EE.UU.: La intromisión de la NSA importa, incluso si "no tiene nada que esconder"

Julian Sanchez cree que el problema con la recolección masiva de datos es que "La información muchas veces se queda allí de manera indefinida, mientras que las reglas solo permanecen hasta que alguien decide cambiarlas. . . Tarde o temprano, otras agencias empezarán a preguntarse por qué una serie de datos tan jugosos se está desperdiciando".

Por Julian Sanchez

"No tengo nada que esconder. ¿Por qué debería importarme si la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) está recopilando mis registros de llamadas telefónicas?"

La noticia de que la NSA ha estado recolectando sin discriminación los registros de llamadas telefónicas (en inglés) y de comunicaciones vía Internet de estadounidenses en virtud de la extensa Ley Patriota ha provocado indignación por parte de los libertarios civiles —e incluso por parte del autor de la Ley Patriota Jim Sensenbrenner (Republicano del Estado Wisconsin).

Pero también hay muchas personas menos bulliciosas preguntándose por qué los ciudadanos que obedecen la ley deberían estar preocupados acerca de la recolección masiva de datos si ni siquiera hay una posibilidad remota de que esto podría ayudar a prevenir un ataque terrorista.

Las encuestas no necesariamente son buenas señales de la opinión considerada en un caso como este, pero las primeras encuestas (en inglés) mostraron que una pequeña mayoría de los estadounidenses dijeron que básicamente estaban tranquilos con este tipo de recopilación de datos. Presumiblemente, muchos sienten lo mismo que una ciudadana de Manhattan (en inglés) que le dijo al New York Times: “Personalmente, no tengo nada que esconder, así que en realidad esto no me afecta”. Incluso hay una cuenta de Twitter, @_nothingtohide, reuniendo tweets de estadounidenses que felizmente le dan la bienvenida a nuestros nuevos amos de las bases de datos.

Por supuesto, pocas de estas personas realmente sienten esto. Casi todo el mundo tiene “algo que esconder” —si con esto nos referimos a algún espacio íntimo de nuestras vidas que no queremos que sea expuesto a extraños, incluso si no estamos haciendo algo malo.

Por eso es que las mismas encuestas muestran que la gente en realidad no está tan cómoda con que el Estado lea sus correos electrónicos y conversaciones en Internet. Lo que en realidad quieren decir, entonces, es que no creen que una lista de números telefónicos y direcciones IP expondrán cualquiera de esas áreas íntimas.

Aún así la gente en la comunidad de inteligencia que de hecho trabaja con las bases de datos le dirán que muchas veces esto es tan revelador como los contenidos de una llamada (en inglpes) —tal vez más, una vez que cualquier tipo de técnicas analíticas, moderadamente sofisticadas, son aplicadas a la serie de datos en su totalidad. 

Algunos de los datos potencialmente sensibles que esos registros exponen se vuelven evidentes luego de considerarlo detenidamente: ¿Quién ha llamado a un especialista en abuso de sustancias, una línea de suicidio, un abogado de divorcios o un proveedor de abortos? ¿Qué sitios Web lee usted diariamente? ¿Qué pornografía le excita? ¿A qué grupos religiosos y políticos pertenece usted?

Algunos son menos obvios. Porque la “información de routing” de su celular usualmente incluye información acerca de la torre de celulares más cercana, esos registros también son una especie de mapa virtual que muestra donde pasa su tiempo —y, cuando se agrega con otros, con quién le gusta pasar su tiempo.

Esto es precisamente el tipo de análisis que probablemente le interesa realizar a la NSA para ayudar a “tomarle las huellas” ya sea a sospechosos específicos o al perfil general de un sospechoso de terrorismo. Luego enlace esa información a otros datos que están siendo recolectados, como las cuentas de las tarjetas de crédito, y usted incluso puede deducir cuando una mujer está embarazada antes de que su propia familia lo sepa (en inglés). Considere el análisis de bases de datos masivas como un Sherlock Holmes estadístico, capaz de hacer sorprendentes inferencias de detalles y patrones aparentemente insignificantes.

Pero bueno, ¿qué problema hay si algunos extraños en una habitación en Fort Meade podrían, en principio, descubrir estas cosas acerca de usted? No hay razón para pensar que están excavando para encontrar ese tipo de información, e incluso si la encontraran, sería como aprender que hay fotos desnudas de usted circulando en una aldea de Mongolia: Algo repulsivo, tal vez, pero puede que no tenga un impacto concreto en su vida.

