El caso de Irán

Alberto Benegas Lynch (h) considera que iniciar una ofensiva militar contra Irán sería un grave error para EE.UU. y sería interpretado por el mundo musulmán como una guerra abierta al Islam.

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Arthur Koestler ha escrito que “El ruido que con más persistencia se repite a través de la historia es el retumbar de los tambores de guerra. Las guerras tribales, las guerras religiosas, las guerras civiles, las guerras dinásticas, las guerras nacionales, las guerras revolucionarias, las guerras coloniales, las guerras de conquista y liberación, las guerras para evitar guerras, se suceden una a otras en una cadena de repetición compulsiva hasta donde llega la memoria del hombre […] No se puede jugar indefinidamente a la ruleta rusa”.

El congresista republicano y ex candidato presidencial en la última contienda, Ron Paul, viene insistiendo que en el caso de Irán estamos frente a otra patraña de los profesionales de la guerra, igual que en el caso de las armas de destrucción masiva y el supuesto enriquecimiento de uranio por parte del entonces gobierno de Irak, que tal como lo explicó en su momento Richard Clarke —asesor en temas de seguridad para cuatro presidentes estadounidenses— Saddam Hussein y sus secuaces nada tuvieron que ver con Al-Qaeda.

Ahora, el doctor Paul informa que Irán no tiene instalaciones nucleares para propósitos bélicos y que sus equipamientos para fines pacíficos (diferentes de los primeros) los informó oportunamente a las Naciones Unidas de acuerdo al convenio de 2006, por eso es que no han recibido hasta ahora sanciones de ningún tipo por parte de esta organización, comportamiento confirmado por el último Informe de Inteligencia estadounidense. Sin embargo, luego de lo descripto en las Naciones Unidas, Mohamed ElBaradi —el encargado de verificar el programa nuclear de Irán de esa organización— sostiene que se necesitan nuevas y actualizadas comprobaciones lo cual ha creado justificada preocupación, alarma y sospechas de diverso calibre sobre el inaudito régimen iraní, al tiempo que aquel funcionario internacional insiste que el gobierno de EE.UU. convoque a reuniones con Teherán del mismo modo que lo viene haciendo con Corea del Norte.  

De cualquier modo, advierte el congresista de marras el tremendo peligro de reincidir en un ataque “preventivo” y escribe que “Adhiero a la política exterior de nuestros Fundadores quienes aconsejaron que no interfiriéramos en los asuntos internos de otros países” y marca el doble discurso que se mantiene con naciones como la antes referida  Corea del Norte (además del tratamiento diferencial con Arabia Saudita y Egipto).

Debe recordarse que fueron tropas estadounidenses y soviéticas las que entronizaron al Sha en el gobierno (después de derrocar a su padre) para repudiarlo después de 29 años en el poder y abrir las puertas a los fanatismos criminales de los ayatollah. El Sha acumuló los títulos de Rey de Reyes, Sombra del Todopoderoso, Nuncio de Dios y Centro del Universo. Como bien documenta Ryszard Kapuscinski, el Savak, la policía secreta del Sha, torturaba a sus opositores encerrándolos en bolsas de arpillera con serpientes venenosas, clausuró diarios independientes y estableció una férrea planificación estatal que imposibilitó el progreso del país. No es asunto menor que también el gobierno estadounidense entrenó y financió a Saddam Hussein en la guerra contra Irán de 1980 a 1988. Por otro lado, debe también tenerse presente que EE.UU. incumple el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares que firmó en 1968 y, en cambio, expande su programa de una potencia explosiva que apunta a mil kilotones.

