EE.UU.: Más libres desde que se acabó la esclavitud

David Boaz señala el error que cometen muchos liberales al hablar de la era de los Padres Fundadores de EE.UU. como si hubiese sido una "era de oro" para la libertad a pesar de que un considerable porcentaje de estadounidenses vivían en esclavitud.

Por David Boaz

Para muchos liberales, “el camino a la servidumbre” no es solamente el título de un gran libro, sino también la ventana a través de la cual ven el mundo. Piensan que estamos perdiendo nuestra libertad, año tras año. Ellos (nosotros) citan a Thomas Jefferson: “El progreso natural de las cosas es que la libertad ceda y el gobierno gane terreno”. Leemos libros con títulos como La libertad en cadenas (Freedom in Chains), Derechos perdidos (Lost Rights), El auge del control federal sobre las vidas de estadounidenses comunes (The Rise of Federal Control over the Lives of Ordinary Americans) y si, El camino a la servidumbre.

La auto descripción del Cato Institute solía incluir la línea, “Desde la revolución [estadounidense], las libertades civiles y económicas han sido erosionadas”. Hasta que Clarence Thomas, el entonces director de la Comisión de Igualdad de Oportunidades para el Empleo, dio un discurso en Cato y nos indicó que no parecía ser así para los afroamericanos.    

Él tenía razón. Las políticas públicas estadounidenses han cambiado de muchas maneras desde la Revolución Americana, algunas veces en una dirección liberal, en otras ocasiones no.

Brink Lindsey habla de una “síntesis libertaria implícita” en la política estadounidense de hoy en su libro The Age of Abundance (La era de la abundancia). El argumentó en 2007:

"No obstante, el hecho es que la sociedad estadounidense hoy es considerablemente más liberal de lo que era hace una o dos generaciones. Compare las condiciones actuales con las de los principios de la década de los sesentas. La discriminación estatal oficial en contra de los afroamericanos ya no existe. La censura se ha reducido en general. Los derechos de los acusados hoy gozan de una protección muy mejorada. El aborto, el control natal, los matrimonios interraciales y el sexo homosexual todos son legales. Las leyes de divorcio han sido liberalizadas y las leyes contra las violaciones han sido fortalecidas. Los omnipresentes controles de precios y de ingreso en transportación, energía, comunicaciones y sectores financieros han desaparecido. Las tasas más altas de impuesto a la renta han disminuido considerablemente. Las pretensiones de una ingeniería macroeconómica han sido abandonadas. Las barreras al comercio internacional son mucho más bajas. La sindicalización de la fuerza laboral del sector privado ha colapsado. Por supuesto que hay ejemplos de lo opuesto, pero en general, parece ser evidente que la expresión cultural, las opciones acerca del estilo de vida personal, el emprendimiento y el juego de las fuerzas del mercado gozan ahora de un espacio mucho más amplio para desenvolverse".

¿Ha habido alguna vez una era de oro para la libertad? No y nunca la habrá. Siempre habrá personas que quieren vivir su vida en paz y siempre habrá personas que quieren explotar e imponerles sus ideas a otras. Si observamos el largo plazo —desde un pasado que incluye el despotismo, el feudalismo, el absolutismo, el fascismo y el comunismo— claramente estamos mejor. Cuando observamos la historia de nuestro propio país, contrastando el 2010 con 1776 o 1910 o 1950 o lo que sea, la historia es menos clara. Sufrimos bajo bastantes regulaciones y restricciones a las cuales nuestros antepasados no se enfrentaron.

Pero en 1776 los afroamericanos estaban esclavizados y se casaban con mujeres que no tenían existencia legal, excepto como agentes de sus esposos. En 1910 e incluso en 1950, los afroamericanos todavía sufrían las cadenas legales de Jim Crow y todos nos enfrentábamos a tasas tributarias confiscatorias durante todo el periodo de la posguerra.

