El ocaso de la derecha 'woke'

Lorenzo Bernaldo de Quirós considera que los fallos reales de las élites culturales no se deben combatir con una alternativa identitaria de derecha que contribuye a la polarización, sino más bien con las armas propias de la tradición liberal.

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Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

La reciente derrota electoral del Partido Republicano bajo el liderazgo simbólico y doctrinal de Donald Trump no constituye meramente un revés táctico ni un ajuste coyuntural de mayorías. Representa, en un plano más profundo, el fracaso de una versión particular de la derecha que, al combatir el wokismo de izquierda, terminó por reproducir similares vicios estructurales de signo contrario. Se trata de una derecha identitaria, victimista e intolerante que abandonó los principios liberal-conservadores clásicos para abrazar una política de resentimiento, protección identitaria y rechazo selectivo de las instituciones liberales. El retorno a la cordura exige recuperar el núcleo doctrinal que hizo del Partido Republicano  un baluarte de civilización occidental: gobierno limitado, rule of law, capitalismo de libre empresa, libertad de  comercio y primacía del individuo sobre el colectivo.

El fenómeno que cabe denominar “derecha woke” no es un oxímoron retórico. El wokismo, en su forma original, se caracteriza por la centralidad de la identidad grupal como fuente primaria de legitimidad política, por la narrativa de opresión histórica, por la intolerancia hacia el disenso y por la voluntad de subordinar la verdad factual y la neutralidad institucional a la moralidad de la causa (Ver Muzergues T. La Droite Woke, Editions de LÓbservateur, 2026).

El trumpismo y sus aliados reprodujeron ese esquema con signos invertidos. Sustituyó la opresión de minorías raciales o de género por la de la “mayoría nativa” o del “hombre blanco trabajador”; reemplazó el privilegio sistémico de unos por el de las élites cosmopolitas, globalistas o el  “deep state” y erigió una narrativa de victimismo en la que cualquier crítica institucional se convierte en persecución. La política deja de ser deliberación sobre reglas generales e incentivos y se transforma en teatro de agravios y lealtades tribales.

Este desplazamiento tiene consecuencias filosóficas graves. La tradición política representada por el Partido Republicano descansó sobre la premisa de que el individuo es la unidad moral primaria y que las instituciones justas son aquellas que limitan el poder arbitrario, protegen derechos iguales y permiten la coordinación espontánea a través de mercados y normas impersonales.

El rule of law no es un formalismo jurídico: es la garantía de que las reglas se aplican sin acepción de personas ni de tribus. Cuando la derecha adopta el lenguaje de la identidad herida y demanda excepciones, privilegios o castigos colectivos en nombre de la “nación traicionada”, erosiona precisamente el principio que la distingue de sus adversarios. La tolerancia no consiste en celebrar cualquier diferencia, sino en abstenerse de usar el poder político para imponer una visión particular del bien sobre quienes disienten. La derecha identitaria, al igual que la izquierda woke, sacrifica esa abstención en el altar de la pureza moral de su causa.

El proteccionismo económico que acompaña al trumpismo ilustra el mismo deslizamiento. El libre comercio no es un dogma abstracto ni una concesión a las élites. Es la expresión económica de la libertad individual y de la división del trabajo que eleva el nivel de vida general. Cuando se sustituye por aranceles selectivos, subsidios a sectores “estratégicos” y retórica mercantilista, se abandona la lógica de la ventaja comparativa por la de la redistribución identitaria: proteger a “nuestros” trabajadores frente a “los de fuera”. El resultado previsible es ineficiencia, captura regulatoria y corrupción de incentivos.

La historia económica del siglo XX ofrece suficiente evidencia empírica: las economías más abiertas y regidas por reglas estables han generado más prosperidad que aquellas que subordinaron el intercambio a narrativas de soberanía económica herida. Recuperar el libre comercio no implica ingenuidad geopolítica; implica reconocer que la prosperidad y la paz se construyen mejor sobre interdependencia voluntaria que sobre autarquía emotiva.

Igualmente central es el gobierno limitado. La tentación autoritaria de la derecha populista —usar el poder ejecutivo para castigar enemigos, reescribir instituciones o personalizar la autoridad— contradice el legado constitucional estadounidense y el de las democracias liberales europeas. El constitucionalismo no es un obstáculo al “pueblo”; es el mecanismo que impide que cualquier mayoría, por legítima que se sienta, anule derechos individuales o concentre poder discrecional.

Cuando se celebra la fuerza personal del líder por encima de las instituciones, se acepta implícitamente la lógica del cesarismo que tanto la izquierda revolucionaria como la derecha reaccionaria han practicado a lo largo de la historia. El liberalismo conservador, por el contrario, desconfía del poder incluso cuando lo detentan los propios.

La derrota electoral ofrece, por tanto, una oportunidad de depuración doctrinal. No se trata de negar los fallos reales de las élites culturales, mediáticas y burocráticas, ni de ignorar los costes de una inmigración desordenada o de un progresismo cultural que ha degradado estándares educativos y meritocráticos. Se trata de combatirlos con las armas propias de la tradición liberal: argumentación, evidencia, reformas institucionales y defensa de la neutralidad del Estado. La alternativa identitaria no solo es moralmente inconsistente; es estratégicamente autodestructiva. Genera polarización que refuerza al adversario, aliena a los votantes moderados y centristas, y legítima, por espejo, las prácticas que dice combatir.

El Partido Republicano —y, por extensión, las formaciones de centro-derecha en otras democracias— debe recuperar la brújula. Gobierno limitado significa contener el gasto, reducir la discrecionalidad regulatoria y respetar la separación de poderes. Rule of law implica aplicar las leyes de inmigración y de orden público sin excepciones ideológicas, pero también sin convertir la aplicación en cruzada cultural. Libre comercio significa priorizar la apertura económica como fuente de prosperidad, complementada con redes de seguridad eficientes y no clientelares. Y, sobre todo, significa abandonar el victimismo como categoría política central. Las sociedades abiertas prosperan cuando sus ciudadanos se conciben como agentes responsables, no como miembros de tribus ofendidas.

La historia de las ideas políticas muestra que las tradiciones que sobreviven son aquellas capaces de autocrítica y de fidelidad a sus principios fundacionales. El liberalismo conservador no necesita imitar el fanatismo de sus oponentes para resultar persuasivo. Necesita recordar que la libertad, la igualdad ante la ley y la prosperidad generada por el intercambio voluntario siguen siendo los bienes más preciados que una sociedad puede ofrecer. La derrota del trumpismo identitario no es una tragedia para la derecha; es la condición necesaria para que recupere su dignidad intelectual y su utilidad pública.

Este artículo fue publicado originalmente en Vozpópuli (España) el 6 de noviembre de 2026.