Aunque no fueran correctos los referidos informes de inteligencia estadounidense, ni las investigaciones iniciales de las Naciones Unidas, ni los datos proporcionados por el congresista Ron Paul, a los gobiernos canallas debe enfrentárselos con enérgicas medidas disuasivas-defensivas tal como ocurrió en la época de la Guerra Fría con la Unión Soviética pero no proceder a bombardear medio planeta y, sobre todo no declamar el establecimiento de sistemas democráticos por la fuerza en lugar de contribuir a la educación de valores compatibles con la sociedad abierta, en cambio de patrocinar desde hace tiempo el socialismo cada vez que el Departamento de Estado tiene oportunidad de ofrecer un programa educativo.

Sacamos a relucir con preocupación el caso de Irán debido a que circulan temerarios informes en el sentido de que con la intención de revertir la situación deplorable en que se encuentra Obama a poco de asumir, desde varios costados le están aconsejando un ataque “preventivo” a Irán (una figura que inauguró G.W. Bush y que ahora piensa utilizar Putin contra naciones que no le son adictas en Europa del Este), con lo que se cedería a los inmensos y potentes intereses creados vinculados directa o indirectamente con los armamentos (recordemos aquello de que “el costo más grande para los traficantes de armas es la paz”).

Incluso profesionales que no adhieren a la política de Obama escriben en esta dirección. Por ejemplo, un artículo de estos días firmado por Daniel Pipes titulado “Cómo salvar la presidencia de Obama: Atacar Irán”. El articulista manifiesta que de ese modo puede contarse con apoyos de los llamados neoconservadores en el Partido Republicano y revertirse la situación de la Casa Blanca  afectada por el fracaso en concretar acuerdos relevantes en Copenhagen, en la fallida gestión para que las Olimpiadas se lleven a cabo en Chicago, en el fiasco de la socialización de la medicina, en la astronómica deuda, gasto público y déficit fiscal, en el espectáculo grotesco del “salvataje” para alimentar a empresarios irresponsables e ineptos con recursos de la población, en la inflación en curso y en el aumento del desempleo. Como es de público conocimiento, los sondeos de opinión de este mes de febrero revelan una desaprobación de la gestión presidencial entre el 50 y el 41 por ciento (CNN 50%, CBS-New York Times 45%, ABC-Washington Post 46%, Gallup 41%, Rassmuen Report 50% y Fox News 47%).

Si esta acción bélica tuviera lugar sería de una irresponsabilidad mayúscula y agravaría notablemente la situación del gasto, la deuda y el défict, al tiempo que influiría negativamente en temas tales como la libertad de prensa “para proteger secretos de estado en tiempos de guerra” (además del peligro de un efecto dominó) y las libertades individuales que, en nombre de la seguridad, resultarían más dañadas aún. Por esto es que no pocos terroristas han declarado que su triunfo sobre Occidente será la liquidación de las libertades debido a sus ataques inmisericordes.

Hoy en Irán hay una revuelta en ciernes contra el gobierno totalitario y mafioso de Ahmadineyad quien suscribe nada menos que la bazofia criminal de la judeofobia. Todo lo que se pueda hacer para lograr el cometido del desplazamiento de ese autócrata será beneficioso al efecto de ganar tiempo mientras se pueda contribuir a la difusión de los principios del respeto recíproco y la convivencia civilizada, tan necesaria en todos los lugares del mundo. En la historia de la civilización, siempre habrá el riesgo de algún imbécil que pretenda atacar a un vecino pero que países como EE.UU. se involucren anticipadamente resulta más riesgoso aún (las dos guerras mundiales desembocaron en la entrega, en Yalta, de las tres cuartas partes de Europa a las garras del Gulag con la conformidad del gobierno norteamericano). Deben tenerse presente  casos lamentables de hemorragias contraproducentes y mayúsculas como Vietnam (y Corea y Somalia y Panamá y la República Dominicana y Haití y Bosnia).