Me impresionan particularmente los liberales y conservadores que celebran la libertad de EE.UU. en esa época y deploran nuestro declive desde aquellos días gloriosos, sin siquiera mencionar la existencia de la esclavitud. Consideren a R. Emmett Tyrrell, Jr., desde hace mucho editor de la revista American Spectator. En Policy Review (Verano de 1987, no disponible en Internet), escribió:

"Escapemos a una utopía favorecida. Para mi esta se encuentra a fines del siglo dieciocho pero con aire condicionado…Con ambos pies firmemente plantados en la tierra de mi territorio estadounidense y una joven bandera estadounidense revoloteando encima, tabaco sembrado en la tierra, yo apreciaría la libertad".

Asumo que el Sr. Tyrrell sueña con ser dueño de esclavos. Porque como el seguramente lo sabe, gran parte de las personas en los sembríos de tabaco eran esclavos.
Considere un ejemplo más reciente, de un liberal, Jacob Hornberger de la Future of Freedom Foundation, quien escribe acerca del declive de la libertad en EE.UU.:

"Antes que nada, hablemos del sistema económico que existió en EE.UU desde el inicio de la nación hasta la última parte del siglo diecinueve. Los principios son fáciles de enumerar: No se cobraba impuesto sobre la renta (excepto durante la guerra civil), no había seguro social, Medicare, Medicaid, subsidios a los más pobres, regulaciones económicas, leyes de licenciaturas, leyes para medicinas, controles de inmigración, o programas de transferencias coercitivas, tales como los subsidios agrícolas o los subsidios para educación.

No había un departamento federal de trabajo, agricultura, comercio, educación, energía, salud y servicios humanos o de seguridad interna".

Luego escribe:

"¿Por qué los estadounidenses de esa época se consideraban libres? La respuesta se basa en los principios expresados en la Declaración de la Independencia. Como Thomas Jefferson observó en ese documento, el Creador ha dotado a las personas de ciertos derechos fundamentales e inherentes. Estos incluyen, pero ciertamente no están limitados a, los derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".

Pero espérense. ¿Acaso los “estadounidenses de esa época se consideraban libres”? Los estadounidenses blancos probablemente si. ¿Pero qué tal los afroamericanos y especialmente el 90% de los afroamericanos que eran esclavos? Los esclavos constituían alrededor del 19% de la población estadounidense entre 1790 y 1810, cayendo a un 14% para 1860 (en ese periodo el número de esclavos creció de 700.000 a cerca de 4 millones, pero el resto de la población estaba creciendo aún más rápido). ¿Acaso el Sr. Hornberger de verdad se olvidó de que 4 millones de estadounidenses estaban todavía en esclavitud en el siglo diecinueve? Sé que él no es indiferente con el crimen de la esclavitud. Pero muchos de nosotros, quienes alabamos a los Padres Fundadores y deploramos el crecimiento del Estado en EE.UU. nos olvidamos de que el Estado mantuvo a millones de personas en cadenas (indico que no estoy preocupado con los auto-proclamados liberales que se unen a las organizaciones neo-Confederadas, ni digo que los sureños establecieron un nuevo país y pelearon una guerra devastadora por alguna razón que no sea la esclavitud, sobre la cual se erguía su sistema social y económico; solo quiero tratar el caso de los liberales que odian a la esclavitud pero parecen evadir su magnitud en sus análisis históricos).

Si tuviese que escoger, ¿preferiría vivir en un país con un Ministerio del Trabajo e incluso un impuesto a la renta o en otro con una decisión al estilo Dred Scott y una Ley de Esclavos Fugitivos?

Dije que los estadounidenses blancos probablemente se consideraban así mismos libres. Pero viéndolo en retrospectiva, ¿de verdad lo eran? Ellos, de hecho, no vivían en una sociedad libre. Estaban restringidos en cuanto a las relaciones que podían tener con millones de —empecé a decir “sus conciudadanos”, pero por supuesto que los esclavos no eran ciudadanos— sus vecinos. Vivían bajo un poder despótico. El liberalismo no busca simplemente liberar a esta y otra persona, sino crear un Estado de Derecho que resulte en una igualdad de libertad. De acuerdo a ese estándar, incluso los propietarios de plantaciones no vivían en una sociedad libre, ni siquiera aquellas personas que vivían en los estados “libres”.