Asumiendo que usted no encaja en un perfil que deriva en que sea marcado para una vigilancia más intensiva, esto es probablemente correcto —siempre y cuando ellos estén utilizando esa base de datos vasta y sofisticada solamente para buscar a sospechosos específicos de terrorismo o espionaje. Si cambian de parecer acerca de las reglas que gobiernan el acceso a la base de datos o acerca de cómo se debe utilizar, por supuesto que es probable que nunca lo sepamos; así como no sabíamos cuáles eran las reglas antes de la filtración de información.

Ese es el problema con la recolección masiva de datos. La información muchas veces se queda allí de manera indefinida, mientras que las reglas solo permanecen hasta que alguien decide cambiarlas. En el Servicio de Rentas Internas (IRS, por sus siglas en inglés) están emocionados acerca de la posibilidad de utilizar grandes bases de datos para cazar a los que hacen trampa en sus declaraciones de impuestos, y en principio, la NSA puede diseminar evidencia de algunos crímenes. Tarde o temprano, otras agencias empezarán a preguntarse por qué una serie de datos tan jugosos se está desperdiciando.

Pero la persona promedio es poco probable que le interese a la NSA, incluso cuando esos poderes de vigilancia de gran envergadura son abusados para servir propósitos que van más allá del terrorismo. Esto probablemente no le afectará personalmente o directamente.

Sin embargo, eso parece ser una manera terriblemente obtusa de considerar la importancia de la privacidad. La gente normalmente no dice (al menos en voz alta), “Soy blanco, ¿por qué debería importarme el racismo?” O, “Mis opiniones políticas y religiosas son demasiado comunes como para alguna vez ser restringidas, entonces ¿por qué debería importarme la Primera Enmienda?”

No decimos tales cosas no solamente porque nos importan los derechos de otras personas tanto como nuestra propia felicidad, sino también porque entendemos que nos beneficiamos indirectamente de vivir en cierto tipo de sociedad. A usted puede que no le interese protestar, criticar al Estado o debatir las opiniones políticas alternativas —pero como un ciudadano en una democracia, sujeto a las leyes que el proceso democrático produce, a usted le conviene un sistema en el que se permite que esas cosas sucedan.

Así que, por ejemplo, J. Edgar Hoover no se podría haber imaginado la capacidad omnívora de la NSA para inhalar, procesar y almacenar cantidades gigantescas de información; él tenía que ser más selectivo con su espionaje. Si usted no era un radical político, un organizador de sindicatos, un periodista crítico o un líder de derechos civiles —como el objeto central del odio de Hoover, Martin Luther King Jr.— usted probablemente nunca se iba a encontrar en las grabaciones de Hoover.

Pero usted vivió bajo un sistema moldeado por los intentos de Hoover de destruir silenciosamente a esas personas utilizando la información recabada en contra de ellos, ya sea mediante filtraciones dirigidas o a través del chantaje. Usted vivió en un mundo con una arquitectura de vigilancia que concedía un poder espeluznante y antidemocrático a un pequeño grupo de hombres que operaban en secreto, que eran temidos incluso por los presidentes y los generales. La maquinaria de espionaje de Hoover era un juego de niños al lado de la arquitectura de espionaje que estamos construyendo hoy.

Incluso cuando no es abusada —hasta donde sabemos— la misma presencia de esa maquinaria de espionaje nos afecta y envenena. Leyendo esas entrevistas del New York Times, uno encuentra aceptación, pero también resignación. Por ejemplo, la actitud de un técnico desempleado que suspiraba: “No me molesta porque el Estado va a hacer lo que iba a hacer sin importar lo que cualquiera piense. No hay nada que podamos hacer acerca de esto”. O un albañil que aceptaba que “cualquier cosa y todo lo que diga, ellos lo podrían saber”.

Es lento y sutil, pero las sociedades bajo vigilancia inexorablemente nos entrenan para la indefensión, la ansiedad y la obediencia. Puede ser que nunca vean su registro de llamadas, lean sus correos electrónicos o escuchen sus conversaciones íntimas. Usted solamente vivirá con el conocimiento de que ellos siempre pudieron hacerlo —y si usted alguna vez tuvo algo que valía la pena esconder, no quedaría algún lugar donde esconderlo.

Este artículo fue publicado originalmente en Mashable (EE.UU.) el 14 de junio de 2013.