El Papa en el congreso: Un discurso histórico
Lorenzo Bernaldo de Quirós considera que el papa León XIV dio un discurso histórico en el Congreso de Diputados de España, rescatando lo mejor de la historia intelectual española, en plena concordancia con los valores occidentales.
Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
El histórico discurso del Papa León XIV ante el Congreso de los Diputados ha marcado un hito en el panorama político actual. Ante un hemiciclo habituado a la crispación estéril, la polarización identitaria y al utilitarismo legislativo más ramplón, el Pontífice pronunció una alocución de un calado intelectual extraordinario que obligó a los presentes a elevar la mirada por encima de las disputas partidistas de corto alcance. Al rescatar del injusto olvido la gloria de la Escuela de Salamanca y la figura señera de Francisco de Vitoria, León XIV no solo rindió un merecido y profundo homenaje a la aportación fundamental del genio español a la modernidad, sino que trazó un puente explícito y riguroso hacia los principios fundacionales del liberalismo clásico.
Este giro doctrinal resulta refrescante y audaz, marcando una distancia saludable con el sesgo fuertemente colectivista, las agendas intervencionistas y la retórica de constante sospecha hacia el mercado y las instituciones libres que caracterizaron de manera omnipresente a su predecesor, Francisco. Con la llegada de León XIV, la Iglesia católica abraza con determinación una visión antropológica donde la dignidad intrínseca de la persona y el límite estricto al poder hipertrofiado del Estado vuelven a ocupar, con toda la fuerza del derecho natural, el centro de la escena pública.
El corazón del mensaje pontificio latió con fuerza al recordar las aulas de la Ciudad del Tormes de hace quinientos años, un entorno donde se fraguó una auténtica revolución del pensamiento. El Papa ensalzó con maestría y viva emoción a aquellos teólogos dominicos y jesuitas que, ante la inmensidad del descubrimiento de nuevos mundos y los consiguientes desafíos éticos, se atrevieron a desafiar los excesos imperiales y las arbitrariedades de las coronas europeas. León XIV sentenció con nitidez mariana: “En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir la legitimidad de cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente”.
Esta cita no es mera erudición histórica ni un adorno retórico para halagar los oídos del auditorio español. Es, en su esencia más pura, una declaración de principios que socava las bases mismas de la omnipotencia estatal contemporánea y la peligrosa deriva hacia la soberanía legislativa absoluta, que pretende convertir la ley positiva en la única fuente de moralidad. Al evocar el concepto del totus orbis —aquella visionaria comunidad global unida por vínculos morales y jurídicos autónomos—, el Papa situó los derechos inherentes de cada individuo por encima de la voluntad circunstancial de los gobernantes o las asambleas. Recordó con valentía que la legalidad formal no equivale automáticamente a la justicia; una lección imprescindible que entronca directamente con la noción de pensadores como John Locke o Frédéric Bastiat de que los derechos a la vida, la libertad y la propiedad preexisten al Estado. Por tanto, la maquinaria estatal solo tiene la función subsidiaria de protegerlos y garantizarlos, nunca la potestad de otorgarlos como una concesión graciosa ni de suprimirlos a su antojo.
El contraste entre León XIV y el anterior Pontificado es tan evidente como bienvenido para todos aquellos que defienden y promueven los fundamentos de una sociedad abierta. Mientras que el Papa Francisco articuló con frecuencia discursos de un marcado tono populista, nostálgico del igualitarismo estatal y fuertemente antiglobalización —llegando al extremo de tildar el libre mercado como un sistema "que mata" de forma intrínseca, sin ofrecer apenas matices institucionales ni reconocer su capacidad histórica para sacar a miles de millones de seres humanos de la miseria—, León XIV ha optado por una finísima sofisticación teológica arraigada en la tradición tomista del derecho natural. El actual Pontífice elude con inteligencia la condena simplista y maniquea de las estructuras económicas y los sistemas de precios para enfocarse en la primacía absoluta de la conciencia individual como motor del desarrollo moral y material. En su intervención parlamentaria, defendió con firmeza inquebrantable: “La libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas”.
Al poner el acento en la libertad individual, la propiedad legítima y el discernimiento ético personal frente a la asfixiante ingeniería social del Estado, León XIV sintoniza de forma nítida con los pilares del liberalismo clásico. Su predecesor tendía de forma sistemática a ver en el individuo autónomo y emprendedor un riesgo latente de "egoísmo atomizado" o insolidaridad, priorizando a menudo visiones corporativistas, estructuras burocráticas transnacionales o asambleas politizadas de los denominados movimientos sociales. Por el contrario, León XIV rescata la antropología optimista y humanista de la escuela salmantina: el ser humano concebido como un agente fundamentalmente libre, moralmente responsable de sus actos y dotado de una dignidad racional e irreductible que ningún comité estatal puede planificar ni dirigir.
Resulta instructivo, e incluso paradójico, que haya tenido que ser un líder espiritual global quien recuerde en el propio Parlamento español la matriz intelectual de su propia y riquísima tradición de libertad. La Escuela de Salamanca no solo puso las bases del derecho internacional moderno o la doctrina de la guerra justa, sino que sus integrantes más preclaros —como el padre Juan de Mariana o Martín de Azpilcueta— fueron auténticos pioneros en analizar de forma científica el valor subjetivo de los bienes, la teoría cuantitativa del dinero, la legitimidad moral de la propiedad privada y los efectos devastadores y empobrecedores de la inflación artificial y el despotismo fiscal ejercido por los monarcas. Juan de Mariana, en particular, con su célebre defensa del tiranicidio y su denuncia de la alteración de la moneda, resuena hoy con una actualidad pasmosa en las palabras de León XIV.
Al reivindicar sin complejos esta herencia hispana, León XIV ha desarmado por completo aquellas lecturas reduccionistas que pretenden encapsular el catolicismo en un estatismo rancio, en un colectivismo de izquierdas o en una teología de la culpa económica. Su apelación a una "medida que precede y supera" a la acción puramente política representa el límite definitivo y la resistencia ética contra los totalitarismos totalizadores y las mayorías parlamentarias coyunturales que pretenden legislar de manera intrusiva sobre la intimidad, la familia, la educación y la conciencia misma de los ciudadanos.
En definitiva, el Papa ha regalado a las Cortes Generales una lección magistral de alta filosofía política y ecuanimidad intelectual. Un discurso histórico que elogia la mejor versión de la historia intelectual española y que propone una brújula moral perfectamente compatible con los valores occidentales de la libertad individual, el gobierno limitado, el respeto a los contratos y la convivencia pacífica. Se trata de una intervención que aleja a la Iglesia de la nefasta retórica del resentimiento económico y la devuelve a la luminosa, noble y perenne defensa de la persona frente a la voracidad insaciable del poder político.
Este artículo fue publicado originalmente en Libertad Digital (España) el 10 de junio de 2026.