Escocia independiente y socialista

Pedro Schwartz dice que "El divorcio, caso de ocurrir, sería por exigua mayoría. Ese resultado dejaría dolorida y hostil a una gran minoría partidaria de mantener el país dentro de Reino Unido. Esos sentimientos se envenenarían con las dificultades de una prolongada negociación para disolver una Unión que ha durado más de 300 años".

Por Pedro Schwartz

El próximo jueves 18 de septiembre los residentes en Escocia decidirán si esa nación se mantiene dentro de Reino Unido. La cuestión es de importancia para los británicos, y tanto o más para el resto de los europeos. En efecto, son muchas las regiones en las que amplias minorías buscan la independencia y la entrada en la Unión Europea, no sólo Cataluña. Durante mi estancia en la Universidad de Buckingham estos dos últimos meses he seguido el debate entre nacionalistas y unionistas escoceses con creciente alarma. Mis razones son dos: la primera, la animosidad que sin duda dividirá a los británicos durante años, cualquiera sea el resultado del referéndum; la segunda, el tipo de sociedad que buscan crear los escoceses, tanto con la independencia defendida por los nacionalistas como con la autonomía prometida por los unionistas. El divorcio, caso de ocurrir, sería por exigua mayoría. Ese resultado dejaría dolorida y hostil a una gran minoría partidaria de mantener el país dentro de Reino Unido. Esos sentimientos se envenenarían con las dificultades de una prolongada negociación para disolver una Unión que ha durado más de 300 años.

El primer obstáculo lo constituye la promesa de los nacionalistas de desplazar la base de submarinos portadores de armas nucleares de la ría de Clyde a algún lugar de Inglaterra. El Sr. Alex Salmond las llama “armas de destrucción masiva”, que lo son, pero que precisamente por eso no se han utilizado desde 1945. Algunos unionistas han ironizado preguntando cuándo iría Salmond a visitar a Putin para pedirle que siguiera el ejemplo escocés. Escocia tendría que crear unas fuerzas de Defensa separadas de las de Reino Unido, lo que no sería fácil dado los siglos que llevan militando juntas.

El segundo obstáculo es la moneda. Los nacionalistas han dicho que mantendrán la libra esterlina (y la Monarquía) quiéralo o no el resto de Reino Unido. Cierto que podrían tomar como moneda una divisa extranjera, en este caso la esterlina, como hacen Panamá o Ecuador con el dólar. Mas para ello necesitarían mantener una cuantiosa reserva de libras en esa “caja de emisión”, lo que sólo es posible con amplio superávit en la balanza de pagos y en el presupuesto: sólo así evitarían catástrofes como la de Argentina de mano de Cavallo, cuando fijó la paridad del peso con el dólar. Mejor les vendría, claro está, mantenerse en la unión monetaria británica, pero ello precisa de mutuo acuerdo: no veo por qué los ingleses habrían de comprometerse a salvar otra vez a Royal Bank of Scotland, al Bank of Scotland y a su matriz Lloyds Bank en caso de otra crisis bancaria. Por si acaso, ambos bancos han anunciado que si vence el “Sí” transferirían sus sedes a Inglaterra.

El tercer obstáculo es la división de la deuda pública y la financiación del nuevo Estado independiente. Escocia tendría que cubrir con nuevas emisiones el principal y los intereses de la parte de la deuda pública de Reino Unido que le correspondiera según la población, aproximadamente unos 10.400 millones de libras, el 86% de su PIB. Una Escocia independiente también necesitaría seguir emitiendo deuda para atender a su déficit público, que en 2012-2013 se cifró en lo equivalente a un 8,3% de su PIB, frente al 7,3% del PIB de Reino Unido en su conjunto. En todas esas emisiones, Escocia tendría que cargar con una prima de riesgo de, al menos, 160 puntos básicos sobre el interés pagado por Reino Unido, dado el tamaño del país y la inseguridad del experimento. Además, cesaría el bloque de financiación que Escocia recibe de la Hacienda de Reino Unido, que supone que, por término medio, cada escocés recibe 1.600 libras más de financiación pública que cada inglés. Salmond cifra sus esperanzas en los ingresos de petróleo del Mar del Norte, que en el momento actual equivaldrían a un 10% de su PIB (menos de un 1% del PIB de Reino Unido en su conjunto). Sin embargo, el país quedaría expuesto al posible agotamiento de las reservas de hidrocarburos y a los vaivenes de su precio.

Aparte de estos tres obstáculos, quedarían las grandes dificultades de dividir una Administración Pública unida durante muchos años. Escocia ya rige autónomamente su Servicio de Salud, el de Educación y el de Justicia, pero el resto de los servicios públicos, en especial las pensiones son muy difíciles de atribuir y gestionar geográficamente. ¡Ni siquiera saben cómo se dividiría la BBC!

Fuera de la realidad

Salmond ha expresado su confianza de que, de ser independiente, Escocia conseguiría crecer más aprisa gracias a unos impuestos más ligeros y a unas leyes de inmigración más generosas. Me parece que eso no es sino un sueño. En Escocia se concibe el Sistema de Bienestar de manera diferente que en el resto de Reino Unido. En pocas palabras, una gran mayoría de escoceses está empeñada en crear un Estado socialista al norte del río Tweed, sean independientes o no. En Escocia ya no sólo es gratuito el sistema de Salud, sino también las medicinas, al contrario del resto de Reino Unido. E igual ocurre con la enseñanza universitaria, que es gratuita para los residentes en Escocia. Salmond ha dicho que quiere aumentar el gasto social y aumentar el impuesto a los ricos para hacer un país “más justo” —fairer, en la blanda e intraducible expresión inglesa—. En los debates que he seguido nadie se ha atrevido a decir que Escocia entera se ha quedado estancada en el año 1945, lo que hace dudar de la proclamada aspiración de transformarla en una Noruega o incluso un Singapur o un Hong Kong.

Vista la confusión que han creado los nacionalistas escoceses, sería cosa de decirles que con su pan se lo coman. El lío es descomunal desde el punto de vista económico, social y administrativo, pero además lo es para Europa en su conjunto. Ganen o pierdan, será por exiguo margen y la cuestión seguirá viva, como la de Quebec en Canadá. No nos engañemos los españoles. El caso de Cataluña se verá como idéntico al de Escocia, diga lo que diga nuestra Constitución. Se la saltarán si sienten que tienen suficiente apoyo político tanto entre sus votantes como en la UE. Europa ha socavado los Estados y soliviantado los nacionalismos. El resultado en términos de populismo y tribalismo es el que pronto veremos.

Este artículo fue publicado originalmente en Expansión (España) el 16 de septiembre de 2014.