EE.UU.: Obama destruye salarios

Alberto Benegas Lynch (h) dice que el crecimiento acelerado del gasto que inició G.W. Bush ha sido continuado por Obama y los resultados positivos de esta política todavía están por verse.

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Las cosas no parecen que puedan ir por peor camino en el otrora baluarte del mundo libre. Gastos públicos exponenciales, deudas gubernamentales inauditas, déficit fiscal inaceptable, el acentuar la socialización de la medicina, empeoramiento del cuadro financiero de la “seguridad social”, nuevas succiones a la gente para financiar a empresarios irresponsables e ineptos, impuestos confiscatorios, manotazos crecientes a la educación, desarticulación de los precios por la constante manipulación de la Reserva Federal y deterioro creciente del signo monetario, son las características sobresalientes de la política de Washington.

Como es sabido, el desempleo se debe a interferencias del aparato estatal en las relaciones contractuales en materia laboral, de lo contrario, no importa la pobreza o la riqueza que las circunstancias permitan, no habría sobrante de aquel factor indispensable para la producción de los siempre escasos bienes y para la prestación de los servicios requeridos. A su vez, los salarios e ingresos en términos reales se deben a las tasas de capitalización fruto del ahorro interno y externo.

Cuando hay caídas en las tasas de capitalización debido a medidas de política económica desacertadas, tal como viene ocurriendo en EE.UU., y, simultáneamente, no se libera el mercado laboral, el desempleo crece. Solo se mantiene el empleo allí donde no hay controles como ocurre en el mercado negro de inmigrantes ilegales y equivalentes ya que estos trabajan al salario de mercado, mientras muchos de los que trabajan en blanco, por las razones expuestas, resultan desempleados.

Ahora, en el anuncio de hace un par de semanas, Obama ha dispuesto destinar de los bolsillos de la gente la friolera de otros cincuenta mil millones de dólares para emplear personas en la administración pública a través de obras diversas. Dejando de lado el sentido de la obra pública, lo que estamos aquí objetando es utilizarla para incrementar el empleo puesto que ello significa la succión de recursos adicionales de la gente con lo que se consumen tasas de capitalización y, consiguientemente, disminuyen salarios en términos reales. Obama recurre a este procedimiento al solo efecto de disimular y mitigar la posible derrota electoral parlamentaria de noviembre próximo, aunque el costo haya que asumirlo después que, además, agregará mayor peso al ya sumamente adiposo gasto y, para financiarlo, a la deuda, el impuesto o a la inflación (o una combinación de estos tres elementos). Y este gasto adicional enorme no puede paliarse con algunas deducciones impositivas circunstanciales y oportunistas que pretenden engañar a parte de la opinión pública para contar con votos cautivos.

Incluso, en este caso, la idea de Obama es incrementarle los gravámenes a la industria petrolera con lo que, al afectar la estructura de capital de esas empresas, se elevarán los precios, la actividad se tornará menos competitiva y habrá un traslado de empleos hacia otros lares. Ya bastantes dislates se propusieron en ese campo a raíz del accidente de British Petroleum (sobre lo que escribí en su oportunidad) para acentuar los descalabros y desajustes en el área energética.

El tema no es uno de partidos sino de principios. Siempre tengamos presente que el actual desbarajuste lo inició G. W. Bush al sostener la inaudita y absurda  idea de que “debemos vulnerar los principios del mercado para defender al mercado”, junto con sus colosales déficit, la tasa de crecimiento más rápida de los últimos ochenta años en la relación gasto-producto, las cinco veces que pidió al Congreso ampliar el tope de la deuda gubernamental y sus extravagantes disposiciones monetarias y en el mercado inmobiliario que condujeron a una severa crisis. Luego vino Obama con muchísimo más de lo mismo (y con iniciativas peores), con lo que EE.UU. se encamina a otra calamidad de proporciones mayúsculas que pondrán la descubierto dolorosas fracturas expuestas, las que seguramente los tilingos de siempre responsabilizarán nuevamente a un capitalismo inexistente.

Al margen, apunto que ya de por si resulta un problema serio el incompetente en un lugar de responsabilidad, pero, además, si tiene incontrolados impulsos por expresar iniciativas que le brotan de su interior cual llamaradas incontenibles, como es el caso del gobernante estadounidense, la situación empeora grandemente aunque las incruste en la población con gesto adusto y el dedito en alto como si hubiera descubierto la piedra filosofal. De allí el dicho: “no hay nada más peligroso que un necio con iniciativa”.

Por todo esto es que resulta tan gratificante y esperanzador las millones de personas congregadas en torno a los valores a que apunta el Tea Party que no son más que los de los Padres Fundadores y que pretenden deshacerse de los dinosaurios de ambos partidos, anquilosados en sus bancas en Washington quienes, rodeados de boato y mareados por la alfombra colorada del poder, han perdido por completo contacto con la realidad. En este sentido, estemos atentos a lo que pueda suceder en estas próximas elecciones legislativas que eventualmente pueden resultar en un indicio de la contienda electoral para la fórmula presidencial ganadora en 2012.

Por eso es que resultan tan estimulantes las notables actividades de instituciones como Cato Institute, el Independent Institute, la Foundation for Econmic Education y el Mises Institute, entidades que reúnen profesionales sobresalientes que publican libros, ensayos, artículos y dictan seminarios y pronuncian conferencias de gran valía financiados por personas, empresas y fundaciones que perciben la extraordinaria importancia de esas labores, al efecto de revertir lo que viene ocurriendo en ese gran país.

Resulta en verdad paradójico que mientras algunos de los que rodean al presidente norteamericano son partidarios declarados del marxismo, a Fidel Castro lo acaba de denunciar el subconsciente al decir en un reportaje realizado por Jeffrey Goldberg para The Atlantic que “el modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros”, una respuesta a la inocente pregunta del periodista en cuanto a que si “el modelo cubano es exportable a otros países”. Esta entrevista se llevó a cabo en presencia de Julia Sweig del Council for Foregin Relations, de la mujer de Fidel, de uno se sus hijos y de Randy Alonso (un alto funcionarios gubernamental encargado de los medios). En vista de los reiterados reclamos del aparato, a los tres días de esa entrevista, Fidel volvió sobre sus dichos y, esta vez, con uniforme militar, leyó un mamotreto prefabricado por los desconcertados y alarmados burócratas que lo rodean en el que expresó que lo habían malinterpretado y que lo afirmado, en realidad, “se refería al fracaso del capitalismo” (¡sic!). De este modo, el canalla máximo de la isla-cárcel cubana que, desde hace más de medio siglo la tiraniza, pretendió salir al paso del episodio en el que la sinceridad de la edad se interpuso en su discurso oficial.

Este artículo fue publicado originalmente en Diario de América (EE.UU.) el 16 de septiembre de 2010.