EE.UU.: Una política comercial que nunca se llegó a consumar

Por Daniel J. Ikenson

Mientras que los demócratas en el congreso y los funcionarios del gobierno de Bush están felicitándose por haber llegado un acuerdo a mediados de mayo para incluir en los acuerdos comerciales estándares laborales y ambientales estrictos y que puedan hacerse cumplir, la política comercial estadounidense silenciosamente ha gateado hacia una esquina y ha muerto.

“Aquí descansa la política comercial estadounidense”, debería leerse en el epitafio. “Despreciada por muchos de los demócratas y por los sindicatos que ellos representan; no suficientemente apreciada por el gobierno de Bush, el cual nunca articuló un caso comprensivo a favor de la liberalización”. Mientras tanto, a los acuerdos bilaterales completados con Perú, Panamá, Colombia y Corea del Sur, como también a las negociaciones multilaterales de la Ronda de Doha se los ha dejado huérfanos.

Es revelador acerca de qué tan bajo han caído las expectaciones con respecto a la política comercial cuando un acuerdo entre el gobierno y el congreso acerca de cómo proceder en negociaciones comerciales que ya han durado años se interpreta como un gran avance. La principal del Representante Comercial de EE.UU., Susan Schwab, dijo: “Creo que hay un nivel creciente de confianza y de bipartidismo que permitirá que avance la agenda comercial. Demostramos al mundo que podemos trabajar juntos”. Ella parece haberse olvidado que los tratados comerciales son acordados entre países y que el acuerdo de hace dos semanas hace que esas posibilidades sean más remotas.

Para la persona que siente más de lo que piensa, el acuerdo de requerir en los tratados comerciales provisiones laborales y ambientales más estrictas y que se puedan hacer cumplir debe parecerle un progreso. Puede que represente un progreso para los congresistas demócratas que están buscando el apoyo de los sindicatos para sus campañas para su re-elección en el 2008, pero no hará nada para mejorar las posibilidades de una liberalización comercial. En cambio, impedirá la liberalización comercial privando así a los países en vías de desarrollo de oportunidades para el crecimiento económico, el cual es la clave para mejorar los estándares laborales y ambientales locales.

En 1996 los ministros de comercio representando a los miembros de la Organización Mundial de Comercio concluyeron su cumbre ministerial en Singapur expresando un consenso firme con respecto a los estándares laborales. Este comunicado declaró un respaldo a los estándares laborales esenciales mientras que se oponía a la idea de estándares laborales que se puedan hacer cumplir en los acuerdos comerciales.

Los estándares laborales son promovidos por “el crecimiento económico y el desarrollo los cuales son fortalecidos por el comercio internacional y una mayor liberalización comercial”, decía el comunicado. En otras palabras, imponer condiciones por sobre el comercio y la inversión para con países pobres solo retarda el crecimiento económico y previene que se mejoren los estándares laborales.

Hoy, la OMC incluye aún más países en vías de desarrollo que en 1996. No es que se opongan a mejorar sus estándares laborales y ambientales locales. En cambio, ellos temen que los países ricos, a pedido de sus propios intereses que compiten con las importaciones, utilicen esas provisiones para lograr objetivos proteccionistas. La preocupación detrás de esto es que el potencial de alegar violaciones laborales o ambientales, sin importar el mérito de estas, podría desalentar la inversión extranjera en las fábricas locales y en otras áreas de la economía local, lo cual es la verdadera clave para mejorar los estándares.

El gobierno de Bush reconoció este consenso y además reconoció que los estándares laborales estrictos y que pueden hacerse cumplir serían opuestos por virtualmente todos los países en desarrollo. Por eso es que la legislación de “promoción de autoridad comercial” bajo la cual las negociaciones se han conducido desde 2002 requiere solo que los países respeten las leyes presentes en sus países.

Pero el retorno del congreso al control democrático desde noviembre de 2006 cambió la ecuación. Los sindicatos laborales estadounidenses desde hace mucho han defendido estándares laborales y ambientales estrictos y ellos ahora están dictando las condiciones a través del liderazgo demócrata. Acomodar esos pedidos fue promocionado como una manera de romper el atolladero y avanzar la agenda comercial. Pero ahora que esos pedidos han sido escuchados, los sindicatos parecen estar pidiendo aún más.

En una carta a la representante comercial estadounidense de hace dos semanas, el director del Comité de Maneras y Medios del Congreso —CharlesRangel, demócrata de Nueva York— concluyó que, a pesar del acuerdo logrado, el tratado con Colombia todavía sería problemático hasta que la oficina del procurador general en Bogotá hiciese un mejor trabajo de encontrar y castigar a los criminales violentos.

Mientras tanto el líder del Sub-Comité de Maneras y Medios del Congreso —Sander Levin, demócrata de Michigan— se opuso (mientras que el Sr. Rangel no opinó al respecto) al tratado con Corea porque no incluía su propuesta de condicionar el acceso de los automóviles coreanos al mercado estadounidense al éxito de ventas de autos estadounidenses en Corea.

La oposición no tiene nada que hacer con los asuntos laborales o ambientales. Debería ser obvio que los sindicatos y sus aliados en el congreso están terminantemente opuestos a los tratados comerciales nuevos. Aunque los tratados con Perú y Panamá puede que todavía se hagan una realidad porque los gobiernos en esos países han puesto en juego su reputación por esos tratados, la Ronda de Doha ahora es más elusiva que nunca debido al acuerdo entre el congreso y el gobierno.

Lograr acuerdos comerciales dentro de nuestro ambiente de políticas mercantilistas es un asunto delicado. Se necesitaría balancear las presiones políticas domésticas con el objetivo de diseñar un acuerdo que todavía valga la pena para los intereses estadounidenses y los de nuestro socio comercial. Mientras más concesiones se hagan a favor de las presiones domésticas, valdrá mucho menos el tratado resultante. Al insistir en provisiones laborales y ambientales más estrictas y que puedan hacerse cumplir, la balanza fue puesta en contra de la agenda comercial.

Por lo tanto, “Aquí descansa una política comercial estadounidense que nunca llegó a consumarse. Se merecía un mejor destino”.

Este artículo fue publicado originalmente en el Washington Times el 18 de mayo de 2007.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.