El problema agrario

Por Manuel F. Ayau Cordón

Los salarios de los campesinos subirán cuando la industria prospere y demande más trabajadores y haya mayor demanda de mano de obra. Sin esas oportunidades, los campesinos seguirán pobres. Esto lo ilustra la historia de los países ricos, donde para retener trabajadores en el campo, los hacendados tuvieron que aumentar sueldos, y para poder hacerlo sin subir los costos de sus productos, invirtieron capital en equipos y aumentar así la productividad. Así sucede siempre: la demanda de trabajo en unas actividades como maquilas sube los salarios en las demás actividades.

Llamar ociosas a las reservas de tierras no es lógico. ¿Acaso podríamos hablar de reservas ociosas de cualquier recurso para cuyo fruto aún no hay suficiente demanda rentable? Simplemente su explotación no sería rentable. Los recursos naturales (tierra, minas, petróleo, gas, etc.) se extraen o explotan según los requerimientos de consumo de la sociedad. Cuánto de cada recurso se extraerá lo determina su precio, comparado con el costo de su explotación o de extracción pues, por ejemplo, si con la tierra utilizada se satisface lo que la gente puede y está dispuesta a comprar (la demanda), el resto de la tierra quedará en reserva para cuando aumente la demanda. Aumentar la explotación de cualquier recurso obliga a competir por recursos complementarios que tendrán que desviarse de la producción de otras cosas quizá de mayor prioridad. La relativa rentabilidad indicará dónde quiere la sociedad que se usen.

El recurso más abundante suele ser el recurso humano, los trabajadores. Y el recurso más escaso es el capital, cuya función económica es la de aumentar la demanda y aumentar la productividad de los trabajadores. Pero la afluencia de capital dependerá exclusivamente de un rendimiento competitivo que compense los riesgos inherentes a cada inversión.

La forma usual de desalentar una actividad es fijándole impuestos. Si se desea que no se produzca algún producto, históricamente se le castiga con un impuesto, y si se desea fomentarla se le exonera. Es por ello que para ahuyentar el capital, los países estúpidos establecen impuestos progresivos al rendimiento del capital (el impuesto sobre la renta). Así logran mantener a sus campesinos en la miseria, todo ello por el prurito ideológico que nos exigen las entidades de ayuda extranjera.

Mientras China, para continuar reduciendo la pobreza a ritmo acelerado, hace alarde ante el mundo que respetará el derecho de propiedad privada, el gobierno de Guatemala considera la violación de ese derecho, anunciando una confiscatoria reforma agraria. Deberíamos aprender de la experiencia de la reforma agraria de El Salvador que, según el informe del Inspector General de AID (#1-519-34-2, del 1/18/84) fue un fracaso total. No hay ningún caso en la historia de una reforma agraria basada en expropiación de propiedad que haya tenido éxito. Sin embargo, “expertos” internacionales, por razones ideológicas, nunca aprenderán. Recomiendo el libro “The Peasant Betrayed” (el campesino traicionado), el cual describe los fracasos que a los expertos nacionales e internacionales suelen presentar como éxitos.

Si el gobierno lleva a cabo más repartos de propiedad privada expropiada, equivaldrá a cortarle otra rodaja al país, como sucedió con parcelas anteriores, hoy mal cultivadas cuando no abandonadas, porque sin los recursos complementarios la tierra no produce para mejorar el nivel de vida del campesino. La pobreza del campesino se reducirá —al tiempo que subirán los ingresos fiscales- cuando se elimine el impuesto sobre la renta.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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