El desafío de la productividad

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

Se refiere a la cantidad de bienes y servicios que un empleado puede producir por hora de trabajo. Su evolución define el aumento del nivel de vida de un país a medio y largo plazo. Cuando la productividad se estanca o desciende, la renta per cápita termina por moverse en esa dirección. España estaría en una situación de ese tipo y, en consecuencia, el Ejecutivo tiene que hacer lo posible para salir de ella. Desde este enfoque, la inversión pública en educación, en I+D+i (Investigación, Desarrollo e Innovación), en infraestructuras, etc. contribuiría de manera sustancial a extender la frontera de producción y a converger a ritmo más rápido con los Estados más prósperos.

Las críticas lanzadas contra el escaso incremento de la productividad en el presente ciclo expansivo son atractivas pero no resultan muy consistentes. Por un lado, la productividad aparente del factor trabajo es lógico que presente un comportamiento poco brillante cuando el empleo crece con tanto vigor y el paro desciende con tanta intensidad como sucedió en España entre 1996 y 2004. En el período 1991-1995, la productividad creció un 1,9% pero la ocupación decreció en un 0,4% en ese tiempo. Por otro, el mediocre comportamiento de la productividad se verá sustancialmente corregido por la probable revisión al alza de las cifras de crecimiento del PIB entre 1996 y 2003. Al mismo tiempo, una serie temporal corta, de dos legislaturas, no permite valorar en su verdadera dimensión la evolución tendencial de esa variable. Con una tasa de paro como la existente en 1996, la creación de puestos de trabajo y la reducción del desempleo eran los objetivos prioritarios para crecer y acercar los niveles de renta españoles a los del núcleo central de la UEM (Unión Económica y Monetaria).

Es interesante realizar algunas consideraciones sobre el espinoso tema de la productividad. La moderna teoría económica muestra que las disparidades en los recursos naturales o en los stocks de capital físico o humano por trabajador no son los determinantes fundamentales de la desigual productividad entre las naciones. Esta hipótesis se ha visto respaldada por la evidencia empírica y arroja un resultado contra intuitivo y poco grato para la política gubernamental en curso: la inversión estatal en educación y/o en programas destinados a elevar el stock de capital físico de una economía no generan por sí mismos un impacto alcista sobre su capacidad de producción (Calderón C., Productivity in The OECD Countries: A Critical Appraissal of the Evidence, IMF, 2001). El elemento crucial para alcanzar esa meta es incrementar la Productividad Total de los Factores, el famoso residual de Solow, el progreso tecnológico. ¿Cómo hacerlo?

La respuesta gubernamental es gastar más en I+D+i y ofrecer incentivos para que el sector privado haga lo mismo. Pues bien, esas dos medidas no surten efecto, como demuestra la experiencia de la OCDE. ¿Por qué la economía norteamericana ha incorporado de manera masiva nuevas tecnologías y ha usado con mayor eficiencia las ya existentes que Alemania, Francia o Japón? Porque su sistema institucional favorece esa opción y la hace imprescindible para que las compañías puedan sobrevivir. En Europa, las restricciones a la concurrencia creadas por la regulación estatal no hacen necesario o vuelven muy costoso para las empresas innovar y explotar las ventajas proporcionadas por los avances de la tecnología. La presencia de mercados abiertos y competitivos, de un marco que garantice los derechos de propiedad, de una fiscalidad moderada, etc. son las piezas esenciales para forzar a las compañías a adoptar innovaciones (Ver Prescott E., Need: A Theory of Total Factor Productivity, Federal Reserve Bank of Minneapolis, 1997).

La mejor estrategia para estimular la productividad es la eliminación de las regulaciones que frenan la competencia. En este sentido, las restricciones impuestas a la distribución comercial constituyen un lastre para aumentar la productividad de ese sector. Las rigideces del mercado laboral dificultan de un modo extraordinario la introducción de los cambios en las funciones de producción demandados por la adopción de nuevas tecnologías. Los ejemplos podrían multiplicarse. Los intentos gubernamentales de hacer más productiva la economía nacional a golpe de gasto público y ventajas fiscales son de una ingenuidad pasmosa y están condenados al fracaso.