El derrame en el golfo, la crisis financiera y el fracaso del Estado

Gerald O'Driscoll asevera que "El derrame petrolero en el Golfo de México y la crisis financiera global demuestran los fracasos de un Estado demasiado grande".

Por Gerald P. O'Driscoll Jr.

El derrame petrolero en el Golfo de México y la crisis financiera global demuestran los fracasos de un Estado demasiado grande. La política partidista oscurece esta relación, con la consecuencia de que cada partido político repite los errores del otro apenas le toca su turno de gobernar.

Analicemos primero el derrame de petróleo. No hay duda de que British Petroleum (BP) y sus contratistas son los responsables del accidente. También pueden ser responsables de haber tenido una reacción al derrame que deja mucho que desear. La naturaleza y el alcance de la culpabilidad legal todavía no han sido determinados. ¿Cuál es el papel del Estado? La perforación costa afuera es una actividad peligrosa con potenciales consecuencias no deseables que ahora se han materializado. Por esta razón, como nos hemos enterado, es altamente regulada. La agencia directamente responsable de la actividad es el Servicio de Administración de Minerales (MMS, por su sigla en inglés) del Departamento del Interior.

Se supone que la regulación estatal debe proteger al interés público del mal comportamiento o la irresponsabilidad por parte de actores privados. En el caso de la perforación costa afuera, el gobierno federal ha asumido el papel de resolver un problema de acción colectiva. Potencialmente todos los estadounidenses se benefician de la perforación, pero aquellos que viven en las áreas costeras sufren daños desproporcionados cuando hay accidentes. El Estado, en teoría, negocia a nombre de ellos y establece reglas para protegerlos.

Obviamente, la regulación fracasó. De acuerdo a lo que sabemos, MMS operó como una certificadora de BP. Es un verdadero ejemplo de captura regulatoria: las agencias encargadas con la tarea de proteger el interés público llegan a identificarse con la industria regulada y protegen los intereses de ésta en contra de los del público. El resultado: el Estado no logra proteger al público. Esta conclusión es precisamente la misma para la industria de servicios financieros.

Los servicios financieros desde hace mucho tiempo han estado sujetos a una regulación detallada por parte de múltiples agencias. En su libro acerca de la crisis financiera, Jimmy Stewart is Dead, el profesor de la Universidad de Boston Laurence Kotlikoff enumera más de 115 agencias reguladoras de los servicios financieros. Si entre más manos mejor la masa, los servicios financieros estarían en buena forma. Es difícil creer que ése sea el caso.

Los partidarios de una mayor regulación prometen que el comportamiento riesgoso por parte de los bancos puede ser controlado y limitado por los reguladores. Hay dos importantes razones por las cuales dichos esfuerzos fracasarán: captura regulatoria.

La segunda fuente del fracaso regulatorio es el problema cognoscitivo identificado por el Premio Nóbel Friedrich Hayek. El conocimiento requerido por los reguladores se encuentra disperso a lo largo de la industria y en toda la economía. Para que la regulación funcione, ese conocimiento debe estar centralizado en la agencia reguladora. Para lograr esto de una manera exitosa se requiere de la planificación central de la industria, si no de la economía entera. Pero el conocimiento local de las circunstancias específicas de tiempo y lugar no puede concentrarse en una mente o agencia. Sabemos que esto es imposible y aquella imposibilidad fue la razón por la cual colapsó el Imperio Soviético y por la que se ha dado la transformación de la economía china.

La regulación equivale a islas de planificación centralizada en lo que de otra manera serían economías de mercado descentralizadas. Si agregamos a esto el problema de la captura regulatoria, entonces tenemos industrias consentidas y protegidas por el Estado. Cuando los negocios y la política se relacionan de esta manera pasamos de una economía de mercado a un capitalismo de compadres.

¿Cuál es la lección que ha sido ignorada en todo esto? Cuando el presidente George W. Bush tuvo el peor momento de su presidencia con el huracán Katrina, se le achacó la responsabilidad por la torpe respuesta que tuvo el gobierno federal a él, al partido Republicano y a los conservadores. Ahora es el turno del presidente Obama. La respuesta indecisa de su administración al desastre del golfo se le atribuye a sus fracasos personales, a la ineptitud de su equipo, a un fallo en las comunicaciones, etc. Y, por supuesto, las dos administraciones han compartido la responsabilidad en el mal manejo de la crisis financiera.

Una administración de conservadores estatistas fracasó en momentos de crisis al igual que lo ha hecho una administración de estatistas de izquierda. El estado regulatorio no evitó el exceso en la toma de riesgos ya sea en el área de los servicios financieros, ni tampoco, tal vez, en la perforación costa afuera.  La respuesta gubernamental a las crisis una vez que estas suceden es lenta e inepta. Y no es porque los republicanos o los demócratas estén en el poder, sino porque un Estado demasiado grande no funciona. No puede cumplir con sus promesas. El Estado grande promete demasiado y cumple menos de lo que se espera. Al intentar hacer más, el Estado logra menos. Esto no es una aseveración ideológica, sino una observación empírica.

En el caso de los servicios financieros, prácticamente todas las reformas regulatorias propuestas ofrecen más de lo mismo. Las regulaciones adicionales se agregarán a las existentes sin lidiar con el hecho de que las regulaciones actuales fracasaron en evitar la crisis. El mismo proceso probablemente sucederá con respecto a la perforación costa afuera.

Se sabe que Einstein definió la locura como la creencia de que, si hacemos la misma cosa una y otra vez, eventualmente obtendremos un resultado distinto. La respuesta a esta crisis financiera, así como a otras, es una política pública disparatada.

El profesor de leyes de la Universidad de Chicago, Richard Epstein, ha indicado que necesitamos reglas simples para un mundo complejo. La complejidad de las reglas es contraproducente, porque la complejidad requiere de más conocimiento que aquel que puede ser adquirido. Brasil tiene reglas simples para los gerentes de los bancos que quiebran: son responsabilizados personalmente. Esto hace que la mente de los gerentes se concentre en controlar el riesgo que asumen los administradores de una manera mucho más efectiva que la creación de un regulador de riesgo sistémico.

La administración Obama y el Congreso proponen más de la misma estrategia fracasada en cuanto a la regulación. Deberían en cambio prestarle atención a Hayek, quien señaló que “la curiosa tarea de la economía es demostrarle a los hombres lo poco que en realidad saben sobre lo que ellos imaginan que pueden diseñar”.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 12 de junio de 2010.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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