El verdadero reto es la estabilidad monetaria

por Judy Shelton

Judy Shelton es Directora de Empower America y miembro del Consejo Editorial del Cato Journal.

El presidente Bush ha manifestado claramente su intención de promover el libre comercio en las Américas, reiterando su convicción respecto a la íntima conexión existente entre la libertad individual y los mercados libres.

Por Judy Shelton

El presidente Bush ha manifestado claramente su intención de promover el libre comercio en las Américas, reiterando su convicción respecto a la íntima conexión existente entre la libertad individual y los mercados libres.

Pero ha habido un elemento faltante en las conversaciones que tienen como objetivo lograr que el libre comercio cubra todo el continente americano, favoreciendo a 800 millones de habitantes y abarcando una fuerza económica de 11.000.000.000.000 de dólares (11 billones en español, 11 trillones en inglés). Mucho se habla de ampliar las oportunidades y compartir la prosperidad, pero no se menciona el factor clave para lograr una integración exitosa: estabilidad monetaria.

Sin una visión estratégica que reconozca la importancia de relaciones monetarias estables como corolario de un verdadero comercio libre, se pone en peligro lograr el objetivo de mercados abiertos a lo ancho y largo de nuestro hemisferio, debido al solapado proteccionismo de la depreciación monetaria.

En este momento, Argentina y Brasil maniobran ante un difícil conflicto monetario que es el resultado de la aplicación de distintos regímenes de tasas de cambio por parte de esos dos socios comerciales. Argentina decidió fijar el peso al mismo valor del dólar en 1991, por vía de una caja de conversión. Brasil, por el contrario, optó por indexar el real a objetivos inflacionarios hasta que sucumbió ante la especulación cambiaria de comienzos de 1999, dejando flotar su moneda.

Argentina desde entonces confronta una desventaja en el intercambio comercial con Brasil, lo cual ha conducido a dificultades políticas y laborales. Cuando nuestro vecino abarata su moneda, haciendo que sus productos parezcan más competitivos, es difícil consolarse con la integridad monetaria interna.

Y nadie puede olvidar el trauma sufrido por México ante la dramática caída del peso en diciembre de 1994. Quienes se oponían al Tratado de Libre Comercio (TLC), a los dos lados de la frontera, lo culparon de esa crisis. Los sindicatos estadounidenses afirmaban que la devaluación mexicana los exponía a la competencia de una mano de obra aún más barata. Y las devastadoras consecuencias de la devaluación -altísima inflación y altísimos intereses- fomentaron el ataque populista contra la globalización. También inflamó los espíritus nacionalistas y antiyanqui, lo cual fue seguidamente explotado por los proteccionistas.

En ambos casos, los estupendos objetivos del libre comercio son debilitados por confabulaciones monetarias y la depreciación competitiva. Y aun siendo verdad que el TLC ayudó a México a salir de la crisis, el sacrificio pagado por los mexicanos fue inmenso.

Cuando el objetivo es lograr un mercado común donde compradores y vendedores logren hacer sus transacciones voluntariamente, a precios que no estén distorsionados por aranceles ni demás barreras al intercambio, es imperativo que la moneda transmita el valor de los bienes y servicios a todos los participantes. De otra manera, el beneficio de las ventajas comparativas -razón principal para el comercio internacional- se pierde por las señales falsas sobre quién en realidad está ofreciendo la mejor calidad al mejor precio.

Un país puede aparentar gozar de ventajas comparativas por razones laborales o por sus exportaciones, pero en realidad su depreciada moneda reduce el valor de su gente y de sus productos en el mercado internacional y convierte la competencia en algo ilegítimo. Por esto la importancia de lograr tanto la estabilidad monetaria como la apertura de los mercados, evitando generar desilusión en los logros del capitalismo democrático por el colapso de tasas de cambio, crisis financiera y desenfrenada inflación. Tales sucesos siempre le hacen mucho más daño a los más pobres, como nos muestra la experiencia mexicana.

Pero aún más nocivo que su impacto en el comercio es la consecuencia del caos monetario en los flujos de capital. No importa cuán atractivo sea, los inversionistas siempre le temerán al riesgo cambiario y al menos exigirán una prima, como compensación del riesgo asumido, aumentando los costos.

El capital es vital para el crecimiento económico. Sin capital no se pueden fundar nuevas empresas, crear puestos de trabajo ni ofrecer nuevos productos, negándole oportunidades a gente creativa, lo cual fomenta la emigración. Por lo tanto, la clave para lograr una auténtica integración económica es la estabilidad monetaria, no sólo para defender el libre comercio de ataques proteccionistas sino también para salvaguardar su más preciado objetivo de abrir nuevos horizontes y oportunidades a la gente.

¿Propongo la dolarización o las cajas de conversión? Los detalles sobre cómo alcanzar monedas estables son menos importantes, aunque políticamente difíciles. Sólo instrumentando un régimen monetario estable podemos decir que la democracia y el libre mercado son dos caras de la misma moneda.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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