El volcán brasileño

por Lawrence Friedman

Por Lawrence Friedman

A lo largo de las últimas semanas, la economía brasileña se ha visto castigada por los inversores. El diferencial entre el bono carioca y el norteamericano a treinta años, reflejo del riesgo-país, se ha situado en más de mil quinientos puntos básicos, sólo superado por Nigeria y Argentina. El real se ha devaluado de manera sustancial frente al dólar a pesar de la intervención del banco central en el mercado cambiario para sostener su cotización. Este encadenamiento de hechos está influido por la dramática coyuntura argentina pero tiene su consecuencia directa en las perspectivas electorales brasileñas. La hipótesis de una victoria de Luis Ignacio Lula da Silva, líder del izquierdista Partido de los Trabajadores, en los comicios presidenciales de octubre crea pánico. Los inversores internacionales tienen serias dudas de que un triunfo de la izquierda permita a Brasil crecer y cumplir sus compromisos. Ante esta amenaza, los capitales han comenzado a salir del país que puede verse abocado a una grave crisis antes de que el gobierno Cardoso abandone el poder. Un escenario de esta naturaleza sería demoledor para las empresas españolas cuyos intereses en Brasil son mucho mayores que en Argentina.

Lula ha perdido tres elecciones a la Presidencia de Brasil pero ahora tiene serias opciones de ganarlas. Los sondeos de opinión le asignan el 38 por 100 de los votos frente al 19 por 100 del candidato oficial, el moderado y poco carismático José Serra, ministro de sanidad en el gabinete Cardoso. En una perspectiva histórica, esto no sería significativo, porque Lula encabezó siempre las encuestas pero finalmente fue derrotado. Ahora bien existe un hecho diferencial con relación al pasado: Serra pierde apoyos y Lula los gana. Ha seguido el consejo de sus asesores de imagen y ha pulido las aristas más radicales de su discurso lo que ha debilitado el rechazo que producía en extensas capas de la población brasileña. Al mismo tiempo, la coalición que sostenía a Cardoso, el Partido Socialdemócrata Brasileño, el Frente del Partido Liberal y el PMDB se ha disuelto si bien ésta última formación política parece dispuesta a volver al redil para frenar a Lula. Pero la realidad es que la división del centro-derecha puede dar el gobierno a la izquierda.

¿Quién es Lula? Un antiguo sindicalista con una ideología que constituye una mezcla explosiva del marxismo al estilo de Allende y del populismo a la manera de Chávez. En él se combinan con inusitada perfección todos los tópicos de la izquierda latinoamericana de los últimos cien años o del manual del perfecto idiota latinoamericano en terminología de mis amigos Vargas Llosa, Montaner o Apuleyo Mendoza: el mito del buen salvaje-revolucionario, el rechazo de los EE.UU. como símbolo del capitalismo liberal, la búsqueda del desarrollo a través del proteccionismo y las clásicas medidas keynesianas de expansión de la demanda...en fin, todas las recetas de la vulgata izquierdista que llevaron a Ibero América al caos político, social y económico. Tampoco conviene olvidar que Lula es uno de los principales animadores del llamado Foro de Sao Paulo, una internacional informal de agrupaciones izquierdistas iberoamericanas que abarca desde el socialismo democrático hasta los narco-guerrilleros colombianos.

Aunque es cierto que el máximo dirigente del PT ha moderado su verbo, sigue aferrado a sus viejos principios. Quiere repudiar la deuda externa, regular más la economía, paralizar las privatizaciones, elevar el gasto público y desplegar una estrategia de defensa de la industria nacional. Este no es un programa oculto. Es la oferta de Lula a los ciudadanos aunque en sus declaraciones y apariciones públicas no explicite con claridad sus propuestas y elija fórmulas de mucho mayor atractivo popular como la lucha contra la corrupción, el combate contra las desigualdades creadas por el “neoliberalismo” o la ecológica defensa de la Amazonia, lo que le permite evadir los aspectos más duros y comprometidos de su plataforma. Pero como ha señalado Mailson Nobrega, un antiguo ministro de finanzas, “es un lobo con piel de cordero”.

Obviamente esta situación no ha pasado desapercibida para los inversores internacionales pese a los esfuerzos de Walter Mantega, el principal asesor económico de Lula. Con una economía estancada, un déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente del 5 por 100 del PIB y una deuda exterior equivalente al 54,4 por 100 del PIB, los planteamientos de Lula no generan confianza alguna en el futuro del Brasil y tienen todos los ingredientes para desencadenar una crisis si sus expectativas de victoria electoral se consolidan a lo largo de las próximas semanas y/o meses. La posición económico-financiera de Brasil es frágil y exige un tratamiento de primera calidad técnica con un fuerte soporte político. En consecuencia, las dudas sobre cual será la línea de actuación económica del nuevo gobierno amplifican el riesgo y pueden hacer insostenibles coyunturas que en si mismas no lo serían.

Argentina no suspendió pagos por sus graves desequilibrios, que no lo eran tanto, sino por la desconfianza de los agentes económicos internos y externos en la capacidad del gobierno de aplicar una estrategia sensata. Quizá, el antiguo sindicalista sea un nuevo Menem, que ganó la presidencia argentina con un discurso populista y luego hizo todo lo contrario, pero quizá sea un Allende o un Chávez. Ante esa diabólica alternativa los mercados tienen muchos incentivos para votar con los pies porque más vale prevenir que curar. Brasil necesita profundizar en la liberalización de su economía y mantener el rigor macroeconómico. De lo contrario seguirá el camino argentino. Los inversores son miedosos y, como diría Juan José Toribio, “cuando la manada se asusta se produce la estampida”. Lo peor de todo es que un desplome del Brasil antes de la elección será soportado por Cardoso en vez de por Lula aunque el temor a éste sea el desencadenante de la crisis.

¿Está la victoria de Lula cantada? La respuesta es negativa. La coalición gobernante tiene todavía importantes bazas a jugar. Va a disponer, gracias a la ley electoral, de una abrumadora mayoría en los medios de comunicación, en especial en la televisión. Además, el PSD es todavía la primera maquinaria partidista en los estados más populosos del Brasil. Al mismo tiempo, la debacle argentina tal vez constituya un antídoto frente a lo desconocido para las clases medias y los numerosos trabajadores del sector público “brasileiro” que desean algún cambio, pero que sienten aversión al riesgo y no están dispuestos a arrojar por la borda casi ocho años de control de la inflación y relativa estabilidad macroeconómica. Por último, el gobierno Cardoso ha elevado el gasto público y ha emitido más de cuatro millones de “tarjetas ciudadanas” que permiten acceder a numerosos pobres a los programas de bienestar social. En estos momentos, la aprobación a Cardoso se coloca en los niveles más altos desde abril de 2001 y el actual presidente utilizará esas cartas para ayudar a su candidato y garantizar la continuidad de su obra.

En este contexto, España y las empresas españolas se juegan mucho. Brasil es hoy el portaviones de la inversión exterior de este país en el continente americano. Allí están con una presencia en muchas ocasiones dominante Telefónica, Endesa, Iberdrola, BBVA, Aguas de Barcelona, SCH o Repsol. Si el estado carioca se suma a la ola populista que parece inundar Ibero América, su impacto sobre las compañías y, en consecuencia, sobre las bolsas de la Piel de Toro será demoledor. Pero esta es otra historia de la que hablaremos otro día. Entre tanto, el volcán brasileño bulle y amenaza entrar en erupción.