El mono territorial

Alfredo Bullard explica que el populismo nacionalista detrás de la victoria de Donald Trump se debe en parte a que nuestras instituciones han evolucionado más rápido que nuestra biología.

Por Alfredo Bullard

Usted llega a la boletería, motivado por la goleada a Paraguay, para comprar una entrada para el partido Perú-Brasil. Hay varias personas delante de usted. Como corresponde se pone detrás del último de la cola. De pronto viene una persona y se coloca exactamente delante de usted. ¿Cómo reaccionaría?

Evidentemente se molestará. Le increpará al colón que se retire y se vaya para atrás. Usted experimentará una emoción conocida como ira. Si el colón se resiste, usted podría molestarse lo suficiente para empujarlo e incluso irse a las manos.

¿Por qué reacciona así? ¿Sabe que no hay ninguna ley que obligue a hacer cola? Entonces, ¿por qué asume que existe un derecho a que otros no se cuelen si han llegado después?

Hay varias explicaciones posibles. Sin duda hay elementos culturales. Por años hemos aprendido que hay que hacer cola. De hecho, si un policía llega es muy probable que se encargue de aplicar una regla que no está en la ley y retire al colón (siempre que el colón no sea su amigo o lo coimee).

Pero el asunto viene de más atrás. Muchos animales (entre los que se incluye el hombre) son territoriales, esto es, que marcan su “derecho” si es que llegan primero a un lugar. Los lobos o los perros marcan su territorio orinando en un sitio y atacan a cualquiera que pretenda entrar dentro del área marcada. Reaccionan con una ira similar a aquella que se genera cuando alguien su cuela en la fila.

No es casualidad que, en virtualmente todos los sistemas legales del mundo, la propiedad de un bien que no es de nadie es del primero que lo coge. Se llama la regla de la primera posesión. Nació mucho antes de que existiera la ley. En la era de las cavernas la tribu defendía su lugar. Sin esa regla hubiera sido imposible el desarrollo posterior de la agricultura, que exige el respeto por otros del lugar en el que he sembrado algo.

Estas reglas sin duda tienen un componente cultural, pero su origen está posiblemente relacionado a la evolución biológica. En otras palabras, somos territoriales porque genéticamente estamos determinados a serlo. En términos de Darwin, aquellos individuos de nuestra especie que tenían una tendencia a reaccionar con ira contra aquellos que invadían su territorio sobrevivieron más que aquellos que no lo hicieron. Los humanos que defendieron un espacio para sembrar alimentos sobrevivieron más que otros que no tenían esa tendencia.

El lector perspicaz ya habrá notado que existe una relación entre el origen biológico de la territorialidad o el derecho a la primera posesión y el nacimiento de la propiedad.

El problema es que no solo evolucionamos biológicamente. También evolucionamos económica y culturalmente. En los últimos siglos hemos pasado de la tribu de 40 individuos al mundo global de miles de millones. Hoy sabemos, gracias al desarrollo de instituciones y tecnología, que la interrelación con la mayor cantidad de personas genera competencia y bienestar. Pero seguimos a veces capturados por instintos que saltan a escalas que no existían originalmente, creando sesgos que desvirtúan su función biológica original.

Uno de los efectos de ese salto es el nacionalismo populista. Es esa sensación que tienen los habitantes de un lugar de que existe un derecho a excluir de nuestro territorio grande (ya no del predio o de la casa, sino de la región o país en el que vivimos) a los que llegan después. Es una expresión del sesgo territorial, llevado a una escala donde este sesgo no cumple su función original.

Ello explica, en parte, la victoria de Trump en las elecciones de EE.UU. Él ha explotado el sesgo y la ira a él asociado. Ha dado un mensaje cargado de rabia contra quienes entran en “nuestro territorio”, atentando contra “la primera posesión” de “nuestro país”. Allí nace ese deseo de crear muros y de separar a las personas. Muchos ciudadanos estadounidenses han reaccionado como si otros se estuvieran colando en su lugar en la cola.

Pero el salto de la escala tribal y de la propiedad individual al mundo global no funciona. Trump aprovechó tal disfuncionalidad. Finalmente se aprovechó de un instinto primitivo para ganar una elección a punta de ira e indignación.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 12 de noviembre de 2016.