concedido la victoria al PSOE. Se abre una nueva etapa cuajada de desafíos –la amenaza centrífuga planteada al modelo de Estado-, de miedos –el terrorismo- y de incertidumbres –la evolución de la economía en el medio plazo-. Para afrontar con éxito esos retos, el PSOE necesitará talento, convicción, firmeza y altura de miras. Sólo así podrá transformar la fuerza racional pero negativa que le ha llevado al poder en una energía positiva capaz de asegurar la estabilidad institucional y el progreso social y económico de España.

Los socialistas han manifestado repetidas veces su compromiso con el binomio unidad-pluralidad nacional y su intención de aplicar una estrategia económica rigurosa. Nadie discute la buena fe de esas declaraciones pero el PSOE ha de tener en cuenta que esa no es la visión de un amplio sector de la sociedad española, incluidos muchos de sus votantes, y que el sentimiento de preocupación respecto a su posible labor al frente del gobierno no es caprichoso ni malintencionado, sino el producto de acciones y de omisiones sembradas por ellos en los últimos años. En este contexto, la confianza de los ciudadanos y de los agentes económicos no se gana de un día para otro. Lleva tiempo, exige prudencia, gestos y, sobre todo, hechos. Por el momento, el lema mágico de la campaña socialista, “cambio”, carece de un significado preciso y, desde luego, no es realista considerar que su hipotética atracción ha sido el hecho determinante de su triunfo en los comicios.

El PSOE se ha encontrado con un regalo inesperado: La oportunidad de abrir un largo ciclo de gobierno si logra convertirse en el partido de las clases medias como la ha tenido el PP hasta su naufragio. Erraría si considerase la victoria del 14-M un giro del país a la izquierda como quizá se equivocaron los populares al interpretar su mayoría absoluta en 2000 como un viraje de la sociedad española a la derecha. Sin embargo, estos ocho años de administración Aznar han sido muy importantes. Han introducido cambios quizá poco perceptibles en la superficie pero, sin duda, profundos. Así se ha alterado la perspectiva tradicional de cómo ven los ciudadanos las relaciones entre el Estado y la sociedad. La raíz de esa transformación no es ideológica sino pragmática derivada de los buenos resultados producidos por un programa basado en la liberalización de los mercados, en el rigor presupuestario, en la rebaja de impuestos y en la apertura exterior. El PSOE va a recibir serias presiones de su izquierda, de sus imprescindibles aliados parlamentarios y de buena parte de sus votantes para echar arena en el carburador de ese modelo.

El excelente legado del PP en el plano de la economía no es un punto de llegada sino de partida. La fase expansiva iniciada en 1996 tiene un recorrido corto, dos años máximo, si no se introducen reformas adicionales de corte liberal. Si se sacrifica la estabilidad presupuestaria ante las seguras demandas de gasto, se aumentan las rigideces en los mercados para satisfacer intereses concretos y se suben los impuestos por ideología y/o por necesidad recaudatoria, la economía entrará en una coyuntura muy delicada en el corto plazo. Si se detiene el proceso de reformas, el medio plazo pasará una elevada factura en términos de crecimiento y de empleo. En suma, para no fracasar, el PSOE necesita profundizar en el modelo heredado del PP no cambiar de modelo. Ahora bien, el impulso de esa línea reformista no será fácil. Exigirá una decidida voluntad política y el firme liderazgo de Rodríguez Zapatero y de su equipo económico que tendrán en frente una intensa oposición de un núcleo importante de los “suyos”.

Quien escribe estas líneas es un liberal que desearía por el bien de España y por el de sus ciudadanos que el PSOE no fracasase en su tarea. En estos momentos, el país no puede perder cuatro años. Estoy seguro que este es el espíritu de la inmensa mayoría de los ciudadanos incluso de los que no votaron al socialismo el pasado catorce de marzo. Espero que ese mismo ánimo acompañe a los nuevos gobernantes y que no sucumban a la tentación del sectarismo. Tendremos de verdad un sistema político moderno y equilibrado cuando las alternancias en el poder dejen de convertirse en un juego de suma cero, en un ajuste de cuentas más o menos civilizado, en un intento de convertir mayorías electorales temporales en patentes de corso para debilitar la autonomía de la sociedad civil. Zapatero puede ser el Blair español y eso sería una buena noticia pero, de momento, es sólo una incógnita.