El problema de la confianza
por Steve H. Hanke
Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.
Un economista es alguien que "observa un hecho y se pregunta si funcionará como una teoría", según solía decir Ronald Reagan. El viejo refrán tiene mucho de cierto. De hecho, la búsqueda obsesiva de los economistas por encontrar confirmaciones teóricas los ha llevado a vivir en un verdadero "cul-de-sac", separados de la realidad.
Por Steve H. Hanke
Un economista es alguien que "observa un hecho y se pregunta si funcionará como una teoría", según solía decir Ronald Reagan. El viejo refrán tiene mucho de cierto. De hecho, la búsqueda obsesiva de los economistas por encontrar confirmaciones teóricas los ha llevado a vivir en un verdadero "cul-de-sac", separados de la realidad.
El gran ausente del discurso económico de hoy es el concepto de la confianza en el gobierno y la economía de una nación, tanto de consumidores como de inversionistas. Esto no fue siempre así. Como dijo el Don de Cambridge, John Maynard Keynes: "el estado de confianza, como ha sido denominado por algunos eruditos, es una materia a la que los hombres prácticos le ponen la más cercana y ansiosa atención". Otro economista de Cambridge, de la misma época, Frederick Lavington, identificó la confianza como un componente clave del ciclo económico. En su ensayo, El Ciclo Comercial, escrito en 1922, describe "la tendencia que hace que la confianza lleve a errores de optimismo o pesimismo", lo que gatillaría períodos de crecimiento acelerado y períodos de quiebre y contracción.
Para ver un ejemplo de cómo una teoría económica equivocada ha erosionado la confianza, miremos a Argentina. Los consumidores, inversionistas y hombres de negocios, están pesimistas, hartos de las políticas del gobierno. La inversión directa internacional cayó un 66% durante el año pasado. La economía se encuentra plana, creciendo apenas un 0.9% durante el primer cuarto de este año, comparado con igual período de 1999. Incluso hay graves advertencias de un posible no pago de la deuda externa.
El problema comenzó en diciembre de 1999, cuando Fernando de la Rúa llegó a la presidencia Argentina. El nuevo plan administrativo de su equipo de colaboradores, nacido del FMI, supuestamente lograría bajar las tasas de interés y produciría un boom económico. ¿Cómo? Subiendo los impuestos, con la idea de reducir así el déficit fiscal. Pero añadido a otros problemas internos de la economía argentina, el plan, que presentaba flaquezas desde su nacimiento, ha producido un verdadero desastre. El timing fue horroroso: las tasas de interés mundial estaban en alza. Por lo tanto, las de argentina subieron a la par con las demás.
¿Cómo se puede reestablecer la confianza? Un big bang es la única salida. Esto es lo que acabo de decir durante mi presentación en la reunión anual del Instituto de Ejecutivos Financieros de agosto recién pasado en Bariloche. Mi consejo: la poco ortodoxa Caja de Conversión Argentina fija el peso en una relación 1 a 1, pero se mantienen las tasas de interés del peso más altas que las del dólar. Se debe eliminar el peso y adoptar el dólar. Esto bajaría las tasas argentinas a niveles similares a los de Estados Unidos, hecho que recuperaría la confianza perdida y sería un importante generador de titulares positivos.
La segunda fase del big bang: reformas desde el lado de la demanda. El código de impuestos debiera simplificarse y el rango de impuestos debe ser reducido. La tasa de desempleo de Argentina ha ido subiendo sostenidamente desde mediados de los años ochenta (hoy es cercana a un 15%), debido a que la tajada fiscal producto de los impuestos es tan alta. También se tiene que desregular el sistema de salud, el sistema laboral y los servicios básicos. Esto daría mayor flexibilidad y competitividad a los precios y a la economía, como en Hong Kong.
Las reformas fiscales constituirían la tercera fase. El gasto fiscal ha aumentado a un promedio de un 10% anual desde 1991. Debe ser cortado en forma radical, y el gobierno debe seguir el ejemplo neozelandés y sacar un balance y un informe de ingresos en forma anual. Esto contribuiría a tener una mayor transparencia y, por lo tanto, socavaría en parte la corrupción.
Mis propuestas fueron recibidas en forma entusiasta por la comunidad financiera argentina, pero no por el argentino medio ni los economistas de Wall Street. Esto no me molesta. Me recuerda la carrera que corrió Margaret Thatcher en 1981 para lograr confianza y crecimiento. Para volver a encender la apagada economía de su país, la Thatcher dirigió un fiero ataque al déficit británico, junto con una política monetaria expansiva. Su iniciativa fue condenada de inmediato por 364 distinguidos economistas. En una carta al Times de Londres, escribieron: "las políticas actuales acentuarán la depresión, erosionarán la base industrial de nuestra economía y amenazarán la estabilidad social y política." La Thatcher fue rápidamente reivindicada. Casi al tiempo en que los 364 estampaban sus firmas en la carta, la economía entraba en pleno boom. La gente tenía confianza en Gran Bretaña otra vez.
Un big bang tendría efectos similares en Argentina. El capital extranjero podría empezar rápidamente a entrar al país. Y con un régimen dolarizado, causaría que la medida amplia de dinero (M3) se dispare desde su anémico estado actual de crecimiento de cerca de un 6% a entre un 20% y un 30%. Así, el crecimiento económico rápidamente alcanzaría, o superaría, el 7% logrado en el período de 1996-97.
Artículo publicado en la revista Forbes en septiembre del 2000