Hornberger continúa:

"Una pregunta crítica surge: ¿Qué indican los derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad? Para nuestros antepasados estadounidenses, tales derechos significaban más que la ausencia de límites físicos, por ejemplo, no ser encarcelado.

La libertad también significaba el derecho de criticar a funcionarios públicos y protestar por sus acciones sin ser castigado por hacerlo. Significaba el derecho a profesar una religión, cada quien a su manera o, por otro lado, el derecho a no profesar religión alguna.

Significaba el derecho de mantener y portar armas, no solamente como una protección en contra de criminales e invasores sino también como una manera de asegurar que el derecho a resistir la tiranía era retenido por la gente.

Significaba la protección de procedimientos practicados desde hace varios siglos durante cualquier investigación federal, incluyendo el hábeas corpus, el derecho a un abogado, a un juicio con un jurado, al pago de una fianza, al debido proceso de la ley, y la protección de confesiones forzadas, de los allanamientos sin la debida justificación y de los castigos inusuales y crueles.

Para nuestros ancestros, no obstante, la libertad significaba más que eso, y ahí surge el roce con los liberales de hoy. La libertad, sostenían nuestros antepasados, también significaba el derecho de retener todo lo que era propio y decidir por si mismo que quería hacer con ello. Todos tenían el derecho, decían, de buscar una ocupación o profesión sin pedir el permiso del gobierno. Tenían el derecho de realizar intercambios mutuamente beneficiosos con otros que estaban haciendo lo mismo".

Y nuevamente digo, cuando él dice “nuestros antepasados estadounidenses”, está pensando en nuestros ancestros blancos. Quizás solamente en nuestros ancestros blancos y del sexo masculino. Quizás solamente de nuestros antepasados del sexo masculino que poseían propiedad. Muchos millones de estadounidenses leerían estos párrafos y dirían, “Mis ancestros no tenían el derecho de profesar una religión a su manera. Mis ancestros no tenían el derecho a mantener y portar armas. Mis ancestros no tenían la protección de procedimientos practicados desde hace varios siglos. Mis ancestros seguramente no tenían el derecho a retener lo que ellos producían, o de buscar una ocupación que ellos eligiesen, o de realizar intercambios mutuamente beneficiosos. De hecho, mis ancestros ni siquiera tenían el mínimo derecho a la 'ausencia de un constreñimiento físico'”.

Probablemente he sido culpable de similares exhortaciones descuidadas y que sacan a la historia de su contexto cuando he hablado de nuestro pasado liberal. Y estoy completamente de acuerdo con Hornberger en su preferencia de un mundo sin una sopa de letras de agencias federales, programas de transferencias, leyes para medicinas, etc. Pero creo que esta perspectiva histórica está equivocada. Sin duda, una de las razones por las cuales los liberales no han convencido a tantas personas como quisiéramos es porque muchos estadounidenses no creen que estamos en el camino a la servidumbre, no sienten que hemos perdido nuestras libertades. Y en particular, si queremos atraer a personas que no sean hombres blancos y heterosexuales a la causa liberal, deberíamos dejar de hablar como si pensáramos que la perspectiva de un hombre blanco es la única que importa. Durante los últimos 70 años, más o menos, los conservadores se han opuesto a las demandas de igualdad de respeto y de derechos para los judíos, los afroamericanos, las mujeres y las personas homosexuales.

Pero no es solamente un error estratégico. Es un error. Decidir si fuimos más libres en algún momento del pasado de lo que somos ahora es un asunto difícil. Yo me inclino a argumentar que no lo éramos. Pero por lo menos este es un asunto difícil.

