El "Burrito-Gate" refleja el legado tóxico de la inflación
Ryan Bourne dice que la administración de Trump no solo no ha cumplido su promesa de bajar los precios sino que sus principales políticas, desde el proteccionismo comercial, hasta los déficits, las deportaciones y la guerra en Irán, empeoran la situación en general.
LauriPatterson/E+ via Getty Images
Por Ryan Bourne
Los burritos están en el centro de un debate sobre la asequibilidad. El podcaster Matt Walsh publicó la semana pasada en X para enfatizar que los precios de los alimentos deberían ser "la prioridad número uno de todo líder electo". Andrew Kolvet, de Turning Point USA, agregó la opinión de un estudiante universitario sobre la asequibilidad: "Un burrito no debería costar 20 dólares".
El productor de podcasts Joel Berry no estuvo de acuerdo en la publicación que ahora se ha vuelto viral y que dio inicio al debate. "Anoche, mi esposa preparó burritos caseros para nuestra familia de ocho y nos costó menos de 20 dólares en total para todos. Estoy empezando a pensar que la crisis de la asequibilidad es en realidad una crisis de ‘no sé cocinar’". Marc Thiessen, de AEI, también intervino, desestimando las quejas de los universitarios sobre el costo de su DoorDash.
Todo el debate ha sido bastante desconcertante, en parte porque se trata principalmente de una batalla política indirecta entre dos bandos de derecha que discuten sobre el conflicto con Irán, el cual ha empeorado el costo de vida significativamente en los últimos tiempos.
Aunque la guerra con Irán es un factor marginal en los cambios en los precios de los burritos, las quejas en este caso realmente le están indicando a los líderes republicanos que "la asequibilidad debería ser nuestra prioridad política, y que el público cree que los precios altos están fuera de control" en el contexto de una guerra que ha elevado la inflación general y está reduciendo los salarios reales. Eso tal vez explique por qué el otro bando se ha puesto tan a la defensiva y le está diciendo a la gente que prepare burritos en casa o que se haga a la idea.
En cuanto a los méritos económicos del debate, es obvio que (1) pocos burritos cuestan 20 dólares, a menos que comas en un restaurante de verdad, le agregues ingredientes de lujo o pidas que te lo entreguen a domicilio, y (2) pagar por servicios que requieren mucha mano de obra, como los meseros en los restaurantes de comida rápida o alguien que te entregue la comida, será más caro que cocinar en casa.
Pero ambos puntos pasan por alto lo que realmente enoja al público: los cambios en los precios de los últimos años.
Como he documentado una y otra vez, los estadounidenses están furiosos porque los precios al consumidor han subido casi un 30 por ciento desde la pandemia. La indignación por el aumento de los precios de los burritos (el análisis de IA indica que han subido entre un 30 y un 40 por ciento, en línea con los precios de la comida fuera de casa, que han subido más del 36 por ciento) es solo un ejemplo del impacto que siente la gente cuando los precios suben tan rápidamente. Así que, en una primera aproximación, la indignación porque los burritos parecen "demasiado caros" en realidad se debe a la alta inflación que acabamos de vivir, impulsada por un estímulo monetario y fiscal excesivo durante la pandemia y que recientemente se ha agravado de nuevo por la guerra (Sí, los aranceles y los salarios mínimos en ciertos estados tampoco han ayudado, probablemente elevando el precio relativo de los burritos, pero estos son efectos más bien marginales sobre el precio total).
Los republicanos, como partido en el poder, realmente deberían estar aterrorizados por este problema de la asequibilidad. El presidente prometió (en exceso) en su campaña electoral que bajaría los precios, llegando a afirmar que "Un voto por Trump significa que tus compras serán más baratas". No solo no ha cumplido eso, sino que, por el contrario, sus principales políticas emblemáticas —los aranceles, los grandes déficits, la presión sobre la Reserva Federal para que flexibilice la política monetaria, las deportaciones y ahora Irán— empeoran la situación en general. Este año, la inflación ha vuelto a subir bruscamente.
Como resultado, la aprobación neta del presidente en materia de inflación y economía ha sido mucho peor de lo que jamás fue la de Joe Biden. En la encuesta más reciente de The Economist/YouGov, Trump obtuvo una aprobación neta de -35 por ciento en economía y de -44 por ciento en inflación, ambas cifras más bajas que los puntos más bajos de Biden, a pesar de que el expresidente presidió un pico de inflación de precios al consumidor del 9 por ciento.
Y aunque creo que sus ideas son terribles, los demócratas están ganando esta batalla de mensajes, llamando la atención sobre la asequibilidad al proponer controles de precios, nuevos subsidios, tiendas de abarrotes administradas por el estado y más, ofreciendo respuestas simples pero equivocadas a las preocupaciones del público.
Eso es lo que hace que el desdén de algunos conservadores ante la angustia por el precio de los burritos sea especialmente tóxico. Cada vez que hay una inflación alta, surgen los sermones moralistas, como si el problema fueran las expectativas, los gustos y los hábitos de gasto de la gente, en lugar de una mala política macroeconómica. Pero decirle a la gente que puede evitar los efectos de la alta inflación sustituyendo sus compras por otras peores o sacrificando su valioso tiempo para cocinar es un argumento perdedor.
Los precios de los alimentos también han subido un 31 por ciento desde la pandemia, debido a esas mismas presiones inflacionarias. En ese contexto, decirle a la gente que cocine alternativas baratas cuando los alimentos son caros es el equivalente político a cuando Jimmy Carter le dijo a la gente que se pusieran un suéter cuando los costos de la energía estaban altos: un suicidio político.
Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 7 de agosto de 2026.