El desatino de Liberia

Por Ted Galen Carpenter

Durante la campaña del 2000, George W. Bush enfatizó que un interés nacional vital debía estar en juego antes de que Estados Unidos lanzara una intervención militar. Desdichadamente, el presidente norteamericano está a punto de violar su propia regla al mandar tropas estadounidenses a Liberia como parte de una fuerza internacional para el mantenimiento de la paz.

Estados Unidos ni siquiera tiene un interés periférico, mucho menos vital, en Liberia. Es posible encontrar un país que sea menos relevante para la seguridad y bienestar de Estados Unidos que Liberia, pero eso tomaría un gran esfuerzo.

El escritor Irving Kristol tuvo razón hace más de una década durante la anterior guerra civil en Liberia cuando señaló que el único asunto en juego parecía ser una lucha mundana entre el entonces dictador Samuel K. Doe y el futuro dictador Charles Taylor. Hoy, la lucha mundana es entre Taylor y rebeldes que muy probablemente reemplazarán a su odioso régimen con uno igualmente detestable. Estados Unidos no tiene vela en ese entierro.

El Secretario General de la ONU, Kofi Annan, y otros defensores de una misión de paz liderada por Estados Unidos sostienen que la intervención es justificada debido al sufrimiento producido por la guerra civil liberiana. Eso es sin duda alguna trágico para el pueblo de Liberia, pero la existencia de sufrimiento en otro país no es suficiente razón para que Estados Unidos comprometa a su personal militar.

Hay mucho sufrimiento en varios lugares alrededor del mundo. De hecho, la escala de miseria humana es mucho mayor en lugares como Congo, Cuba, Myanmar, Corea del Norte y Sudán de lo que es en Liberia. Desde un punto de vista moral, ¿cómo puede la administración Bush justificar la intervención en Liberia mientras que declina hacer uso de la fuerza en todos esos otros casos? Sin embargo, si Estados Unidos pretende intervenir en todas partes donde ocurren cosas malas, el ejército norteamericano estará perpetuamente ocupado. La intervención humanitaria es, por lo tanto, una política impráctica y en bancarrota.

Incluso algunos defensores de la intervención en Liberia parecen rehuir de las implicaciones lógicas de sus políticas. Usualmente, sus argumentos reconocen que Estados Unidos no puede intervenir en todas partes, o que los norteamericanos no pueden ser los policías del mundo. Pero luego sugieren alegremente que Liberia debería ser una excepción.

El problema con tal enfoque es que la lista de excepciones potenciales es tan numerosa como los defensores de la doctrina de la intervención humanitaria. A comienzos de los noventa, los proponentes hicieron de Somalia una excepción. Unos cuantos años después fue Haití, luego Bosnia, y después Kosovo. Ahora, los defensores de la intervención en Liberia compiten con aquellos que creen que Estados Unidos debería tomar acciones para acabar con el sufrimiento en Congo o Myanmar.

Dadas todas las "excepciones" potenciales a la regla de que Estados Unidos no debería intentar ser el policía del mundo, los norteamericanos terminarían desempeñando dicho papel por negligencia. De hecho, si la administración Bush sigue el consejo de los proponentes de la intervención humanitaria, Estados Unidos no sólo será el policía del mundo, sino que será el trabajador social armado del mundo.

Algunos defensores de la intervención en Liberia sostienen que el país es un caso especial debido a que fue fundado por esclavos estadounidenses liberados en el siglo XIX. De todas las justificaciones para el uso de la fuerza militar, ésta es la más absurda. Las circunstancias de la fundación de un país hace más de 150 años no tiene relevancia alguna sobre la interrogante de si Estados Unidos debe tomar acciones en el siglo XXI. Cuando los intervensionistas recurren a esa clase de argumentos, es porque no tienen muchos.

Es estratégicamente erróneo arriesgar personal militar cuando no hay en juego intereses de seguridad vitales. Peor aún, es inmoral arriesgar vidas humanas en tales aventuras. Ser una superpotencia significa que Estados Unidos se puede dar el lujo de decir "no" o "sí" a las sugerencias de verse envuelto en intervenciones militares. Liberia es un caso donde los líderes estadounidenses debieron haber dicho "no" hace mucho y con mayor frecuencia.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.