El paseo de J. D. Vance por el bosque del olvido
Dan Greenberg dice que quizás el vicepresidente J.D. Vance pueda olvidar o quiera olvidar que el socialismo implica la expansión de la toma de decisiones económicas centralizadas, los aranceles y la restricción de la libertad expresión.
Por Dan Greenberg
Las novelas fantásticas de Lewis Carroll sobre las aventuras de Alicia tienen muchas virtudes; una de ellas es que a menudo ayudan a explicar la administración de Trump. De hecho, un episodio de A través del espejo de Lewis Carroll —su secuela de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas— ilustra un aspecto importante de la política y la naturaleza humana.
Esto es lo que sucede: mientras Alicia camina por un bosque espeso, de repente se da cuenta de que no puede recordar el nombre correcto de nada. No puede recordar que un árbol se llama árbol; ni siquiera puede recordar su propio nombre. Entonces se encuentra con un cervatillo y lo abraza con cariño, y los dos caminan juntos por el bosque mientras hablan de cómo ya no pueden recordar ningún nombre. Luego salen del bosque a un campo abierto; en ese momento, recuerdan quiénes son. El cervatillo recuerda que es un cervatillo —y que los cervatillos deben temer a los humanos— y huye asustado.
En una conferencia de prensa la semana pasada, nuestro vicepresidente mostró ese mismo olvido. Durante la discusión de J.D. Vance sobre las nuevas restricciones a la elegibilidad para la visa H-1B, se le preguntó qué entendía él por "socialismo". Él respondió:
“Sinceramente, es un término difícil de definir en estos días. Clásicamente, uno pensaría que el socialismo se trata de dar prioridad a los trabajadores. Y, sin embargo, en realidad, la mayoría de los que se autodenominan socialistas y andan por todos los Estados Unidos de América van a protestar a gritos por este anuncio de hoy, que da prioridad a los trabajadores estadounidenses sobre los extranjeros. Así que ya no sé qué significa el término. Creo que, en realidad, lo que realmente significa en el contexto estadounidense es que se quiere reemplazar a los trabajadores estadounidenses por trabajadores extranjeros, y que se quiere que los chicos participen en deportes de chicas. Eso es lo que une a los socialistas que veo compitiendo por todo Estados Unidos hoy en día".
Vance estaba fingiendo desentenderse aquí: por supuesto, el socialismo tiene poco o nada que ver con la inmigración o el género. Pero muchos de nosotros no hemos olvidado qué es el socialismo: quienes quieran saber "qué significa realmente en el contexto estadounidense" podrían consultar "¡Los trabajadores merecen más!", una reciente declaración de la plataforma de los Socialistas Demócratas de Estados Unidos (DSA), o el reciente análisis que mi colega Alex Nowrasteh hizo al respecto.
Hay aspectos superficiales de la plataforma del DSA que a algunos les parecerán atractivos. Gran parte de su atractivo retórico se basa en las consecuencias que promete, como un menor costo de vida. Pero, como señala Nowrasteh, las políticas del DSA en realidad no reducirían esos costos en absoluto. Poner en práctica las recomendaciones del DSA solo ocultaría o reasignaría esos costos —y es casi seguro que los aumentaría sustancialmente.
En términos más generales, muchas de las recomendaciones de la DSA apuntan a la eliminación de instituciones políticas y legales que son fundamentales para una sociedad libre: la capacidad de ofrecer, negociar y llegar a acuerdos sobre los precios; el derecho a presentar peticiones al gobierno; la institución de la propiedad privada; y un gobierno compuesto por ramas que compiten entre sí y poderes separados. La plataforma de la DSA las trata como obstáculos, pero estas instituciones sirven como soluciones políticas a problemas básicos de la vida política.
Por ejemplo, un gobierno que toma malas decisiones puede ser objeto de peticiones por parte de personas que desean que cambie su forma de actuar; la separación de poderes mitiga el problema de la captura del gobierno por parte de facciones, ya que esa separación dificulta que las influencias facciosas en el gobierno se expandan. La eliminación de estas instituciones generaría innumerables problemas, pero parece que la plataforma de la DSA trata a dichas instituciones como problemas en sí mismas.
En última instancia, la idea central del socialismo es la doctrina de que no se puede confiar en que los individuos tomen decisiones importantes sobre sí mismos; bajo el socialismo, esas decisiones deben ser tomadas por una autoridad central y unitaria.
Pero todo eso es muy abstracto: déjame explicarlo.
