El fracaso económico latinoamericano

Por Carlos A. Ball

Para cuando sea publicada esta columna conoceremos el resultado del referendo en Venezuela. Ninguna persona con alguna educación y conocimiento del mundo que nos rodea puede desear la permanencia de Hugo Chávez en la presidencia, exceptuando, claro está, a funcionarios y amigos del presidente que están robando descaradamente. Sin embargo, las encuestas no indican una clara mayoría para derrotar el régimen comunista de Hugo Chávez y, para mí, eso es tristemente indicativo de la ignorancia de una parte considerable de la población.

Pero no se trata de Venezuela solamente. La educación impartida en las escuelas de los gobiernos latinoamericanos lleva varias generaciones difundiendo falsedades y aunque no suelan expresarse claramente, incluyen disparates como los siguientes:

  • Las riquezas naturales de nuestros países son mal distribuidas y por eso hay tanta gente pobre.
  • Las empresas multinacionales y la globalización nos empobrecen.
  • Los términos de intercambio son injustos, razón por lo cual los alimentos y materias primas que exportamos son baratos y los productos y servicios que importamos son caros.
  • La protección arancelaria y la multiplicidad de regulaciones vigentes tienen como propósito favorecer al pueblo.
  • La clase política es patriota y busca la felicidad de la gente, mientras que los empresarios e inversionistas son guiados por su egoísmo y ganancias.
  • El burócrata que fija precios y emite o revoca licencias busca el bienestar general.
  • El tipo de cambio y el acceso a dólares es una función legítima del gobernante.
  • Los monopolios y privilegios concedidos a los amigos del palacio presidencial benefician al pueblo.
  • Los servicios públicos y las empresas básicas deben ser de todos, es decir, del Estado.

Nada de eso es verdad y mientras los latinoamericanos sigan siendo engañados por la clase política, que suele tener el respaldo de las agencias multilaterales donde ellos mismos se reciclan, no hay esperanza de retomar el camino del crecimiento económico y evitar que los políticos sigan redistribuyendo miseria.

La realidad es que desde los países supuestamente más ricos, como Argentina y Venezuela, hasta los más pobres, como Bolivia, Paraguay, Cuba y Haití, han sido pésimos gobernantes quienes los han llevado a niveles africanos de miseria. Lo han logrado concentrando el poder político y económico en sus propias manos y culpando siempre a terceros de sus colosales fracasos.

Nuestros políticos han ampliado exageradamente su poder. Antes teníamos a generales convertidos en dictadores que administraban la nación como si se tratara de una hacienda. La democracia puso límites en el tiempo, pero en casi toda América Latina significa elegir a cierta agrupación política para que tome todas las decisiones importantes de la sociedad, durante los próximos cinco o seis años. Es decir que el importantísimo principio de claras limitaciones al poder gubernamental es ignorado desde México hasta la Patagonia.

La fuente de la miseria latinoamericana es el excesivo poder concentrado en las muy pocas manos de nuestros presidentes y sus ministros. Las leyes se promulgan a su medida y la independencia del Poder Judicial es un chiste malo en casi toda la región.

La función del gobierno ha sido prostituida y aumentada exponencialmente, a expensas del ciudadano. Cuando el gobierno se convierte niñera, lo que en realidad hace es meternos a todos en un gran kindergarten, donde los premios y castigos se reparten en función de lo bien que cumplimos los deseos de políticos poderosos. Así nos alejamos más y más de la libre competencia y de que precios libres indiquen hacia dónde deben fluir tanto las inversiones como el trabajo de la gente. El resultado garantizado es más atraso, hambre y corrupción.

La riqueza de las naciones no depende de gobernantes iluminados sino del trabajo y productividad de la gente, de plena libertad individual en la búsqueda de la felicidad, del respeto a los derechos de propiedad, de igualdad bajo un estado de derecho, de reglas confiables y no cambiantes después de cada elección, de instituciones respetables y respetadas, de reconocer que la utópica igualdad de resultados del socialismo condujo a los campos de concentración y millones de muertos.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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