EE.UU.: Un verdadero estímulo

Jeffrey A. Miron sugiere la derogación del impuesto sobre el ingreso corporativo como una medida que verdaderamente estimularía la economía y aliviaría la alta tasa de desempleo que persiste en EE.UU.

Por Jeffrey A. Miron

Para crear trabajos, deroguen el impuesto sobre el ingreso corporativo.

Mientras que la tasa de desempleo permanece en el territorio de los dos dígitos, los políticos continúan buscando una respuesta apropiada. Las preferencias del gobierno, según las presentó el fin de semana pasado Christina Romer, la titular del Consejo de Asesores Económicos del presidente, son los créditos por crear empleos y un mayor respaldo a los desempleados. Estas políticas se enfocan en el mercado laboral en sí para lidiar con en el desempleo en el corto plazo. 

Este enfoque es precisamente erróneo. En lugar de intentar apuntar al empleo en el corto plazo, la administración debiera promover políticas que tengan sentido incluso cuando no hay una recesión y que fomenten la eficiencia económica en el largo plazo. Una política que haría esto es la derogación del impuesto sobre el ingreso corporativo, lo cual estimularía el empleo mucho más que un crédito por crear empleo.

Si las corporaciones se enfrentan a cero impuestos sobre sus ganancias, expandirán sus inversiones y empleo por dos razones. Primero, el mayor flujo de dinero permitirá que las corporaciones inviertan sin pedirle dinero prestado a los bancos. Estas nuevas inversiones generarán empleo tanto para construir nuevas plantas y equipos como para llenar las nuevas fábricas de empleados. Este es el argumento keynesiano estándar a favor de los cortes de impuestos a las empresas y puede operar de manera casi instantánea. Segundo, la derogación del impuesto sobre el ingreso corporativo significa un retorno más alto sobre las inversiones, lo cual promueve la acumulación de capital a largo plazo.

La belleza de esta medida es que la tributación del ingreso corporativo nunca tuvo sentido para empezar; tributa dos veces el ingreso corporativo, dado que el impuesto a la renta personal cubre tanto los dividendos como las ganancias por capitales. Y la tributación sobre ingresos corporativos tiene otros aspectos negativos.

El impuesto sobre el ingreso corporativo requiere de reglas y regulaciones que están por encima y van más allá del sistema de impuesto sobre la renta. Esto hace que sea considerablemente costoso hacer cumplir el impuesto y favorece a industrias o tipos de capitales específicos, distorsionando así las decisiones de los inversionistas privados y creando el incentivo para jugar con el sistema en lugar de simplemente invertir en industrias que parecen ser rentables. La tributación al ingreso corporativo reduce la transparencia de la contabilidad corporativa, dificultándole a los inversionistas el monitoreo del comportamiento corporativo.

El impuesto sobre el ingreso corporativo también le da al Estado una manera de recompensar el comportamiento que le agrada: al designar ciertas actividades como “sin fines de lucro”. La justificación es que algunas actividades —especialmente aquellas de las escuelas, iglesias y caridades— son socialmente beneficiosas. Esto puede que sea cierto, pero el poder de definir a algo como “sin fines de lucro” permite que el gobierno decida lo que es educación, religión o caridad y le permite excluir a algunos grupos que juegan este papel. Las decisiones inevitablemente favorecen al estatus quo y suprimen la competencia.

El sistema de tributación corporativa, como lo dice su propio nombre, distorsiona la manera en que los votantes ven al sistema tributario —muchos creen que objetos sin vida pagan impuestos. Al final del día, no obstante, solamente las personas pagan impuestos— cada decisión tributaria afecta e impacta a personas verdaderas mucho más que a el objeto directo del impuesto.

La justificación usual para la tributación sobre la ganancia corporativa es que hace que los contribuyentes con altos ingresos —los dueños de las corporaciones— paguen su porción justa. Aún así, aunque algo del impuesto cae sobre los dueños (reduce las ganancias después de pagar impuestos y por lo tanto, los dividendos y las ganancias capitales recibidas por los accionistas), gran parte del impacto cae sobre los empleados, quienes serán golpeados con salarios más bajos, y sobre los clientes, quienes se enfrentarán a precios más altos que una corporación cobra cuando sus precios son más altos. La tributación alta empuja a las corporaciones a ubicarse en el extranjero, reduciendo el empleo y perjudicando todavía más a los trabajadores.

La derogación del impuesto sobre el ingreso corporativo, por supuesto, impactará el presupuesto federal, pero esto también es cierto de cualquier estímulo fiscal. Y como la derogación estimula la actividad productiva, genera un ingreso creciente proveniente de los impuestos al empleo, a la renta personal, y a las ventas. El aumento neto en el déficit por lo tanto será sustancialmente más pequeño de lo que sugerirían los ingresos actualmente recibidos por el impuesto sobre el ingreso corporativo.

Hay, por supuesto, un problema importante con esta política: no es atractiva para los partidarios de centro-izquierda de esta administración, quienes se oponen a cualquier política no explícitamente diseñada para transferir ingreso a sus grupos favorecidos. Sin embargo, hay beneficios políticos; desarmaría a los críticos de Obama y atraería a los independientes que valoran la moderación social del presidente pero no su preocupación por la economía de la redistribución. Considere también que tiene infinito sentido debido a sus beneficios y la derogación es algo sencillo para la administración de Obama.

Este artículo fue publicado originalmente en National Review (EE.UU.) el 13 de enero de 2010.