El juego de manos de la DSA con respecto al costo de vida es más evidente en la sección introductoria de la plataforma, que le pide al lector que "imagine tomarse un día libre del trabajo en un futuro sin capitalismo". En este futuro, "trabajarás tanto como puedas y no más de lo necesario, y controlarás tu propio trabajo y verás que se le da un buen uso. No es solo un trabajo para pagar las cuentas. Hablando de cuentas, en realidad ya no las tienes". Ya no tendrás que pagar la renta ni la hipoteca, "porque una vivienda digna es un derecho humano". Del mismo modo, tampoco tendrás que pagar gastos como la comida de la misma manera; las necesidades básicas como la comida no serán proporcionadas por "empresas con fines de lucro", sino que serán "bienes y servicios comunes". El objetivo es "trabajar por nuestro bien común en lugar de por el lucro privado".
La plataforma de la DSA promete que, bajo ese sistema, no tendrás que preocuparte en absoluto por los gastos: no "tendrás que pensar en pagar la renta o los préstamos a fin de mes, ni en ahorrar para la universidad, ni en cómo pagar los alimentos".
Pero ese lenguaje es eufemístico. Supongo que técnicamente es cierto que, bajo el sistema que propone la DSA, ya no tendrás que trabajar para pagar tus propias cuentas, y tal vez incluso sea cierto (aunque, de nuevo, solo técnicamente) que ya no tendrás que pensar en pagar tus propias cuentas.
Sin embargo, cabe destacar que no hay ninguna promesa de que no tengas que trabajar —y el problema con el sistema que defiende la DSA es que tendrás que trabajar lo suficiente para pagar las cuentas de todos. De lo contrario, ¿cómo se financiarán exactamente los derechos —como la garantía universal de la DSA de una “vivienda cómoda”?
Del mismo modo, convertir las tiendas de abarrotes en servicios públicos no hará que los abarrotes sean gratuitos; seguirá habiendo cuentas por pagar —simplemente se les cobrarán a todos de una manera diferente—. Si no se ha producido suficiente comida, vivienda digna y demás, entonces la producción insuficiente se convierte en un problema de todos —y, por lo tanto, las necesidades de todos dictarán el trabajo que se debe realizar. Dado que la promesa de que cada uno de nosotros trabajará "solo lo necesario" se basa en satisfacer las necesidades de todos, la tierra prometida empieza a parecer mucho menos atractiva, porque parece que las decisiones sobre cuánto tienes que trabajar ya no dependerán de ti. De hecho, las promesas de libertad e igualdad de la DSA entran en cierta tensión con su predicción de que "Cuando trabajemos por nuestro bien común en lugar de por el lucro privado, todos podremos tener una vida segura y digna, y usar nuestro tiempo y talentos como queramos".
Para satisfacer las necesidades de todos, el plan de la DSA requiere que alguien —o alguna entidad— determine cuánto trabajo y cuántos impuestos se nos tendrán que exigir a todos. Algún tipo de gobierno centralizado tendrá que determinar cuánta comida necesita cada persona, a qué tipo de vivienda cómoda tiene derecho cada uno, cuánto trabajo se le exigirá a cada uno, y así sucesivamente. Esa es, presumiblemente, una de las razones por las que la propuesta de la DSA de "redactar una nueva Constitución" es necesaria para su objetivo: a saber, la creación de "una república socialista democrática". Cuando la DSA exige el derrocamiento de "toda la estructura antidemocrática de la sociedad", tal vez no quede del todo claro qué significa eso; pero lo que sí sabemos es la predicción de la DSA de que "la victoria completa requerirá construir una nueva sociedad desde cero".
Cabe destacar que la DSA parece considerar "antidemocráticas" muchas instituciones que respetan las decisiones locales e individuales y permiten a las personas tomar decisiones fuera del ámbito del control centralizado; al parecer, la DSA quiere poner a esas instituciones en la mira. Estas instituciones protegen la toma de decisiones individuales que no se realizan de manera colectiva ni democrática, pero la doctrina de la DSA amenaza con quitarles a los actores privados la mayoría de esas decisiones vitales. Ese es, en última instancia, el resultado de una doctrina que garantiza, por ejemplo, una vivienda cómoda para todos, el "control universal de rentas" y el "derecho a asesoría legal para todos los inquilinos".
La consecuencia probable de garantizar tales derechos legales es que una autoridad centralizada tendría, en última instancia, que tomar todas las decisiones definitivas sobre cuándo, dónde y por qué construir viviendas —así como todas las decisiones administrativas relacionadas con cómo deben repararse, utilizarse y mantenerse las viviendas—. Dichos programas, inevitablemente, reclutan al poder judicial para que actúe como administradores burocráticos; estos adquirirán nuevas obligaciones para garantizar que se cumplan de manera continua los estándares impuestos por la visión de la DSA.
