España: Consenso socialdemócrata

Juan Ramón Rallo afirma que "el verdadero y genuino pensamiento único de la actualidad es la socialdemocracia. Todos los grandes partidos defendieron, con escasísimas y menores diferencias, el mismo modelo de Estado: un Estado grande que intervenga en casi todos los aspectos de nuestras vidas".

Por Juan Ramón Rallo

Si para algo sirvió el decisivo debate a cuatro organizado por Atresmedia fue para constatar lo que, por otro lado, ya debería ser evidente para todos: el verdadero y genuino pensamiento único de la actualidad es la socialdemocracia. Todos los grandes partidos defendieron, con escasísimas y menores diferencias, el mismo modelo de Estado: un Estado grande que intervenga en casi todos los aspectos de nuestras vidas.

Así, por ejemplo, en materia fiscal todos aspiraban a conservar un nivel de ingresos tributarios similar al actual —en torno al 40% del PIB—, acaso con alguna variación por arriba (PSOE y Podemos) o por abajo (PP y Ciudadanos). Pero estamos hablando de diferencias ínfimas que terminan por desaparecer cuando se materializan en acciones de gobierno: unos quieren llevar la presión fiscal al 41% o 42% del PIB y los otros dejarla en el 39% o 38%. De facto, no hay diferencias. Y no es casualidad que no las haya: dado que ningún partido anunció privatizaciones de servicios públicos y nuevos recortes del gasto, resulta imposible minorar significativamente los ingresos: mismos o mayores gastos equivalen a mismos o mayores ingresos tributarios.

A su vez, en materia laboral, todos pretendían mantener el grueso de las regulaciones laborales actuales —incluyendo la negociación colectiva— y ninguno anunció cambio alguno en el régimen de la Seguridad Social a pesar del creciente fiasco que suponen las pensiones públicas. Las únicas ideas algo novedosas procedieron de Ciudadanos, con su propuesta de contrato único con indemnización creciente: pero incluso esta reforma no disputa el fondo de nuestro hiperregulado mercado laboral, pues continúa imponiéndoles desde arriba las condiciones de trabajo a cada una de las partes.

Por último, en educación el consenso fue abrumador: todos coincidieron en la necesidad de alcanzar un pacto de estado a favor de la escuela pública y del derecho estatal a planificar y dirigir la formación de nuestros hijos. Ninguno osó cuestionar la escolarización obligatoria (permitiendo el homeschooling), el diseño centralizado de los planes de estudio (abriendo la puerta a la libertad y competencia curricular) o el sobregasto que sigue pesando sobre la educación pública española.

De ahí que, en última instancia, el resultado del debate terminara dependiendo no de un recetario que era prácticamente calcado entre todos los grandes partidos, sino de quién transmitiera una imagen de político menos corrupto, de tertuliano más ágil y de gestor más eficaz. Atendiendo a la literalidad del discurso, la diversidad ideológica dentro de la que elegir era nula: más gasto, más impuestos, más regulaciones, menos libertad. El hecho de que se haya especulado con prácticamente todas las combinaciones posibles de acuerdos postelectorales (PP-Ciudadanos, PP-PSOE, PSOE-Ciudadanos, PSOE-Podemos, PSOE-Ciudadanos-Podemos) es una clara evidencia de que, más allá de las cuitas de campaña, todos comparten un idéntico proyecto de sociedad regentada por el Estado.

Mas no pensemos que este auténtico pensamiento único político constituye una confabulación de nuestros partidos para mantener un Estado disfuncional en contra de las preferencias y de las ansias de libertad de la mayoría de la población: si las cuatro principales formaciones políticas españolas defienden, en esencia, las mismas ideas es porque confían en cazar con ellas la mayoría de votos posibles, esto es, porque saben que la mayoría de españoles suscribe esas mismas ideas.

Por eso, la única forma de derribar a largo plazo este pensamiento único socialdemócrata que predomina dentro de la sociedad española —y, en general, dentro de la sociedad occidental— es dando la batalla de las ideas: sin una paciente y constante exposición de los errores y falacias sobre los que se fundamenta ese consenso antiliberal, sin una continua e infatigable explicación de las múltiples ventajas que acarrea la alternativa de una sociedad libre y abierta, debates como el del 7 de diciembre seguirán repitiéndose sine die.

Este artículo fue publicado originalmente en El Economista (España) el 9 de diciembre de 2015.