Hornberger enumera muchas agencias y programas federales que no existían en el siglo diecinueve. Pero esto no significa que aquella era fuese un paraíso liberal. Como Jonathan R. T. Hughes escribió en El hábito estatal de la reducción (The Governmental Habit Redux), “Gran parte de los estudios de los controles no derivados del mercado consideran que la historia relevante se extiende hasta el New Deal. Algunos van más atrás, a fines del siglo diecinueve. Pero, de hecho, el hábito de un poderoso y continuo control no derivado del mercado en nuestra economía llega siglos atrás. Por lo tanto, durante el periodo colonial virtualmente cada aspecto de la vida económica estaba sujeto a controles no derivados del mercado. Algo de esta tradición no sobreviviría, algunos se convertirían todavía más poderosos, mientras que otros ascenderían a un nivel de control federal. El contexto colonial era como una colección de ordenes institucionales. Gran parte de las instituciones y de las prácticas coloniales persisten hoy de alguna manera, y hay poco dentro de lo que son controles no derivados del mercado que no tenga un antepasado colonial o inglés”.

El dramático asunto de la esclavitud nos recuerda que el nivel de impuestos o el número de agencias federales de ninguna manera es la única medida de libertad. Y podemos imaginarnos otros ejemplos en los que el típico enfoque liberal en asuntos económicos nos puede llevar por mal camino.

El columnista E. J. Dionne, Jr., del Washington Post ofrece este reto a los partidarios del “gobierno más limitado”. Imagínese tener que elegir entre “una dictadura en la cual el gobierno no provee seguridad social, atención médica, ayuda a los más necesitados, o programas de pensiones de cualquier tipo” y “cobra impuestos relativamente bajos que son dedicados casi enteramente al mantenimiento de una gran fuerza armada y una fuerza de policía secreta que regularmente asesina o encarcela a personas por sus opiniones políticas o religiosas” y “una democracia con elecciones abiertas y una amplia libertad de expresión que cobra impuestos más altos que la dictadura para respaldar un comprensivo Estado Benefactor”. “El primer país puede que técnicamente tenga un gobierno más limitado”, escribe Dionne, “pero sin duda no es una sociedad libre. El segundo país tendría un gobierno más grande, pero de hecho es una sociedad libre”.

Hay varios problemas con esta comparación, empezando por la aparente opinión de Dionne de que los impuestos más altos no limitan la libertad de aquellos obligados a pagarlos. Y la rareza en el mundo real de dictaduras con una policía secreta que tengan impuestos bajos. Pero solamente consideremos cuál de los dos podría denominarse como un país con un “gobierno más limitado”. Medido como porcentaje del PIB o por el número de empleados, el segundo gobierno puede que sea más grande que el primero. No obstante, medido por su poder y control sobre los individuos y la sociedad, el primer gobierno es sin duda más grande. Los liberales quieren un gobierno que sea limitado en su tamaño, envergadura y poder.

Muchas veces nos enfocamos en el tamaño del gobierno, medido como porcentaje del PIB recaudado por impuestos y gastado por el gobierno, lo cual es un concepto importante y mesurable. Pero nuestra verdadera preocupación es el poder. ¿Qué clase de poder tiene el Estado sobre las personas? Las instituciones estatales poderosas suelen ser grandes, pero aquello no significa que un estado más grande necesariamente está ejerciendo un poder mayor. Imagínese un pequeño pueblo que agrega dos oficiales a su fuerza policial. Ahora tiene más oficiales de policía y aquello cuesta dinero, el gobierno es más “grande”. Pero si los oficiales ahora hacen un mejor trabajo arrestando a criminales violentos y protegiendo las vidas y la propiedad de las personas —y no arrestan o fastidian a las personas que no son criminales— entonces el gobierno no ha expandido su poder. De hecho, mejor ocho oficiales protegiendo las vidas y la propiedad que seis oficiales haciendo cumplir las leyes anti-drogas y las leyes que exigen la práctica de ciertos estándares religiosos. Deberíamos enfocarnos en lo que de verdad importa: el ejercicio de poder arbitrario sobre otros. Y en ese aspecto la esclavitud y la conscripción, entre otras cosas que mancharon nuestro pasado estadounidense, sobresalen.

Este artículo fue publicado originalmente en Reason (EE.UU.) el 6 de abril de 2010.