Como señala Nowrasteh, muchas de las propuestas de la DSA se basan en una idea errónea. La idea errónea es que podemos sustituir la capacidad de resolver problemas que ofrece la elección individual por la de una buena gestión —con administradores que puedan tomar decisiones sobre la distribución de recursos de manera muy similar a como lo hace actualmente el sistema de precios. La piñata de beneficios que promete la plataforma de la DSA es impresionante: ¡educación universitaria gratuita! ¡Formación médica gratuita! ¡Una semana laboral de 32 horas con salario completo y prestaciones! ¡Salud universal sin costo alguno! ¡"Remuneración justa" proporcionada por el Estado, que incluso incluye una compensación por el "trabajo de cuidado"! ¡Reparaciones! Pero proporcionar tales beneficios requiere más que romper una piñata.
Como señala Nowrasteh, la dificultad para tomar decisiones económicas acertadas no es un problema que pueda resolver una "buena gestión"; las economías de mando y control se topan directamente con problemas de agente-mandante. Un inversionista empresarial que toma malas decisiones tiene algo en juego: él o ella pagará los costos del capital desperdiciado y, si se toman suficientes malas decisiones, la empresa tendrá que cerrar sus puertas. Un administrador estatal no tiene nada en juego; no existe un castigo real por las decisiones que generan despilfarro. La historia está repleta de planes que intentan resolver el problema de la información que falta —y que convencionalmente transmiten los precios— al suponer que es posible gestionar de manera productiva y eficiente economías complejas principalmente a través de la toma de decisiones centralizada y burocrática: estos intentos tienen una larga historia de fracasos.
De manera similar, la plataforma de la DSA insta a la nación a "deshacerse de los grupos de presión, el dinero oscuro y Citizens United", al tiempo que exige financiamiento público para todas las elecciones. Tales propuestas tienen mucho sentido si es cierto que el Estado ya sabe qué es lo mejor para nosotros y se puede confiar en que actuará en base a ese conocimiento. Si eso es cierto, el gobierno no necesita asesoramiento adicional ni comentarios del público; si eso es cierto, entonces cualquier energía que se consuma al presentar peticiones al gobierno o participar en actividades de promoción electoral es un desperdicio de recursos valiosos.
Pero tales suposiciones son controvertidas: de hecho, la ignorancia es generalizada (incluso en el Estado), el conocimiento no es gratuito y la información que se genera cuando la gente presenta peticiones al Estado es increíblemente valiosa. Las instituciones que permiten presentar peticiones al gobierno y participar en el debate público cumplen una función valiosa: generan todo tipo de presiones que conducen a un mejor gobierno. Una vez más, si los socialistas tuvieran todas las respuestas sobre cómo mejorar la sociedad, seguir discutiendo cómo hacerlo sería una pérdida de tiempo. En el mundo real, nuestro conocimiento sobre cómo hacer del mundo un lugar mejor es bastante imperfecto, por lo que las instituciones que tenemos y que nos permiten descubrir posibles soluciones deben defenderse y preservarse.
Otras partes de la plataforma de la DSA son más directas respecto al objetivo de abolir las instituciones que se interponen en el camino del control estatal centralizado: la DSA aboga por reemplazar al presidente y a la Corte Suprema por un poder ejecutivo y un poder judicial "elegidos por el Congreso y subordinados a él". El Congreso que administraría el resto del gobierno federal sería mucho menos complejo, ya que otra de las propuestas de la DSA es "abolir el Senado". Una vez más: los cambios constitucionales que aboga la DSA ponen de manifiesto su visión de cómo funciona una sociedad socialista. En esa visión, no hay necesidad de aprender nada de las diversas perspectivas que surgen de las conversaciones y acuerdos entre las personas, y no hay necesidad de los arreglos y compromisos que surgen de la cooperación entre múltiples ramas independientes del gobierno.
Por supuesto, tiene sentido que J. D. Vance pueda olvidar —o quiera olvidar— qué es realmente el socialismo y los extraordinarios peligros que la toma de decisiones centralizada representa para una sociedad libre: el presidente fomenta regularmente la expansión de nuevos tipos de toma de decisiones económicas centralizadas —como la adquisición por parte del gobierno de "acciones de oro", y sus intentos de regular el comercio mediante aranceles y de regular la libertad de expresión a través de agencias federales—, incluso mientras critica el socialismo.
Quizás algún día Vance lo recuerde mejor; quizás algún día recuerde por qué el control social centralizado es peligroso y critique adecuadamente sus avances. Solo puedo esperar que el resto de nosotros seamos mejores a la hora de recordar los nombres y la naturaleza de las cosas —y rechacemos las invitaciones que nuestros políticos nos ofrecen regularmente para adentrarnos en el bosque del olvido.
Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 12 de octubre de 2026.