Esos comunistas chinos entrometidos

Por Doug Bandow

China tiene un exacerbado sentido de nacionalidad. Sus líderes vilipendian cualquier comentario sobre sus prácticas políticas como una injustificada “interferencia” exterior, aunque Pekín esté siempre deseosa de sermonear a Estados Unidos por sus políticas. La semana pasada, por ejemplo, oficiales estadounidenses se reunieron con Martín Lee, fundador del partido con la mayoría de representantes elegidos en la legislatura de Hong Kong.

La República Popular de China se ofendió mucho públicamente por esto. El designado jefe ejecutivo para Hong Kong, Tung Chee-hwa se quejó “No aceptaremos interferencia de extranjeros. Nuestra gente tampoco debería invitar a extranjeros a interferir.”

La controversia de Lee fue parte de una conmoción en curso sobre el manejo nacional de la “Región Administrativa Especial” de Hong Kong. Cientos de miles de los 6,8 millones de residentes se congregaron exitosamente el año pasado para protestar la legislación “anti-subversiva,” que fue propuesta por el gobierno chino. Muchos de los que fueron a las calles están ahora pidiendo por elecciones libres y sufragio universal.

Esa no debería ser una demanda controversial. En la Declaración Conjunta Chino-británica de 1984, China prometió garantizar la autonomía de Hong Kong y varias libertades, incluyendo una “legislatura constituida en elecciones” después que la ciudad fuera devuelta a China. En la ley básica de 1990, firmada por Gran Bretaña y China, Pekín se comprometía a proveer una legislatura electiva y ejecutiva para el 2008.

Sin embargo, Pekín ha respondido a la discusión sobre la democracia, denunciando a los activistas como “payasos,” “perros,” “soñadores,” y “traidores,” que son “antipatrióticos” y “entrometidos” por buscar “interferencia externa” en los asuntos de Hong Kong.

No es sorpresa que los no elegidos líderes comunistas en Pekín teman el ejercicio de la democracia en tierras pobladas por chinos étnicos. Considere la reacción del Gobierno Comunista Chino (GCC) a las carreras presidenciales pasadas y actuales en Taiwán, así como al uso de un referéndum popular por parte del presidente Chen Shui-bian en las relaciones con China.

Igualmente amenazante es el hecho que los residentes de Hong Kong puedan votar y hayan favorecido a las voces independientes y no a los seguidores de Pekín. Bai Gang, director del Centro de Investigación de Políticas Públicas en la Academia China de Ciencias Sociales, se queja que “Los políticos pro-democracia tienen serias deficiencias en su identificación con el país. Sin embargo, tienen la ventaja sobre el campo patriótico en Hong Kong.”

Traducción: En visión del GCC la gente equivocada está ganando las elecciones. Como resultado, Martín Lee tiene más legitimidad popular que el Presidente chino, Hu Jintao. El Wall Street Journal observa: “El señor Lee es entonces un líder del único partido mayoritario elegido en China. En los países libres eso lo convertiría en primer ministro, no en un paria.”

Los oficiales chinos ahora están haciendo bulla sobre permitirle únicamente a los “patriotas” participar en el gobierno de Hong Kong. Y “patriotas” no incluyen a nadie que favorezca la independencia de Taiwán, se oponga al gobierno comunista chino, haya peleado la legislación anti-subversión, o simplemente que no apoye al Partido Comunista.

Pekín ha incluso amenazado con disolver la legislatura de Hong Kong si los candidatos pro-Pekín pierden control en las elecciones programadas para septiembre. “Ninguno de los demócratas es confiable,” explicó Wen Wei Po, el portavoz chino designado para Hong Kong.

No hay nada que Washington pueda hacer para prevenir que la dirigencia del GCC se engrane en ese impropio abuso verbal cuando los residentes de Hong Kong le pidan a China guardar su palabra. Tampoco puede Estados Unidos obligar a China a guardar su palabra sobre la democracia en Hong Kong, pero al menos, oficiales norteamericanos pueden hablar a los demócratas en Hong Kong.

El Senador Sam Brownback invitó al señor Lee a Washington a testificar hace unas semanas sobre la situación en Hong Kong. Durante su estadía, Lee se encontró con varios legisladores, así como con el Secretario de Estado, Colin Powell y la asesora en materia de seguridad nacional, Condoleezza Rice. No hubo nada de sedicioso en esto. De hecho, el señor Lee afirmó su fe en que los líderes más altos de China “lo harán bien.” También señaló que hubiera preferido hacer su caso en Pekín, pero que el GCC se rehusó a dejarlo ir.

Sin embargo, los comunistas chinos reaccionaron airadamente. El Ministro Exterior del GCC, Li Zhaoxing, reiteró que China ve a Hong Kong como de su propiedad. “El pueblo chino tiene la resolución, la habilidad y la sabiduría para mantener la estabilidad y la prosperidad de Hong Kong. No le damos la bienvenida, ni necesitamos, cualquier intervención externa en los asuntos de Hong Kong,” dijo. El ministro Exterior emitió una declaración denunciando todos los “comentarios irresponsables por parte de fuerzas externas.”

La manifestación trajo a la mente intentos anteriores de intimidar a Washington al no permitir a los presidentes taiwaneses Lee Teng-hui y Chen Shui-bian visitar Estados Unidos, incluso hacer conexiones para viajar a otras naciones. La administración Clinton se mostró más que dispuesta para ejecutar los deseos chinos. Hace una década, el presidente Lee se detuvo en una base militar en Hawai en su camino a América Latina. No se le permitió abandonar las instalaciones. Un año más tarde, Lee buscó una visa para atender una reunión de exalumnos en la Universidad Cornell, su alma mater. Sólo bajo presión del Congreso, la administración accedió.

Cuatro años atrás, el presidente Chen quiso volar a Los Angeles en su camino hacia América Latina, donde un número de pequeños países oficialmente reconocen a Taiwán como una nación independiente. La administración Clinton permitió la visita de mala gana, con la condición que pasara las 16 horas en su hotel. Fue presionado para que cancelara una reunión que tenía con cuatro congresistas.

Pekín no estaba satisfecha. El GCC advirtió que la visita de Chen podría dañar “severamente” las relaciones Chino-estadounidense. China ha presionado similarmente a otras naciones. Pekín buscó convencer a Gran Bretaña para prevenir que el presidente Lee visitara la isla y a Japón para impedir que el ex-presidente Lee recibiera tratamiento médico.

Cierto, las relaciones con el GCC son importantes. No hay una sola estrategia superior para diluir una confrontación potencial en el estrecho de Taiwán; y venderle armas a Taiwán, así como ofrecerle vagas promesas de defensa son acciones que demandan un serio debate. Pero no debería comprometerse el hecho que Estados Unidos haga extensiva su hospitalidad a aquellos que comparten sus ideales alrededor del globo. Deberían ser alentados, no sólo permitírsele, a venir para visitas de ex-alumnos, escalas de viajes y discusiones políticas. Este es un asunto interno de Estados Unidos en el que China no tiene el derecho de intervenir.

Es obvio que Pekín tiene todavía que entender el mensaje de que no puede dictar la política estadounidense hacia los visitantes. La administración Bush debería llamar al embajador chino para arreglar el asunto de una vez por todas. Como Pekín, se le debería decir, Estados Unidos no aprecia interferencia externa en sus asuntos internos. Washington permitirá visitarnos a quien sea, cuando sea que nosotros queramos.

Traducido por Javier L. Garay Vargas para Cato Institute.