Es un conflicto local, no la Tercera Guerra Mundial

Por Leon T. Hadar

Usted podría denominarla la propia respuesta Pavloviana del establecimiento estadounidense de política exterior. Cuando sea que la gente se involucra en un conflicto bélico, en cualquier parte del mundo, despierta el impulso intervencionista de los políticos y analistas en Washington. Y cuando el conflicto de casualidad ocurre en el Medio Oriente, los pedidos de “hacer algo al respecto” adquieren un grado de urgencia casi apocalíptico. De hecho, aumentar la expectación de guerra en el Medio Oriente en el capitolio es como gritar “fuego” en un teatro de cine amontonado, ya que los expertos advierten que una táctica de “manos afuera” hacia una guerra civil o una confrontación entre dos o más naciones en la región podría resultar en una guerra global, una crisis petrolera y más terrorismo.

Así que no es sorprendente que las actuales hostilidades entre Israel y grupos guerrilleros en Gaza y Líbano han provocado una respuesta aguda y penetrante por parte de los políticos y analistas buscando una acción veloz de EE.UU. “Esto es, de hecho, la Tercera Guerra Mundial”, dice el anterior vocero republicano del Congreso Newt Gingrich acerca de la crisis, en la cual la fuerza militar más poderosa de la región está apuntando a los liderazgos de dos pandillas armadas, Hamás e Hizbola. El gobierno de Bush “debería estar ayudando al gobierno libanés para que éste tenga la fuerza para eliminar a Hizbola como una fuerza militar—no como una fuerza política en el parlamento—pero como una fuerza militar en el sur de Líbano”, argumenta Gingrich.

Algunos en Washington han sugerido una intervención estadounidense aún más directa en el conflicto, resaltando el apoyo que Irán y Siria le proveen a Hizbola y a Hamás, argumentando que Israel está confrontando a un bloque “Islamo-fascista” en el Medio Oriente y que en aras de reformar la región, EE.UU. debería considerar a los enemigos de Israel enteramente como los suyos.

Pero de muchas maneras, la intervención estadounidense en el Medio Oriente ha resultado en estos conflictos. Al remover a Saddam Hussein del poder, EE.UU. fortaleció a los partidos de la elite iraquí shiíta con conexiones con Teherán, alterando el balance de poder del Medio Oriente hacia los clérigos iraníes quienes apoyan a Hizbola. De hecho, la intervención estadounidense en Irak ha contribuido sin querer al poder Shiíta en vez de contribuir a una democracia liberal.

Al mismo tiempo, el gobierno de Bush presionó a Siria para que retire sus tropas de Líbano mientras que promocionaba las elecciones parlamentarias ahí mismo. Estas elecciones confirieron legitimidad a Hizbola, y fortalecieron su influencia por sobre un gobierno que carecía la voluntad y el poder para desarmar a este grupo.

Finalmente, en contra del mejor juicio de los israelitas y los palestinos moderados, el gobierno de Bush insistió que las elecciones parlamentarias libres fuesen llevadas a cabo en el Banco Occidental y en Gaza, lo cual resultó en una victoria para Hamás. Jerusalén y Washington consecuentemente se hallaron rechazando lidiar con el liderazgo palestino que por primera vez había sido elegido mediante unas elecciones, haciendo una burla de las declaraciones de EE.UU. respecto de la reforma democrática en el Medio Oriente.

En pocas palabras, el intervencionismo estadounidense en el Medio Oriente ha reesforzado a Hamás e Hizbola y a sus auspiciadotes regionales, instigándolos a retar a los israelitas, y por deducción a EE.UU. Los líderes de Irán y Siria muy bien puede que quieran que EE.UU. se involucre en el actual caos en Israel y Líbano, extendiendo una ya sobre-extendida fuerza en otra guerra impopular en aún otro lugar. Y no hay mejor manera de alegar que el eje estadounidense-israelí está en guerra con el Islam que involucrar tal fuerza en una serie de conflictos sangrientos, religiosos y étnicos.

Contrario a las advertencias de los fanáticos de “hacer algo”, las intervenciones estadounidenses en el Medio Oriente es probable que hayan desatado más terrorismo anti-estadounidense y más presión por sobre los mercados de energía que la que han prevenido. La realidad es que con el fin del Guerra Fría, ya no hay un superpoder global que pueda contestar los intereses estadounidenses en el Medio Oriente o proveer ayuda externa a los enemigos de Israel, así que EE.UU. debería relajarse un poco ahí.

Israel tiene todo el músculo militar que necesita para derrotar a Hamás y a Hizbola. Si y cuando logre estos objetivos, un interlocutor externo tendrá que negociar un cese de fuego entre los beligerantes, asistir a la armada libanesa a desarmar a Hizbola, y presionar a los israelitas y palestinos para que reinicien las negociaciones. Los miembros de la Unión Europea, y los países mediterráneos en particular—Francia, Italia y España—deberían desempeñar el papel importante en el proceso.

Después de todo, el Medio Oriente es el patio estratégico del Medio Oriente—lo que México es para EE.UU. Los europeos, no los estadounidenses, deberían cargar con los costos de proteger sus intereses allí. Esto los conduciría a pensar de manera más constructiva sobre cómo lograr estabilidad en la región y a relevar a EE.UU. de cualquier culpa si una solución no puede ser descubierta. El primer ministro italiano Romano Prodi ya ha mostrado un deseo de mediar entre Israel y Líbano. Esta es una buena señal y ojala sea una muestra de lo que está por verse.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.