¿En defensa de Occidente?

Javier Garay señala que Occidente ha alcanzado buena parte de su poder e influencia gracias a su apertura, el respeto por las diferencias, la curiosidad y la humildad para aprender de otras culturas.

Por Javier Garay

Más de cinco mil insultos en por lo menos cinco idiomas a un trino frente a un poco más de quinientos “me gusta”. Eso podría ser un simple ejemplo más de cómo funcionan las redes sociales, pero retrata algo más profundo. 

El otro día me encontré con un trino que incluía un video de varias personas, aparentemente musulmanas, rezando en lo que la publicación identificaba como el metro de Ciudad de México. El mensaje estaba acompañado de una pregunta: “Estás en el metro de CDMX y un musulmon@ inicia a rezar ahí mismo obstruyendo el paso que haces?” (sic).

Decidí compartir el trino con esta respuesta: “Respetarlos. No están afectando a nadie. ¿En qué momento la diversidad se convirtió en un problema?”. Entiendo que, si alguien obstruye el paso, sea legítimo pedirle que se aparte. Pero muchas de las reacciones que recibí no cuestionaban la obstrucción, sino la expresión religiosa misma. 

Nunca imaginé que mi respuesta generaría una reacción tan negativa que, al momento de escribir estas líneas, más de 24 horas después, todavía sigue siendo viral. 

Aunque la mayoría de las respuestas consisten en insultos, los argumentos que las acompañan pueden agruparse en tres categorías: la incompatibilidad, el revanchismo y la pureza.  

Incompatibilidad

En esta categoría agrupo los comentarios de quienes consideran que merezco ser censurado, cancelado o algo peor por mi respuesta, pues ven en el islam una religión incompatible con los valores occidentales o una amenaza para ellos.  

Incluso si esa incompatibilidad fuera cierta, de allí no se desprende que debamos dejar de respetar a las personas que aparecen en el video, y mucho menos que esté justificado recurrir a la violencia contra ellas, como algunos llegaron a sugerir. 

Pero esa supuesta incompatibilidad tampoco resiste fácilmente un examen histórico. En su maravilloso libro Peak Human, Johan Norberg muestra cómo las sociedades musulmanas vivieron períodos de extraordinaria apertura, intercambio cultural e innovación. Esa experiencia cuestiona la idea de que el islam sea, por naturaleza, incompatible con los valores que hoy asociamos con Occidente. 

Es cierto que el islam ha sido instrumentalizado para justificar posiciones radicales e incluso actos de violencia. Pero de allí no se desprende que esa sea la naturaleza de esta religión. 

Una variante de este argumento sostiene que quienes aparecen en el video no están simplemente orando, sino desafiando deliberadamente a la sociedad en la que se encuentran. Puede ser. Pero no hay razones para dar por sentada esa intención.  

Revanchismo

Un segundo grupo de respuestas cuestiona que yo proponga respetar a esas personas, con el argumento de que ellas no harían lo mismo si alguien de otra religión decidiera orar públicamente en sus países. 

De nuevo, puede que así sea. En algunos países donde predominan interpretaciones extremistas del islam, un cristiano que decidiera orar públicamente podría enfrentar reacciones violentas. Pero eso no justifica negar el respeto a otras expresiones religiosas en Occidente. La libertad religiosa no puede depender de la reciprocidad. 

Además, esa generalización parece más una caricatura que un reflejo de la realidad. Tanto en el pasado como en el presente, existen sociedades de mayoría musulmana en las que conviven comunidades de distintas religiones, incluido el cristianismo, aunque con diferentes grados de libertad religiosa. 

Pureza

Existe una falacia lógica conocida como “ningún verdadero escocés”. Consiste en negar que alguien pertenezca realmente a un grupo porque sus opiniones o comportamientos no coinciden con lo que supuestamente debería pensar o hacer un miembro “auténtico” de ese grupo. 

Esta falacia aparece en varias de las respuestas que recibí. Por defender la libertad religiosa, algunos parecen considerar que no puedo ser un verdadero defensor de Occidente. Me han llamado “infiltrado”, “enemigo”, “condescendiente con la criminalidad” y cosas peores.

Esta actitud desconoce la diversidad de ideas que puede existir en cualquier sociedad. Soy un profundo admirador de Occidente, de sus logros, su cultura y su sociedad. Sin embargo, puedo llegar a conclusiones diferentes de las de otros que también lo defienden, incluso partiendo de los mismos hechos y de la misma información. Tal vez no haya nada más occidental que esa libertad de discrepar. Pero quienes me han dirigido miles de insultos —y los que faltan— parecen no entenderlo. 

Amenaza

Y esto último es lo verdaderamente preocupante. Occidente enfrenta múltiples crisis económicas, políticas y sociales. A ellas se suman los cuestionamientos de quienes, dentro y fuera de sus sociedades, parecen reconocer únicamente sus errores históricos y presentes, sin valorar sus enormes contribuciones a la humanidad. Por supuesto, estas críticas son legítimas y forman parte de las libertades que caracterizan a Occidente. Lo preocupante es que, en medio de esas tensiones, algunos de quienes pretenden defenderlo terminen desconociendo sus propios valores. 

En este contexto tan preocupante, entiendo que quienes valoran esta civilización, sus logros y sus aportes a la humanidad reaccionen frente a lo que perciben como amenazas. Sospecho que esa preocupación, mezclada con frustración e ira, explica parte de los ataques que he recibido. 

Pero quienes reaccionan así cometen un grave error. Defender los valores occidentales es vivirlos. Occidente ha alcanzado buena parte de su poder e influencia gracias a su apertura, el respeto por las diferencias, la curiosidad y la humildad para aprender de otras culturas. Ni hablar de las enseñanzas cristianas sobre el amor y el respeto al prójimo. 

Creo que es muy importante reconocer todo lo positivo que tiene occidente. Para ello es importante recuperar la importancia del individuo y cuestionar cualquier tipo de colectivismo. Para ello es importante recordar la importancia de la razón, por encima de las pasiones. Para ello es importante resaltar la diversidad y el aprendizaje de la diferencia, en lugar de su negación.   

Occidente tiene muchas fuentes de amenaza. Ojalá sus mayores defensores no se conviertan en el golpe final.