El “lamento” de Von der Leyen
Lorenzo Bernaldo de Quirós sostiene que Europa necesita menos ingeniería social y más libertad económica; menos armonización asfixiante y más competencia real; menos burocracia climática y más realismo energético.
Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
El discurso pronunciado por Ursula von der Leyen no fue, pese a la pompa institucional que suele rodear a la burocracia bruselense, un ejercicio de liderazgo visionario. Fue el acta de rendición de la Comisión Europea ante una realidad que se ha empeñado en ignorar a causa de una aguda ceguera ideológica. Tras años de habitar en el confortable limbo de la superioridad moral, Europa parece haber descubierto que el mundo es un lugar geopolíticamente peligroso y que el trinomio libertad-seguridad-prosperidad no es algo natural, sino un activo que se defiende y se cultiva o se pierde.
La tesis central de Von der Leyen —la UE ha de convertirse en una potencia militar capaz de garantizar su propia seguridad— es irreprochable en su diagnóstico, pero hipócrita en su origen. Sin duda, la historia ha regresado con su rostro más crudo. Sin embargo, la pretensión de construir un músculo militar sobre un cuerpo económico anémico es una quimera. El poder militar no nace del vacío. Es una imposibilidad metafísica pretender una defensa fuerte y una capacidad de disuasión global sin una economía vigorosa que sustente ambas. El problema de Europa no es solo la falta de divisiones blindadas; es la erosión sistemática de los cimientos que financiarlas. Y es aquí donde el mandato de la señora Von der Leyen ha resultado ser un auténtico lastre para el Continente.
Bajo su liderazgo, Bruselas ha abrazado con fervor religioso toda la panoplia de la filosofía woke aplicada a la economía. Las Directivas y el grueso de la legislación surgida de Bruselas reflejan una política económica extractiva y paralizante. No se busca facilitar la actividad productiva, sino imponer cuotas, lenguajes inclusivos obligatorios o criterios de gobernanza ideologizados que asfixian a la industria. La eurocracia cree tener el derecho divino de decidir qué sectores deben vivir y cuáles morir, basándose no en criterios de eficiencia o rentabilidad, sino en su alineación con una ortodoxia que hace imposible la destrucción creativa.
Siempre, pero especialmente, en el contexto de la Cuarta Revolución Industrial, el progreso económico exige abrazar el proceso schumpeteriano de destrucción creativa. Ello requiere que los recursos fluyan desde las actividades obsoletas hacia las emergentes, un proceso que la Comisión ha bloqueado de manera sistemática. Von der Leyen se envuelve hoy en la bandera del realismo estratégico, pero ha sido su Comisión la que ha acelerado el declive relativo de Europa frente a Estados Unidos y Asia. El diferencial de productividad es demoledor. Hace apenas quince años, la economía europea era equiparable a la estadounidense; hoy, gracias a la "planificación bruselense", el PIB de Estados Unidos supera al de la UE en un 80% en precios constantes, un 35% en Paridad de Poder Adquisitivo y la productividad en EE.UU. ha crecido casi el doble de rápido que en la UE.
Esta deriva intervencionista ha desvirtuado por completo la esencia del Mercado Único, un proyecto liberal basado en la libertad de circulación, la competencia y la eliminación de barreras. Bajo el mandato de la actual Comisión, se ha transformado en una maquinaria de "armonización por arriba", esto es, intervencionismo disfrazado de integración. Bruselas ha confundido la unidad con la uniformidad burocrática. El principio de reconocimiento mutuo ha sido sacrificado en el altar de la hiperpaternidad europea.
Los ejemplos son flagrantes. La Ley de Inteligencia Artificial regula una tecnología que apenas ha empezado a desarrollar e impone cargas burocráticas que han ahuyentado a gigantes como Meta o Apple de lanzar sus servicios más avanzados en suelo europeo. Mientras en Silicon Valley se innova, en Bruselas se redactan multas preventivas. Otro caso es la Directiva de Diligencia Debida; convierte a los empresarios en policías morales a sueldo de la Comisión. Esta "pasión por prohibir" ha creado un ecosistema donde los incentivos para invertir e innovar son inexistentes.
En este marco, cobra especial relevancia la agenda verde de la Comisión, una verdadera religión de Estado de carácter punitivo. Esta ha operado como un programa de desmantelamiento controlado de la industria y de la soberanía energética europea. Se ha impuesto una descarbonización acelerada y dogmática que, al encarecer la energía por encima de cualquier competidor global, ha dictado la sentencia de muerte para la industria básica. Ha funcionado como una suerte de "ludismo climático" que expulsa el capital hacia jurisdicciones donde la racionalidad económica aún prima sobre el sentimentalismo ambientalista. Es el suicidio asistido de la competitividad europea.
La filosofía woke en economía se traduce en la priorización de la redistribución sobre la creación. El resultado es una economía que no innova, que no asume riesgos y que, por tanto, es incapaz de sostener el peso de sus propias ambiciones geopolíticas. No se puede pedir "soberanía estratégica" cuando se está dinamitando la base industrial mediante mandatos ideológicos y una burocracia kafkiana que penaliza la inversión.
El reconocimiento de la realidad es necesario, pero insuficiente si no viene acompañado de una enmienda a la totalidad. Europa necesita menos ingeniería social y más libertad económica; menos armonización asfixiante y más competencia real; menos burocracia climática y más realismo energético. El tiempo del "buenismo" regulatorio ha terminado. O Europa abraza de nuevo el capitalismo de libre empresa para recuperar su fuerza económica, o la capacidad de disuasión de la que habla Von der Leyen no será más que un brindis al sol. La realidad es un juez severo y la sentencia para Europa ya está dictada por las leyes de la economía que Bruselas pretendió derogar.
Este artículo fue publicado originalmente en El Mundo (España) el 14 de marzo de 2026.