El financiamiento y el gasto electoral en EE.UU.

Por Patrick Basham

Las noticias de que este año se verá la primera campaña presidencial estadounidense que sobrepase los mil millones de dólares podrían producir nuevas regulaciones al financiamiento de campañas diseñadas para curar nuestra adicción al dinero político. Pero tal reacción confunde el síntoma con la enfermedad, y refleja la falta de sabiduría convencional respecto al gasto para campañas electorales.

Más gasto en las campañas electorales no es un asunto moral donde solo hay blancos y negros. El gasto en campañas electorales ha aumentado debido a razones obvias, y el aumento debería ser visto a la luz de siete variables: la inflación ha hecho todo más costoso; ahora hay más elecciones; más riqueza está disponible para la política; más votantes participan; más campañas publicitarias deben ser contratadas; y más regulaciones del financiamiento de campañas políticas deben ser honradas.

Sin embargo, el factor más importante que empuja hacia arriba el financiamiento de las campañas es el de “más gobierno”. Simplemente, el crecimiento del gasto gubernamental provoca el crecimiento del gasto en las campañas políticas. Los impuestos y las regulaciones en la sociedad han aumentado la influencia del gobierno a todos los niveles. La creciente actividad gubernamental conduce a más esfuerzos para tratar de influenciar las decisiones políticas, incluyendo aquellas del gasto en las campañas políticas. Ésta es una relación comprobada por estudios académicos.

Mientras que el gobierno hace y gasta más, los individuos tratan de influenciar al gobierno, tanto para avanzar en sus causas como para protegerse del abuso de éste. Y el gobierno ha crecido enormemente. En el 2000, el gobierno federal cobró impuestos a los norteamericanos por un total de $2.03 millones de millones, lo que representó un aumento real del 250 por ciento desde 1970. El gasto federal alcanzó $1.79 millones de millones en el 2000, un aumento nominal del 915 por ciento sobre los anteriores 30 años.

El gobierno ha asumido adicionalmente el poder de regular todo tipo de conducta privada, especialmente con respecto a la vida económica. El economista Thomas Hopkins estima que el costo de cumplir con estas regulaciones federales excede los $700 mil millones. El deseo de obtener beneficios o evitar costos causados por la regulación también empuja hacia arriba las contribuciones a las campañas.

Estos niveles de impuestos y regulaciones indican que el gobierno tiene un gran poder sobre muchos aspectos de la vida de los estadounidenses—desde la distribución de la riqueza, la naturaleza de la vivienda, la agricultura, la educación y la salud, al comercio, la energía y las telecomunicaciones, hasta la propiedad de armas, el consumo de alcohol, tabaco y drogas. Casi 70,000 agencias gubernamentales están autorizadas para cargar impuestos sobre los norteamericanos.

¿Sorprende a alguien que se gasten algunos miles de millones de dólares en cada ciclo electoral para tratar de convencer a los políticos? ¿Sorprende a alguien que un estudio hecho por Brigham Young University descubriera que los grupos de intereses especiales gastaron colectivamente más de $360 millones para las elecciones más competidas del 2000?

Hay sólida evidencia empírica de que expandir el gobierno resulta en un aumento del gasto en campañas políticas. Por ejemplo, una investigación realizada por el economista John Lott Jr. concluyó que 87 por ciento del aumento en los gastos en campañas para las elecciones federales entre 1976 y 1994 podía ser atribuido al aumento de $1,101 per capita (en términos reales) del gasto federal.

¿Hay una solución para el incremento en el gasto en las campañas políticas? Dentro del presente ambiente político, es imposible reducir el gasto en las campañas. Solo reduciríamos la cantidad de dinero fluyendo dentro de nuestro sistema político al reducir el incentivo para los intereses privados en apoyar directa e indirectamente a los candidatos y partidos.

La única posible solución, entonces, es limitar el tamaño del gobierno. Cualquier otra cosa trata meramente los síntomas sin considerar la enfermedad que afecta al ente político. Menos gasto gubernamental llevará a menores contribuciones para las campañas electorales; a cambio, esto resultará en menores niveles de gasto en las campañas políticas.

Esfuerzos por restringir el gasto en campañas políticas sin primero atacar el problema de raíz serán fútiles. Tristemente, sin embargo, la demostrada falta de compromiso de nuestros legisladores con un gobierno limitado asegura que la tendencia ascendente del gasto en las campañas políticas continuará imparable en el futuro previsible.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.