No resulta comprensible que una nación que cuenta con treinta y cuatro enormes centros de inteligencia despliegue ciento cincuenta mil hombres entre Irak y Afganistán (dicho sea al pasar, el gobierno estadounidense lo equipó y entrenó a Ben-Laden en la guerra contra los rusos), en lugar de aprehender a los cien, doscientos o quinientos criminales de la banda de Al-Qaeda. Taylor Caldwell en su ficción de 1952 -y tengamos en cuenta que algunas de las ficciones terminaron siendo más reales que muchos de los informes de futurólogos reunidos en comisiones gubernamentales- donde se supone que EE.UU. se volvió socialista, escribió que “America renunció a su libertad que la hizo tan fuerte, poderosa y grande […] Todo comenzó tan casualmente, tan fácilmente, con tantas palabras grandilocuentes. Comenzó con el repetido uso de la palabra `seguridad` […] se declararon ineptos para manejar sus propios asuntos y abandonaron sus vidas, que pertenecen solamente a Dios, en las manos de personajes siniestros que desde hace mucho conspiraban para esclavizarlos por medio de guerras, por medio de `directivas` y por medio de `emergencias `. En nombre del pueblo americano, el pueblo americano fue hecho cautivo”.

Justin Logan y Ted Galen Carpenter en una columna periodística titulada “La evidencia sugiere que Irán no utilizará armas nucleares” señalan que Jacques Chirac acaba de manifestar que no sería de mucho uso una bomba nuclear en manos iraníes puesto que “ni bien alcance los doscientos metros de altura Teherán sería destruida” por los israelitas y afirman los articulistas que una prueba de los temores a represalias en Irán es el hecho de que no  entregan a Hezbollah y a otros de sus socios armas químicas o biológicas. Por otra parte, Charles Peña en un artículo titulado “¿Es Irán el próximo objetivo en la mira de Washington?” puntualiza que “Sería una locura que EE.UU. le declare la guerra a otra nación musulmana luego de Afganistán e Irak. Dicha acción sería interpretada por el resto del mundo musulmán como una guerra contra el Islam. EE.UU. debe evitar el convertir su guerra contra grupos terroristas como Al-Qaeda en una guerra santa más amplia contra el Islam y más de mil millones de musulmanes alrededor del mundo”.  

En el contexto de la política exterior estadounidense, recomiendo muy especialmente a mis lectores la atenta lectura de tres sabias reflexiones para poder contribuir a fortalecer los antedichos principios rectores en el baluarte del mundo libre. Primero, del ex presidente John Quincy Adams, quien  siendo secretario de estado de James Monroe en 1821 afirmó: “América [del Norte] no va al extranjero en busca de monstruos para destruir. Desea la libertad y la independencia para todos. Es el campeón solamente de las suyas. Recomienda esa causa general por el contenido de su voz y por la simpatía benigna de su ejemplo. Sabe bien que alistándose bajo otras banderas que no son las suya, aún tratándose de la causa de la independencia extranjera, se involucrará más allá de la posibilidad de salir de problemas, en todas las guerras de intrigas e intereses, de la codicia individual, de envidia y de ambición que asume y usurpa los ideales de libertad. Podrá ser la directriz del mundo pero no será más la directriz de su propio espíritu”.

Segundo, del senador por Kentuky y también ex secretario de estado, Henry Clay, quien manifestó en la Cámara, en 1852: “Por seguir la política a la que hemos adherido desde los días de Washington hemos tenido un progreso sin precedentes, hemos hecho más por la causa del la libertad en el mundo que lo que las armas pudieran hacer, hemos mostrado a las otras naciones el camino de grandeza y la felicidad. Pero si nos hubiésemos visto envueltos […] en guerras […] ¿Dónde, entonces, estaría la última esperanza de los amigos de la liberad en el mundo? […] Deberíamos mantener nuestra propia antorcha brillando en las costas occidentales, como una luz para todas las naciones”.

Por último, las consideraciones y las nobles guías de acción establecidas por el primer presidente norteamericano, General George Washington, en 1795: “Mi ardiente deseo es, y siempre lo ha sido, cumplir estrictamente con nuestros compromisos en el exterior y en lo doméstico, pero mantener a los EE.UU. fuera de toda conexión política con otros países”.