El mito de Keynes

Manuel F. Ayau dice que el mito del Keynesianismo consiste en pensar que es el dinero, más no la producción, lo que crea la demanda.

Por Manuel F. Ayau Cordón

El famoso economista inglés John Maynard Keynes, promotor del notorio Fondo Monetario Internacional y de políticas monetarias inflacionarias, en una ocasión dictó una conferencia en Harvard, cuya presentación estuvo a cargo de John Kenneth Galbraith. En la presentación, Galbraith con orgullo dijo haber sido el primer keynesiano en América. Pero Keynes comentó después que él mismo no era “keynesiano”, sino que sus discípulos solían exagerar sus teorías a extremos que no compartía.

La teoría que comúnmente se conoce como esencia del keynesianismo es que cuando el gobierno aumenta el circulante, a través del gasto estatal deficitario, con dinero nuevo y sin respaldo, aumenta la demanda de todo y así se estimula la economía. Parece muy simple. Muchos la creyeron y así comenzó la universalización de la inflación como medio para progresar. Pero después de tantos desastres inflacionarios se aprendió que aumentar el dinero en circulación, sin aumentar la producción, no solamente incrementa los precios y los costos sino que —más grave aún— se distorsiona la asignación de los recursos. El poder adquisitivo representado por el nuevo dinero beneficia a quienes primero lo reciben, porque estos logran gastarlo antes de que su efecto se refleje en los precios. A quienes el nuevo dinero les llega más tarde, cuando lo gastan se dan cuenta que los precios aumentaron. El poder adquisitivo que logra el gobierno es a costillas de ahorrantes, dependientes de pensiones y provoca la pérdida de poder adquisitivo para todos. Es decir que se trata, más bien, de un cruel y deshonesto impuesto.

La falacia keynesiana fue expuesta —antes de que Keynes naciera— por el economista J. B. Say, de quien los keynesianos siempre se han burlado. Muchos economistas serios se opusieron al keynesianismo, pero casi nadie les hacía caso. Hoy, nuevamente, están saliendo los keynesianos del closet para ofrecer soluciones frente a la supuesta “crisis del capitalismo”.

La llamada Ley de Say tiene sentido común y es una verdad evidente: todos compramos (demandamos) lo que queremos con lo que producimos. El dinero sólo sirve para que el intercambio no sea en base al trueque. Es decir, aportamos los bienes o servicios que producimos a cambio de dinero y con ese dinero compramos. Nuestro poder adquisitivo sigue siendo el valor de mercado de nuestro aporte a lo que otros desean. Siendo ese principio tan obvio y de tan fácil comprensión cuesta entender cómo se extendió el error. Pero las modas académicas a menudo no tienen sustento lógico y quien no las aplaude no escala en su profesión. Al keynesianismo se le bautizó como “economía de la demanda”, bajo la ridícula creencia que es el dinero lo que crea la demanda y no lo que se produce para poder obtener lo que uno necesita. La Ley de Say fue bautizada “economía de la oferta” y los keynesianos resucitados la acusan de haber fracasado, junto con el mercado.

Una cosa debería ser evidente: la única riqueza de la que pueden disfrutar los pueblos es la que producen e intercambian. Cada quien crea demanda al gastar el dinero que recibió a cambio de lo que produjo y, en consecuencia, solamente aumentando la producción se logra aumentar la demanda real. La expansión monetaria keynesiana no aumenta lo producido sino que aumenta los precios y las distorsiones que causa más bien disminuyen la producción.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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