EE.UU.: Restringiendo la entrada

Scott Lincicome dice que si Obama quiere restaurar el consenso a favor del comercio deberá "reafirmar inmediatamente el compromiso sin dilaciones de EE.UU. con el creciente comercio mundial, y no sólo “resistir el proteccionismo”.

Por Scott Lincicome

La política comercial estadounidense está a la deriva, aparentemente guiada por los vientos proteccionistas de un Congreso insular, y por un gobierno que parece estar más enfocado en fortalecer mecanismos de ejecución unilaterales que en asegurar un compromiso firme con el libre comercio. En un discurso reciente, el Representante Comercial estadounidense, Ron Kirk, señaló que el deseo de la administración radica en fortalecer herramientas legislativas domésticas para utilizarlas en disputas comerciales y en pedirles a los socios comerciales que se “comprometan a tomar medidas que nivelen el juego”. Como resultado, los socios comerciales más cercanos de EE.UU. están preocupados y molestos; nuestros exportadores están ansiosos; y, en solamente dos meses del gobierno de Obama, se ha comprometido 60 años de liderazgo estadounidense en libre comercio.

Desde los años cuarenta, EE.UU. ha liderado la lucha por remover las barreras internacionales a los productos, servicios e inversión. El resultado: la explosión mundial del comercio que ha enriquecido a las familias estadounidenses, alentado la innovación, fortalecido nuestra seguridad y ayudado a millones a escapar de la pobreza. Cada presidente estadounidense desde Herbert Hoover ha promovido el libre comercio debido a sus comprobados beneficios.

Desde que llegó a la presidencia, el Presidente Barack Obama ha expresado un deseo de seguir los pasos de sus antecesores. Al reunirse con sus contrapartes de Canadá y México, Obama se apartó de su “exagerada retórica de campaña” acerca del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Sus elecciones para Secretario de Comercio y Representante Comercial han defendido abiertamente el libre comercio. Obama ha celebrado reiteradamente los mercados abiertos y ha prometido resistirse al “creciente proteccionismo”.

Desafortunadamente, la inacción de Obama ha socavado su retórica pro-comercio. La confirmación de Kirk se demoró unos largos dos meses, obligando a que los funcionarios estadounidenses cancelen negociaciones con la Organización Mundial de Comercio, así como negociaciones para lograr tratados bilaterales. Mientras tanto, el nuevo Secretario de Energía Steven Chu descuidadamente sugirió utilizar aranceles para proteger a los manufactureros estadounidenses de países que no han tratado el tema de las emisiones de dióxido de carbono—solo un día luego de que el principal funcionario chino que trata el cambio climático advirtió que la imposición de tales aranceles podría iniciar una guerra comercial. Esto reúne todas las características de un barco sin capitán.

Obama no ha contrarestado los impulsos proteccionistas de sus colegas demócratas en el Congreso. Sin el liderazgo de la Casa Blanca, el Congreso ha inyectado características anti-comercio en las dos leyes de gasto en lo que va del año: el “estímulo” y la Ley de Apropriaciones Omnibus de 2009.

Varios reportes han destacado la angustia internacional acerca de la provisión “Compre americano” de la ley de estímulo y acerca de los $2.400 millones en aranceles que México ha instaurado en retaliación a la prohibición de ingreso a los camiones mexicanos a EE.UU. (en directa violación del TLCAN). Pero menos reportados son las otras características proteccionistas de las leyes: el estímulo permite que los productores estadounidenses de madera ignoren a las cortes federales y retengan $92 millones en aranceles canadienses y mexicanos recaudados ilegalmente. La ley ómnibus también golpea a las importaciones de pollo proveniente de la China así como a los textiles chinos y vietnamitas, y establece requisitos de etiquetas para todo alimento importado.

Estas medidas han sido rechazadas por muchos de los socios comerciales más cercanos de EE.UU. y Obama ha sido sermoneado acerca del proteccionismo por, entre otros, el Primer Ministro canadiense Stephen Harper, la Comisionada para Comercio de la Unión Europea Catherine Ashton, el Presidente brasileño Luiz Inacio “Lula” da Silva y el Ministro de Comercio de China Chen Deming. El mensaje: en comercio, los Estados Unidos están retrocediendo.

Debido a las reglas de hoy en día basadas en el sistema multilateral de comercio y a la interdependencia de los mercados globales, la negligencia estadounidense cuando se trata del comercio no debería derivar en el desastroso proteccionismo inducido por los aranceles Smoot-Hawley en la década de 1930. Pero sigue siendo un problema. En 2008, el comercio mundial se contrajo por primera vez desde 1982, y las medidas proteccionistas abundan. La Ronda de Doha en la OMC está en coma, a pesar de que un acuerdo ambicioso podría inyectarle $2 billones a la vacilante economía mundial. Considerando que EE.UU. ha liderado cada iniciativa comercial importante en la historia moderna, cualquier probabilidad de progreso en materia de comercio desaparecerá sin un firme liderazgo estadounidense—en palabras y en hechos.

A pesar de estos problemas, no todo está perdido. Obama, aunque torpemente, ha limitado el daño del “Compre americano” y ha prometido reestablecer el programa para los camiones mexicanos; las otras decisiones equivocadas son fácilmente contenibles. Pero si quiere restaurar el liderazgo estadounidense en materia de comercio, Obama debe moverse rápido desde la defensa hacia la ofensiva. Debería reafirmar inmediatamente el compromiso sin dilaciones de EE.UU. con el creciente comercio mundial, y no sólo “resistir el proteccionismo”. Debería también dejarles en claro a los líderes demócratas en el Congreso que no permitirá que medidas proteccionistas definan su agenda comercial.

Finalmente, el presidente debería anunciar su intención de tratar las provisiones anti-comercio en futuras leyes como cualquier otro tipo de ítems en el gasto público—hágalas públicas, transparentes y extremadamente limitadas.

Estos pasos calmarán la actual ansiedad acerca de la dubitativa política comercial estadounidense. También le darán al presidente el espacio necesario para delinear una estrategia comercial de largo plazo—una estrategia que reviva el consenso doméstico acerca del libre comercio y forje una política comercial pro-activa y políticamente posible que garantice el liderazgo estadounidense en la economía mundial durante la próxima década.